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Latitud 23 de Julio de 2017

Sacúdete en tu tumba, George Romero

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George Romero, el ‘papá zombi’ que con sus filmes revolucionó el género de películas de terror.

Héctor Romero

Con la partida del pionero del ‘boom’ zombi se acaba toda una época del cine de terror... ¿o solo es cuestión de tiempo para que esta reviva?

La noche de los muertos vivientes’, de George Romero,
cumple cabalmente los propósitos (casi gramaticales)
del cine de “horror” de los últimos 15 años:
comunicarse con unas imágenes y argumentos horrorosos
Andrés Caicedo – 1977

George Romero falleció dejando un mundo poblado de muertos vivientes. Los zombis ahora caminan por todas partes y digamos que la culpa recae sobre la pesada tumba del director neoyorquino. Tras el estreno en 1968 de La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead), el género del cine de terror remueve sus cimientos y una terrorífica influencia empieza a desatarse en torno a la cultura popular, creando un fenómeno de masas aún resonante en nuestros días.

Mucho antes, en las primeras películas de terror, los zombis poseían menor relevancia. Eran criaturas impopulares, secundarias, inmersas en la fauna de monstruos dominados por mentes malignas. Una herramienta del mal sin mayor diferencia con los tradicionales vampiros chupa sangre y los hombres lobo. Los zombis carecían de una personalidad cinematográfica y fue George Romero quien asignó los arquetipos actualmente reconocidos de estos muertos en vida.

Lo interesante del asunto viene siendo que en principio no existían atributos o propósitos diferentes a actuar como sonámbulos que perseguían e infectaban humanos. ¿Cuáles eran las motivaciones reales de los muertos vivientes? La incógnita de sus motivaciones voraces hacía de ellos criaturas más interesantes. Quizá no tenían ninguna naturaleza definida, salvo la urgencia física de cazar y matar. Era como si de lo humano solo quedara un instinto animal. 

«Para mí, los zombis eran aquellos muchachos del Caribe», afirmaba George Romero. Zombi, palabra del criollo haitiano «Zonbie», procede del culto vudú practicado en la isla antillana. Al parecer Romero desconocía el significado religioso y creía estar creando una nueva especie de monstruos a los cuales no sabía cómo llamar. «Debido a que esta película se remonta a la primera noche, nadie sabe cómo llamarlos todavía. Nunca se les llama zombis. Son ghouls y devoradores de carne», afirmaba George Romero.

En su ópera prima no existe mención alguna del término que ya tenía claros antecedentes cinematográficos. El cine zombi posee una historia protagonizada por el mítico Bela Lugosi, aquel actor rumano venido del frío, reconocido por personificar al conde Drácula en decenas de películas. Pues bien, Lugosi protagoniza la cinta inaugural del género, White Zombie, de 1932. Aquí sobresalen elementos de la cultura vudú y los zombis son mera utilería a las órdenes de un despiadado amo.

La idea que dio origen a La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead) partió de hacer una adaptación inspirada en I Am Legend (Soy leyenda), novela de ciencia ficción del autor estadounidense Richard Matheson. La obra, ambientada en un mundo post-apocalíptico sacudido por una pandemia que genera una transformación en los humanos, transcurre en un planeta dividido en dos bandos: quienes en vida contrajeron la bacteria, y los vampiros, los muertos que resucitaron. Para el rodaje del filme, Romero tuvo que enfrentarse a las limitaciones del presupuesto, que no cumplía con las aspiraciones del guion, además la negativa del director de caer en los convencionalismos imperantes en un género usualmente dominado por condes y criaturas extravagantes.

Sin mucho rodeo, cambiaron los vampiros por muertos vivientes y modificaron los propósitos del argumento de la novela para evadir acusaciones de plagio. El punto determinante radicaba en la alteración de los hechos. El director junto a su guionista trasladó la historia a un punto inicial cuando la epidemia apenas empezaba a propagarse y omitieron la idea presente en la novela sobre cambios sociales y la resistencia, para fijarse en los efectos devastadores. Principios que reforzaban el concepto de la supervivencia, el miedo y la relación entre seres humanos.

Con un presupuesto no superior a 114.000 dólares, George Romero se trasladó junto a su reducido equipo de trabajo a una granja del condado de Evans City (Pensilvania) para dar inicio al rodaje de la que sería su película más conocida y con la cual alcanzaría un destacado lugar en la historia del cine. La noche de los muertos vivientes se convertiría en un éxito inmediato porque el público nunca antes había presenciado un filme parecido.

La forma de transmitir el miedo como un mal colectivo y un peligro que acecha a cualquier ciudadano modificaría las bases del cine de terror. El sentido romántico antes imperante en este tipo de películas influenciadas por la literatura clásica y la tradición oral quedaría reducida por la violencia perturbadora y el morbo. Ya nadie miraría el campo de un cementerio con los mismos ojos.

A su vez, los espectadores no paraban de preguntarse de dónde diablos venían aquellos seres. Nadie parecía tener una respuesta, ni el propio Romero, quien así se refería a la procedencia de sus muertos vivientes: «No me importa lo que son. No me importa de dónde vinieron. Pueden ser cualquier desastre. Podrían ser un terremoto, un huracán, lo que sea. En mi mente, no representan nada para mí, salvo un cambio global de algún tipo».

Lo cierto es que a finales de los años 60 la Guerra Fría estaba en su punto más glacial y el cine de terror encontraba inspiración en la inminente devastación nuclear que se cocinaba a fuego lento. La inminencia de una catástrofe de niveles apocalípticos transformó a los vampiros en monstruos radiactivos y en el reflejo del clima político del momento. Este contexto social entregaba vagas e hipotéticas respuestas al origen del fenómeno de los muertos vivientes que regresaban de sus tumbas por la contaminación atómica. La imaginación del público muchas veces superaba la misma del propio George Romero, matizando su película con interpretaciones conspiradoras y críticas a una sociedad ciega por el consumo. Los zombis éramos los humanos, cada quien persiguiendo sus oscuros deseos. En el fondo no parecía existir un mensaje claro, quizás uno: los humanos son igual de peligrosos que los muertos.

Transcurridos algunos años del boom zombi, George Romero intentó deshacer el espectro de su primera película, consiguiendo solamente repetirse, a veces en un reflejo desfigurado de sí mismo, otras burlándose de su propia creación. De la fórmula patentada salieron trabajos secundarios que conservaron destellos lúcidos e instantes brillantes que servían de semilla para sembrar en el subconsciente de cada espectador la idea de un planeta acechado por muertos vivientes. La aparición de otros títulos sin mayor relevancia como Zombi (Dawn of the Dead, 1978), El día de los muertos (Day of the Dead, 1985), y La tierra de los muertos vivientes (Land of the Dead, 2005), así lo confirman.

Los zombies se tomaron las salas de cine, las series de televisión, los autocinemas, las telenovelas, las canciones de radio, las calles. En masivas marchas, empezaron a caminar sin rumbo y no detuvieron sus pasos.

Sin temor a que se sacuda en su tumba, de George Romero podemos afirmar que no fue un gran cineasta, pero sí un pionero con una sola idea que siempre llevó a la cima. Romero inventó al zombi moderno y en cierta medida parte del terror contemporáneo, y dio lecciones de cómo hacer cine barato y masivo. Sin su presencia el género de terror estaría huérfano de directores de la altura de John Carpenter, Wes Craven, Peter Jackson, Paul W. S. Anderson. Las malas influencias también hacen escuela y le dan lecciones al cine. 

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