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Latitud 16 de Agosto de 2015

¿Qué comía el Grupo de Barranquilla?

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Foto: Archivo ELHERALDO

Gabriel Garcia Marquez, Alvaro Cepeda, Alfredo Delgado, Escalona y Alfonso Fuenmayor en Barranquilla.

Ramón Illán Bacca

"En la mesa se servía con frecuencia cordero, como carne básica, acompañada de muchos vegetales, aceite de oliva y especias”.

El barranquillero en la estadía de Gabriel García Márquez de 1949 a 1951 participaba todavía de un espíritu pacífico y gozón. Chelo de Castro, un columnista muy leído, nos recordó, con orgullo, que en la Guerra de los Mil Días el líder liberal Rafael Uribe Uribe estuvo en la ciudad haciendo un llamamiento a sus copartidarios para que se enrolaran en su ejército. Esperaba  mil voluntarios, solo acudieron ocho. El general, airado, les recriminó diciéndoles que tenían horchata en las venas. Tenían sangre pero no tenían vocación para la guerra, nos aclaró el columnista, y concluyó: «Los pudientes se fueron para Inglaterra y Norteamérica, y al volver introdujeron el fútbol y el béisbol. Los demás se escondieron, pero matarse, no mi general».

La piedra de toque de ese temperamento fue la violencia política que del 48 al 58 incendió al país. Barranquilla fue un oasis de paz y un refugio para los desplazados de la violencia del interior del país. Esta ciudad es en la que vive Gabito y en la que escribe su columna ‘La jirafa’, firmada con el seudónimo de Séptimus en EL HERALDO. Todas las peripecias para sobrevivir nos las ha contado en sus memorias. Todavía es posible encontrar testigos de cuando  por usar camisas muy coloridas lo apodaron ‘Trapo Loco’. De esa época, la mayor parte de las noticias nos las proporciona el mismo Gabo en su libro Vivir para contarla, y también sus biógrafos Gerald Martin y Dasso Saldívar.

Como se sabe, pasó muchas penurias y la comida que podíamos citar no es la más indicada, como los desayunos en El rascacielos, un hotel que compartía con la madame Catalina ‘La Grande’ y sus pupilas. Allí, al desayuno, comía huevos con bollo y cerveza. Una dieta nada recomendable. En cambio, sí era envidiable la comida que se servía en la casa de Meira Delmar, donde era invitado García Márquez y el resto del Grupo de Barranquilla. En la mesa se servía con frecuencia cordero, como carne básica –troceada o picada–, acompañada de muchos vegetales y con un uso abundante de aceite de oliva y especias. La almendra era la protagonista de los dulces y la repostería.

En el documental “My Macondo”, Alfonso Fuenmayor cuenta cómo una vez en la olla donde se cocían las papas, los plátanos, las mazorcas y la gallina de pronto un loro que revoloteaba cerca cayó adentro y Fuenmayor, que era el cocinero, tapó la olla. La gente no se dio cuenta de que había comido ‘sancocho de loro’, un plato experimental que no sé qué tanta fortuna tuvo, como sí la han tenido los platillos que encontramos en todas las novelas de García Márquez. El café está presente en casi todas ellas. Siempre sin azúcar, cerrero, como se decía antes, una palabra casi olvidada. Alguna vez en Cien años de soledad se intentó envenenar a uno de los Aurelianos con un café con veneno para ratas. De igual modo, el chocolate tiene presencia tanto en las novelas como en los cuentos, y los helados de chocolate están presentes en “La santa”, de Doce cuentos peregrinos. Las berenjenas en El amor en los tiempos del cólera primero son rechazadas por Fermina Daza y luego son un plato habitual.

Plinio Apuleyo Mendoza, en su libro La llama y el hielo, habla de los platos que le ofrecieron en la víspera de su boda con Marvel Luz Moreno y que consistieron en langosta, ostras, ceviche, sierra, pargo, róbalo, caracoles, almejas, pato, cerdo, venado, res, conejo y gallina. Es conocida la historia del grillo amaestrado que se comió Alejandro Obregón, pero esto no figura en ningún menú. La leyenda que acompañaba a los sancochos que preparaba el Nene Cepeda tiene más de fantasía que de realidad. De fuente de altísima fidelidad supe que al Grupo de Barranquilla lo que le gustaba era ir a unos restaurantes santandereanos a comer cabrito, y entre los amigos que giraban alrededor del grupo se repartían los sancochos. Acerca de estos, un viejo amigo –que me pidió guardara en secreto su nombre– me confesó que «no se los comía ni un preso».

 

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