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Latitud 03 de Marzo de 2012

Sachi Escobar, la vida es un partido de todos los días

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¿A qué hora es el partido?
Es la pregunta que me hace el taxista, hincha de Nacional, que me conduce a casa tras entrevistar a Sachi. Estará enterado, ¿cómo no?, pero se hace el que no sabe para amenizar el viaje, para jalar la pita y, bueno, para hablar de su equipo del alma, de la sencillez de la mayoría de sus jugadores, que no escatiman un saludo, que conversan con ellos en el acopio frente al hotel, cuando salen a refrescarse o rumbo a sus obligaciones.

“Dorlan viene de abajo, pero no se le ha subido la fama a la cabeza”, dice, y como la ley del contraste es una fuerza vital, en seguida cita a otros pelaos del verde, estos sí creídos, amén de indisciplinados, con razón algunos salieron este año.

El partido... Partido era como se conocía antiguamente a los barrios de Medellín, partido de Guanteros, partido de San Lorenzo, etcétera. “Partido” es también quien ya no está. Mas la palabra hace referencia, predominantemente, a un lance deportivo y, en esta sociedad futbolmaníaca, al civilizado belicismo de dos bandos de once hombres disputando a ver quién encasqueta más veces la pelota en la red.

Y en esta clase de partido tiene protagonismo un hombre foco de millares de miradas, coach del equipo sensación del momento, del elenco que semana tras semana convoca en el templo balompédico no a una multitud cualquiera, sino a una fervorosa comunidad con ramificaciones en todos los puntos de la ciudad, del país y del mundo: los seguidores del Nacional.

Ese hombre es Sachi Escobar, quien mientras preside el almuerzo en el comedor de la concentración, a la cabeza de la plana mayor del verde, vestidos con camisetas blancas, luce un aura de veteranía y sapiencia.

Los jugadores, de camisetas negras, se han dispersado, rumbo al ascensor, a sus habitaciones, y en el trayecto soportan de buen grado el asedio de los huéspedes, dándoles autógrafos y sacándose fotos con ellos. No se hacen de rogar. En seguida exhiben una pose en que se mezclan el estilo del modelo y la discreción de la persona educada. Los más apetecidos por los cazadores de autógrafos son Dorlan, Pezuti y Macnelly.

En el resol de la tarde, buscamos el fresco del área de la piscina y nos sentamos a platicar, mientras la joven fotógrafa que me acompaña hace el cubrimiento gráfico.

Y siento que la calidez de esos muchachos afables, de esos adonis de nuestro tiempo –Macnelly, Dorlan, Pezuti–, es una emanación de ese hombre de figura destacada, de un metro con noventa de estatura, elegante en el porte y sosegado en la expresión, cortés en el trato y medido en las palabras: Sachi Escobar, el estratega, el cerebro, pero también el líder, el amigo, el padre.

II
Como todo futbolista que se respete, Sachi recuerda con orgullo su mejor gol, el de factura más bella, producto de la destreza técnica, de una combinación feliz, en que el inflarse de red fue la rúbrica de una obra de arte.

Ese gol inolvidable Sachi se lo hizo a Julio César Falcioni en un partido Nacional- América en el Atanasio Girardot: un cambio de frente de Carlos Ricaurte desde la izquierda; Sachi recibió la pelota, y sin dejarla caer, de bolea, a veinticinco metros de la portería, la mandó a dormir allá, donde todos queremos mandarla.

Ese golazo de Sachi es un gol que todo futbolista quisiera anotar, lo mismo que el de cabeza al estilo Pelé 70, haciendo ese sostenido de titán.

Sachi no tiene video de ese virtuosismo. En estos días anda en el cometido de recoger ese material audiovisual, especie de tesoro íntimo, y conservarlo para compartirlo con su familia, sobre todo con sus hijos Martín y Antonio. La mayoría de estos videos están en formato beta: la idea es pasarlo a disco compacto (CD).
Sí, a Sachi le gustaría tener la grabación de ese golazo, que todavía debe enturbiar los sueños de Falcioni.

III

Ese es Santiago Escobar, un hombre corpulento, un gigantón que se allana sin dificultades a un apodo cándido, que siente agrado en llamarse y que le llamen ‘Sachi’.

Es la estampa triunfal del momento, el vocero, la dinamo de ese convoy arrollador, Nacional, que en Uruguay, ante Peñarol, fue una locomotora.

Viendo a Sachi, recuerda uno a Andrés: espigado como su hermano mayor, con igual don de gentes. Recordamos Wembley, ese gol único marcado por un seleccionado patrio en el ara del fútbol. Lo marcó Andrés.

Viendo a Sachi y evocando a Andrés recordamos que el señorío es propio de una nación: Inglaterra. Que en ninguna otra parte del mundo es tan clásica la palabra lord. Que acaso el imperio del fútbol sobre los demás deportes se deba a ese sello de distinción, caballerosidad y poderío de los británicos. En Inglaterra nació el fútbol. El fútbol es inglés.

Y Sachi es un gentleman.

IV
Volver atrás, ir hacia adelante, engarzarse en la vida, que es como una cinta, como una película en que se traban el pasado, el presente y el futuro: eso hace Sachi día a día.

Cada hombre se juega su partido en ese discurrir de vivencias agridulces que se extienden desde el nacimiento hasta la muerte.

Y Sachi espera el partido, lo vive, gana, pierde: altibajos de la fortuna, traspiés en el camino. Y vuelve al trabajo, a las menudencias de la rutina. Identifica y corrige errores, retoma el rumbo. Ganar, perder, realidades parciales, contingencias del andar, que él aprehende y enlaza en la experiencia tremenda que es vivir.

Y en ese vivir se acoplan las exigencias abrumadoras del calendario futbolístico, de los compromisos en el país y en el exterior.

Todo el mundo aguarda el próximo juego. Rueda la cinta.
Y Sachi vive el partido, el día a día, las presiones de toda índole que inquietan a un director técnico, entre las que se cuentan la preocupación por la merma física de los jugadores por efecto de las excesivas horas de vuelo y los numerosos minutos de despliegue muscular. La máquina se resiente. Vienen los reveses, que nadie más que Sachi puede entender y remediar en lo posible.

Sachi vive el día a día de la responsabilidad, del esfuerzo, de la tenacidad, porque no es solo sumar puntos, escalar la cima de la tabla, lo que está en el tapete. También está la imagen de un equipo grande, quizás el mejor de Colombia. Y Sachi se reparte con placidez entre el manejo de sus pupilos, las entrevistas a la prensa, las cortesías con los admiradores, la vida familiar, los compromisos personales.

Sachi vive el partido del amor a sus dos hijos, Martín y Antonio, el partido de la fortaleza con que resistió la tragedia filial de julio de 1994, cuando el hermano, el colega, el caballero del fútbol, Andrés Escobar, fue asesinado.

1994 nefasto. Ese mismo año se retiró de la actividad competitiva como jugador. Su último equipo fue el Pereira. Con el Deportivo Pereira fue goleador del torneo una vez: anotó once goles.

Lo dice sin falsa modestia, porque es un logro por el que todo futbolista lucha: quedar goleador. Y porque también hay situaciones que le producen cierto guayabo, como no haber sido nunca campeón, como jugador, en un rentado.

El equipo con el que mejor lucimiento tuvo vistiendo la camiseta fue América, subcampeón a nivel nacional y continental en 1987.  Paradojas. ya de técnico, en el segundo semestre de 2008, perdió la final colombiana frente a los Diablos Rojos. Entonces era mánager de Medellín.

Desquites. el verdugo de la Copa Libertadores de 1987 fue Peñarol. Hace días, en el marco del mismo certamen, Sachi, dirigiendo a Nacional, derrotó 4-0 al equipo uruguayo.

Paradojas y desquites. ya se dijo que nunca ganó una estrella como jugador, pero en su rol de coach ha campeonado varias veces, dos con su epitelial, amado equipo: Nacional.

En Junior no le fue bien dirigiendo. Fue en el Apertura del 2008. Lo destituyeron tras una racha fatal de seis partidos consecutivos perdidos. Sin embargo, no guarda resquemor. Al contrario, declara que, después de la capital paisa, Barranquilla es la ciudad que más le gusta, donde se radicaría sin pensarlo dos veces si tuviese que mudarse a otro sitio. “Por la alegría y calidez de su gente”, añade.
Pero Sachi sabe y confiesa que el partido más importante es el de vivir cada día con intensidad, como si fuera el último, porque no sabemos cuándo nos iremos (en este instante hablamos de Andrés); no duda de que es trascendental dar ejemplo de vida a sus hijos y a sus jugadores, ser atento con la gente, capacitarse y aprender más y más en su quehacer como un profesional de alto nivel.

V
Aprietas un botón y la acción de una película se devuelve o se adelanta, tanto si está en beta como si está en CD, pero en la vida real, en el forzoso actuar contra el tiempo, la única manera de volver atrás, de ir hacia adelante, es no olvidando, teniendo ilusiones.

Y Sachi tiene la ilusión de obtener grandes cosas con Nacional, donde, aunque haya muchas figuras, nadie es mejor que nadie, porque cada hombre es una pieza clave, ya que trabaja en función del equipo, sin egoísmos.

–Y bien, señor taxista, el partido que a usted le interesa es a las ocho de la noche, en el Atanasio Girardot. (Pero hay otros partidos: esto lo pienso para mí). Y dé por descontado, amigo, que más allá de la derrota o el triunfo, en beta o en CD, la película sigue, y Sachi Escobar seguirá trabajando con toda la idoneidad y el amor al oficio que le caracterizan, inspirado por el sueño de conquistar y conservar momentos grandiosos, como el reciente título con Nacional y como el golazo que le marcó a Falcioni, años atrás.

Por Hernando González

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