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Latitud 10 de Enero de 2017

Reinaldo Arenas, pájaro de tinta libre

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John Better

Uno de los grandes escritores cubanos que padeció los vejámenes de la cuba castrista está vigente más que nunca. Sus libros son una prueba contundente de una verdadera disidencia a través del arte.

El pasado 9 de diciembre se cumplieron 26 años de la muerte voluntaria del escritor cubano Reinaldo Arenas. Un hombre que soñó con ser libre y debido a esto padeció en carne propia los horrores del sistema castrense en su intento de “enderezar” a punta de torturas el escandaloso modo de vida de un intelectual que moría de hambre en La Habana mientras sus libros eran vendidos como pan caliente en Europa. 
 
“Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión sentimental que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. Solo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”.
 
Estas dolorosas palabras fueron escritas por Arenas antes de suicidarse con un coctel de pastillas y alcohol. Su desmedida y admirable franqueza en contra el sistema, lo llevo a estoicamente expresar su inconformismo, una y mil veces, contra el régimen de Fidel Castro, planteando escandalosas tesis tales como que el líder cubano fue el principal promotor del premio Nobel concedido a García Márquez. 
 
Nacido en Aguas Claras, una pequeña localidad de la provincia de Holguín, al oriente de Cuba, rodeada de naturaleza exuberante, un paraíso terrenal que los ojos del escritor cubano Reinaldo Arenas fue descubriendo en sus primeros años de vida y que tiempo más tarde plasmaría en Celestino antes del alba, su primera novela fechada en 1967. 
 
Arenas, el hombre de campo y su álter ego, hipnotizaron el mundo literario de la Cuba castrense con esa novela corta que narraba la historia de Celestino, un chiquillo obsesionado con una sola cosa en el mundo: escribir y describir mágicamente el mundo que lo rodeaba, experimentarlo con todos los sentidos hasta haberlo agotado. Celestino antes del alba fue el único libro del autor publicado en Cuba. Luego de venderse por completo su primera edición, nunca más se volvió a imprimir. De hecho, a la fecha no es posible encontrar libros de Reinaldo Arenas en la isla.
 
La escritura sería su condena. Si el personaje de Celestino escribía en las paredes, en las hojas de magüey, en el cuaderno de apuntes del abuelo castigador o el lomo de las yaguas, años después lo haría  en un bosque siniestro. Arenas, el que inicialmente formó parte de La Revolución cubana pero al descubrir que ninguna dictadura es condescendiente con aquello que anhela libertad, fue perseguido por el gobierno de Castro sin ninguna misericordia. A partir de ese instante empezaría a escribir su cruenta realidad antes de que la luz del día se desvaneciera. 
 
La inicial seducción que produjo en él La Revolución, con el paso del tiempo se convertiría en un profundo odio. El nuevo régimen instaurado representaba todo lo contrario de aquella libertad desmesurada de la que habló en Celestino antes del alba y que constituía su experiencia vital en Aguas Claras. 
 
Su propia familia fue su primer verdugo y censor, les parecía algo raro que el niño Reinaldo anduviera en esas cosas de escribir en todos lados. Achacaban su conducta a algún tipo de maldición. En el siguiente fragmento de Celestino podemos ver como la madre, desesperada por la conducta del hijo, amenaza con hacer cosas inimaginables: 
 
“Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo. Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con solo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas. Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa. No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás”.
 
Al salir de su terruño lo que menos deseaba el escritor era un sistema que frenara su desmedida imaginación y su efervescente sexualidad. Hecho hombre y viviendo en La Habana, Reinaldo Arenas se convirtió para el sistema de Castro en una amenaza que había que perseguir. Encarcelar al “pájaro” (modo despectivo de llamar a los gais en La Habana), cortarle las alas y silenciarlo, era la consigna. 
 
La terrible cárcel habanera de El Morro, trató de engullirlo, de acabarlo, frenar su canto, pero su prosa se hacía más fuerte con cada abuso del Estado. Entre 1974 y 1976 vivió sus peores años, pero nunca dejó de escribir. Con algún turista sacaba sus obras y amigos en Europa se encargaban de editarlas. Arenas era ya conocido en Europa  mientras en Cuba casi moría de hambre.
 
En 1980 deja la isla como parte del Éxodo de Mariel. Por un error en su apellido: “Arinas”, en vez de Arenas, pudo salir. Antes de abordar la balsa que lo llevaría a la libertad soñada le preguntaron qué enfermedad padecía. Él, muy orondo, dijo: “soy maricón pasivo”. Para el régimen, los gais activos no eran considerados verdaderos “desviados”.
 
A su llegada a Nueva York le precedía cierta fama de autor maldito. En los albores de la década del 80 la fiesta empezó y terminó con la aparición del Sida. “La plaga”, como la llamó Arenas, se encargó de apagar las luces y, un diciembre de 1990, abatido por la enfermedad, decidió quitarse la vida. 
 
Reinaldo Arenas legó una obra poderosa iniciada con Celestino, y desentrañaría en la pentagonita que incluyó títulos como El palacio de las blanquísimas mofetas, Otra vez el mar –la cual fue confiscada por el ejército castrista, obligándolo a escribirla tres veces más– El Asalto, y El color del verano. En estas novelas el autor habla de la emoción naciente por un cambio social en Cuba y su posterior decepción. 
 
En El color del verano, por ejemplo, Cuba aparece como una isla flotante que va rumbo al mismísimo infierno. Una sociedad carnavalesca que oculta tras la risa una mueca de espanto que aún no se logra maquillar. Allí no deja títere con cabeza y escupe parte del veneno que termina de inocular en su obra póstuma, Antes que anochezca, una biografía visceral escrita cuando el Sida acababa con su vida. “Me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: ‘Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano’”, escribió en este angustioso documento, donde su obra alcanza casi la perfección. Una obra con un lenguaje exuberante, barroco, poético,  que tuvo a Cuba como musa inspiradora.  
 
El pájaro no ha dejado de volar, más ahora que el viejo cazador yace hecho cenizas, como su terrible Revolución.

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