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Latitud 23 de Abril de 2017

Poesía máxima de las cosas simples

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Amon-Mitrani, poesía transparente.

Por John Better Armella

Una entrevista al escritor y poeta Josef Amon-Mitrani.

Josef Amon-Mitrani es un escritor y filósofo bogotano egresado de la Universidad de los Andes a quien a temprana edad la influencia de autores como Ernesto Sábato y Dylan Thomas lo hicieron tomar el camino de la literatura. Mientras cursaba una maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalén escribe su primer libro, titulado Mamarracho de meditaciones imposibles, estudios que abandona para regresar a Colombia, donde culmina una nueva maestría en literatura, esta, con una tesis laureada sobre el escritor cubano Lezama Lima. En la actualidad Amon-Mitrani enseña español académico en la Universidad del Norte y recientemente publicó su tercer libro de poemas titulado 28 poemas minimalistas. El poeta, quien ha despertado el interés de lectores y críticos del género por su lenguaje claro, que no da lugar a metáforas indescifrables al llamar las cosas por su nombre, nos muestra, a través de la sensatez de sus versos, escenas que de tanto repetir hemos olvidado. Gatos impertinentes, una barra de luminosa mantequilla, el amigo muerto, los pájaros y sus “sonidos desesperantes” habitan este magnífico poemario. Latitud conversó con él cerca al mar en Puerto Colombia.

P  Su poemario abre con lo que al parecer es una autoentrevista donde desglosa el contenido de su poesía. Básicamente usted dice que lo que escribe es tan claro que no hay lugar a metáforas ni excesos, lo cual es cierto. ¿Cómo hace para que esa simpleza no suene a algo que no vale la pena leer?

R  Ese es todo el punto de mis poemas, ese es todo el punto de la poesía. Un árbol es un objeto asombroso, complejísimo, mágico, pero nos hemos acostumbrado a verlo, ya nos parece algo normal. Cuando aparece un árbol en un poema (en un poema escrito con la sangre) nos volvemos a asombrar con el mundo, entendemos que la vida es infinitamente extraña, áspera, difícil, hermosa, gelatinosa. Un árbol en un poema nos recuerda que no somos máquinas diseñadas para ir al trabajo y emborracharse los fines de semana. La idea de mis poemas es mostrar que lo simple es, siempre, lo más complejo. No hay nada menos profundo que el intento de ser profundo. Un ejemplo claro: la pésima literatura de William Ospina.

P  Usted es profesor de una universidad de Barranquilla y en su poesía interpreta a un nostálgico profesor. ¿El pasado es su punto de partida?

R  Siempre. La nostalgia, en mí, es una enfermedad real, no una pose de escritor triste. Siempre había creído que podía controlar esa nostalgia con la poesía, hasta que murió papá y el pasado se convirtió en un monstruo imposible, infinito. Me tocó tomar antidepresivos e ir al psiquiatra todas las semanas. Ya nada puede hacer la poesía. El pasado se hizo demasiado fuerte, demasiado real.

P  Algunos lectores podrían pensar que sus poemas son escritos en una sola sentada, aunque dudo que así sea. ¿Narrar las cosas más sencillas le parece una ardua labor?

R  Claro que sí. Es muy difícil decir las cosas normales. Yo escribo mis poemas de una sola sentada, sí, pero después me paso horas y horas editando, días, a veces años. Escribir, para mí, es una cosa muy difícil, me causa mucha ansiedad, me dan ganas de vomitar cuando llevo cinco días tratando de entender por dónde va la cosa. Me encantaría no haber convertido la escritura en mi forma de ser.

P  ¿En qué momento de su vida asume su realidad como poeta o escritor?

R  Nunca lo he hecho. Nunca me he sentido un poeta o un escritor. Yo soy un profesor de español que no puede parar de escribir, eso es. No pasa un solo día sin que escriba algo, pero eso no me convierte en un escritor, mucho menos en un poeta. Cuando tenía 13 o 14 años me di cuenta de que escribir era la mejor forma de compensar mi muy poco talento para jugar al fútbol. Hoy sigo escribiendo como un desesperado para compensar mi muy poco talento para vivir. Escribir es mi forma de fracasar. Escribo y leo y escribo y leo y escribo y escribo y escribo. Algunos doctores le llaman hipergrafía, aquel síntoma del neurótico que no puede para de escribir.

P  Su poesía está llena de referencias a autores como Borges, Bukowski, Carver, Shakespeare… ¿son soportes de su lenguaje poético o simples fetiches?

R  Leer e ir al cine son mis cosas favoritas del mundo. Leer es lo que más hago, no tengo duda de eso. Así que sí, mis lecturas aparecen en mis poemas porque mis lecturas son mi vida, y mis poemas son sobre mi vida. Es decir, los referentes literarios o filosóficos que aparecen en mis textos están ahí porque son parte de mi vida, no porque sean una pedantería para decirle a la gente que leo mucho.

P  Siendo del interior, ¿cómo influye el Caribe en su poesía?

R  Yo amo el mar. Yo amo a Raúl Gómez Jattin. Amo el sonido de los pájaros en las mañanas espumosas. Amo las hamacas. Amo la música, amo el aguardiente frío en el calor, amo el buen vallenato y los pies de mi chica. 

P  A veces sus poemas son historias breves y minimalistas. ¿Cree que ese estilo marcará su escritura?

R  Realmente no lo sé. Mi segundo libro es muy diferente a este, es mucho más simbólico, mucho más artificioso. Ahora estoy escribiendo un nuevo proyecto, titulado Tomates y antidepresivos, que se distancia mucho de las herramientas que uso en 28 poemas minimalistas. Creo que, como no tengo nada que perder, porque no he ganado nada con mi literatura, puedo explorarlo todo, puedo hacer lo que me dé la gana.

P  Por momentos su forma de escribir recuerda a autores como Fernando Molano o Chaparro Madiedo, ¿hay algo de ellos ahí?

R  Es muy probable. Fernando Molano es, para mí, uno de los más grandes escritores que ha tenido este país. He leído sus tres libros muchas veces, y cada vez que los termino, sobre todo Un beso de Dick, me da mucha envida, celos. Me digo: «Así es como yo debería escribir». Billy Collins, el gran poeta norteamericano, decía que «la voz propia» no es una cosa misteriosa que está adentro de cada uno, sino que, más bien, esa voz está en la envidia que pueden causar otros autores. Puedo aprovechar esta entrevista para invitar a la gente a que lean a Molano. Siento que todavía, años después de su muerte, le estamos debiendo algo. Debería haber más investigaciones sobre Molano. Lo de Chaparro Madiedo es bastante complejo, a mí me gusta su literatura, aunque haya sido rechazada por tanto intelectual barato, pero intento, conscientemente, distanciarme de sus formas. Es una voz muy potente, muy creativa, que me impactó mucho cuando yo era niño.

P  ¿Se animaría a un proyecto en prosa, una novela, un libro de relatos?… este libro suyo no está muy lejano a ello.

R  Lo hago, lo he hecho. Me siento más cómodo, dentro de la incomodidad, escribiendo versos, pero he escrito mucha prosa. Escribo una prosa tranquila y depresiva en mis textos académicos; una prosa exageradamente ansiosa, vertiginosa, en mis cuentos (que los voy publicando en un
josefamonmitrani.blogspot.com.co, y hace un año terminé de escribir una novela que llevaba trabajando desde hacía ocho años. Un trabajo arduo y triste. El trabajo más difícil y más ‘significativo’ que he hecho en mi vida.

P  En un poema titulado “Carta”, usted le escribe a un editor persuadiéndolo de que le publique un poema. En este tiempo, ¿qué tan publicables y necesarios son los poemas?

R  En mis investigaciones como profesor de planta de la Universidad del Norte me he dado cuenta de que estamos en un momento donde mucha gente escribe y lee poesía. Pelados y peladas que se pasan el día leyendo poemas en Internet, publicando poemas en las redes sociales. No sé si eso sea bueno o malo, tiendo a pensar que es más malo que bueno, pero sí creo que eso nos dice que vale la pena publicar, pues hay gente hambrienta de literatura.

P  ¿Qué tan necesarios?

R  Para mí son igual de necesarios a ir al baño o a comer, pero creo que la mayor cantidad de gente podría vivir sin poesía. ¿Para qué escribe?
¿Para qué? Para nada. ¿Por qué? Porque, lastimosamente, lo he convertido en una necesidad, en una enfermedad, en algo que no podría dejar de hacer. No es una pose, insisto. Una vez intenté dejar de escribir, porque me hace mucho daño, y duré tres meses sin hacerlo. Terminé enfermo, en el hospital, con diarrea, vómito, fiebre. Decidí seguir escribiendo y aceptar que había cometido un error irreversible cuando decidí,
a los trece o catorce años, que iba a hacer algo así de importante como lo que hizo Ernesto Sábato.

P  ¿Para qué le sirve la poesía?

R  Para que no me dé diarrea, vómito, fiebre.

El lanzamiento de ‘28 poemas minimalistas’ tiene lugar el próximo miércoles 26 de abril, a las 4:30pm, en el Salón Mapuka de la Universidad del Norte.

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