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Latitud 18 de Junio de 2017

Sin mover los labios

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Héctor Romero

El segundo largometraje del director Carlos Osuna, Sin mover los labios, se presenta como una propuesta inusual, lejana del realismo convencional en el que se inscribe la cinematografía nacional. Si reducimos a contemplar sus valores dentro de la escasa tradición del cine colombiano, quizás podamos referenciar la obra de Osuna como novedosa y significativa. Pero si apartamos toda idea histórica y determinamos su forma, advertimos cierta sospecha.

Sin mover los labios centra su foco en Carlos, frustrado sujeto que trabaja en un call center en horas de la mañana y por la noche representa pobres espectáculos en un bar de mala muerte como un ventrílocuo sin mayor talento. En ella aparecen diversos personajes que comprimen las cualidades protagónicas de Carlos en secundarias. Destacan entre ellos: la naturaleza crispada y grotesca de su novia que se asemeja tanto a Carlos en la manera patética de asumir la vida; su madre, una mujer estancada dentro de una faceta sobreprotectora, y la figura ridícula del dueño del bar donde trabaja. Estos personajes acumulan estereotipos caricaturizados acordes a su propia desgracia, que el director eleva a una exageración absoluta para mofarse libremente del entorno social que habitan. Cada uno de ellos entrega a la película un especial dinamismo y transfieren una fuerza al relato que se diluye al momento de condensar su narración en los hombros del irritable protagonista.

Osuna no duda en llevar hasta los límites su planteamiento estético configurando un universo exuberante que transita entre atmósferas frenéticas y lugares comunes con decorados de una específica cultura popular colombiana. Hay presente un desdoblamiento de los parámetros reales con oscuros escapes imaginativos que acentúan un tono estridente, dando acceso a momentos sacados de un mundo alterno y sensorial. Los mecanismos adoptados para encontrar este fin van desde el imperante humor corrosivo, pasando por la inmersión de artefactos sustraídos de la ficción televisiva, apropiadas composiciones fotográficas, imágenes inconexas, elementos visuales del tradicional Deadpan (humor seco) y hábiles trucos técnicos.

Lo que primero surge como atributo pone en constante riesgo el equilibrio de la película, sometiéndola a un peligroso abismo. Su estructura concebida por medio de un conjunto de sketches se ve demasiado justificada por lo ilógico. Y este mismo factor ilógico, mezclado con múltiples recursos narrativos, sirve como distractor a los constantes baches argumentales que buscan sostenerse a través del absurdo. La carga de irracionalidad acompañada con situaciones discordes direcciona la historia a un naufragio de preguntas sin respuestas, de personajes a la deriva y sobresaltos injustificados.

A medida que el filme insiste en refugiarse dentro de la paródica telenovela que Carlos y su madre observan, cediéndole excesiva notabilidad, se halla un lugar perfecto para sustentar cierto discurso audiovisual sobre la trascendencia de las telenovelas en la vida de muchos televidentes, que ven en el melodrama un espejo distorsionado para escapar de una existencia carente de emotividad. Pero dicha telenovela acaba siendo una válvula de escape que juega en contra de la película, como mecanismo para extender la durabilidad del relato, y que termina desfigurando la elaborada composición visual cuando irrumpe el color sobre el cuidadoso blanco y negro.

La delirante transformación de Carlos en un Hombre-Pollo remite inmediatamente a la fiesta de disfraces que ocurre en la clásica película francesa Judex, de Georges Franju. Su evolución ajusta la tesis de un personaje que nunca encontró parte en un mundo que siempre le fue imposible y esquivo para sus sueños y que sin mayores caminos tomó la definitiva opción de ser un invisible y con esta nueva faceta encuentra una necesaria justicia personal.

El mayor placer de esta obra radica en la fortaleza atractiva de alguna de sus imágenes y en los destellos humorísticos advertidos en esparcidas escenas. En Sin mover los labios, los excesos de su proposición representan contrastes dramáticos llenos de altibajo. A lo largo del filme queda sentenciado que la intención plena del director es radicalizar su idea a un alto grado para así entregar al espectador sobresaltos que en definitiva generan emociones distantes y climas sobreexcitados. 

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