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Latitud 23 de Abril de 2017

¿Qué tanto debe uno a los libros?

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Por Carlos de la Hoz Albor

Libros y lectores, apuntes sobre una relación esencial para la vida.

Encontré el interrogante que le sirve de título a esta nota el otro día, por casualidad, en las páginas de una revista de variedades. Se lo planteaban a varias personalidades importantes del país con ocasión de un día como hoy en que se celebra el Día del Idioma, del Libro y del Bibliotecario. Unas respuestas muy lúcidas y sugerentes y otras que dejaban entrever una relación más bien lejana e indiferente con los libros me llevaron a tenerlo dándome vueltas en la cabeza por mucho tiempo y con ganas de responderlo, aunque no me lo hubieran planteado a mí.       

Recordarlo ahora fue como encender un fósforo en el oscuro y siempre enigmático túnel de la memoria, pues de inmediato me sentí transportado a mis años de infancia, época en la que tuve el primer contacto con esos objetos reveladores a los que hace mención la pregunta.

Rememoré, entonces, que por aquel tiempo mi ‘biblioteca’ estaba conformada por un solo y único volumen: un diccionario hermosamente ilustrado a cuya paciente lectura me entregaba con fervor y delectación todas las tardes de todos los días en que habité la casa que albergó mis sueños infantiles. Recordé también –¿cómo no hacerlo, si ese hecho ha venido a significar tanto en mi vida?– que estaba empeñado en saber de memoria las palabras de aquel libro, y para ello había dispuesto que, a razón de diez diarias, al cabo de un par de años aprendería sus páginas completas.

Como ya lo habrá intuido el lector, fracasé en tan quijotesco propósito como he fallado en muchos otros en la vida. Pero aquella ilusa y fallida empresa sirvió, de manera feliz, para unirme a los libros de una vez y para siempre. De modo que, sin exagerar, y en aras de esa justicia personal que uno debe establecer con sus recuerdos más íntimos, tengo que confesar que su grata e irremplazable compañía me ha ayudado a sobrellevar la existencia; y de paso me ha convertido en lo único que quiero ser: un humilde devoto de las palabras, en todas sus formas y manifestaciones, pues las considero lo más humano de ese bípedo vanidoso que puebla y saquea la tierra al que llaman hombre.

Muchas aguas han corrido por el río de la vida y no pocos libros han pasado por mis manos desde entonces. Sin embargo, aún guardo en la memoria el recuerdo de aquellas primeras páginas que me hicieron un apasionado de ese solitario y desinteresado acto que es la lectura: la Biblia (que siempre he leído como una obra literaria), textos escolares de Español y Literatura en los que solo me detenía en los fragmentos o las breves obras literarias que, como tesoros, guardaban escondidos en sus páginas al lado de las reglas gramaticales y los infaltables ejercicios; Los funerales de la Mamá Grande, de Gabriel García Márquez, y su particular portada, cuyo motivo creí que se trataba de una figura precolombina de color verde; “Una flor amarilla”, de Julio Cortázar, que me regaló sin decir nada un indigente que solía pasar todas las tardes por mi casa y que me vio parado en la esquina mirando lejos; “Kalimán”, el hombre que dominando la mente lo dominaba todo; “Santo, el Enmascarado de Plata”, y la mayoría de las historietas de la época; biografías de grandes personajes de la historia, enciclopedias, libros de ciencia, cancioneros, entre otros tesoros, como la edición de los domingos del periódico de mi ciudad y revistas de variedades hechas con hojas de papel satinado y llamativos colores.

De alguna manera, esos papeles impresos me enseñaron que la lectura es la más sublime forma de la amistad y que ser un buen lector es una de las maneras más nobles de hacerse alguien en la vida; una manera de ser para sí y no para los demás, que es lo que cuenta al fin y al cabo. 

De ahí que la pregunta acerca de qué tanto debe uno a los libros haya suscitado mi nostalgia. Ello se comprende, sin duda, porque es uno de esos interrogantes esenciales, que merece, por tanto, una respuesta intensa, sincera, dada más con el corazón –que casi nunca se equivoca– que con la fría y cuadriculada razón, que a veces nos hace quedar bien frente a los demás pero no con nosotros mismos.

Aquí está, pues, la mía, con la que pongo punto final a estas líneas: a los libros les debo lo mismo que le debo a la mujer que me trajo al mundo o aquellas a la cuales he entregado mi amor; les debo tanto como a los amigos más entrañables o al pedazo de tierra que me vio nacer y del cual recordaré siempre el color del sol, la temperatura de la brisa o cualquier otro detalle que alguien que no haya nacido aquí olvidará con facilidad: les debo, en definitiva, cuanto soy a estas altura de la vida y, aunque no sea mucho, nunca querría cambiarlo.

Carlos de la Hoz Albor: educador y escritor barranquillero, es autor de las obras ‘Una mosca que no deja dormir’ y ‘Cuaderno de apuntes’.

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