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Latitud 05 de Febrero de 2017

Pluralidades y conflictos en los bordes de lo diverso

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Redacción

Texto curatorial a propósito de la muestra colectiva expuesta en la Galería La Escuela, en el viejo Prado.

No es nada fácil reunir en una exposición de artes visuales a 19 artistas del Caribe colombiano que manifiestan diferentes motivaciones, diversos campos creativos y multiplicidad de intereses y propósitos. Buscar las afinidades y coincidencias podría ser una solución al planteamiento expositivo. Sin embargo, atrae mucho la idea de plantear justo lo contrario a lo que se espera encontrar, lo que va en divergencia con sistemas de pensamiento extendidos que terminan convirtiéndose en fórmulas redundantes. 

Este grupo de artistas arriba a un encuentro inexcusable al pertenecer al Programa de Profesionalización en Artes Plásticas de la Universidad del Atlántico en concertación con el Ministerio de Cultura y sus propuestas surgen del proceso de investigación artística ocurrido durante los últimos seis meses. 

Así las cosas, más que confluencias y concomitancias, en esta muestra lo que podemos percibir son desacuerdos, conflictos y una diversidad de criterios artísticos y posturas estéticas, muchas de ellas en pugna. Más que encuentros son desencuentros que coexisten en el estímulo del roce, la mirada urticante y la desavenencia permanente. Cada cual manifiesta sus vivencias y experiencias y procura levantar el edificio –o limpiar el campo de malezas– de un discurso artístico que debe desembocar en unos hitos comunicacionales que permitan la construcción de un sentido en el espectador.

En medio de la espesura de la selva se logra vislumbrar, sin embargo, unas prácticas artísticas con aspectos colindantes, como la indagación por la corporalidad, así sea desde distintos alcores ideológicos y vivenciales. El cuerpo como lugar de experiencia erótica o reflexión sobre el paso del tiempo, como reencuentro y choque performático con modelos ancestrales, o como lugar de padecimiento-redención. La reflexión filosófica sobre la existencia y constitución del ser o sobre la conciencia moral de la persona en estos tiempos. También está presente el acercamiento con el tema medioambiental ligado a la dilapidación y destrucción de los recursos naturales o las prácticas atávicas sobre la captura, el sacrificio y consumo animal. Las situaciones sociopolíticas de agudos contrastes de ostentación y miseria o las necesidades insatisfechas de las comunidades populares, especialmente en la infancia. Sin faltar la crítica a la desvaloración del papel de la mujer en la sociedad, ya por exaltación de sus labores, revisión histórica o la violencia de que es víctima. 

Con su instalación Nidos Invadidos, el artista Ángel Almendrales reflexiona sobre las acciones destructivas de las compañías de minería ilegal que acaban con el equilibrio ecosistémico de la Sierra Nevada de Santa Marta. Una retroexcavadora asciende triunfante sobre un tronco del árbol caído en una poesía visual que, sin embargo, revela una visión terrorífica de la realidad de la explotación violenta de los recursos naturales. Por su lado, Juan Francisco Cantillo crea una escultura minimalista titulada Resistencia, que nos remite a la faena cotidiana de muchos pescadores del río Magdalena. La varilla que se curva soporta la tensión de las fuerzas y resistencias, y el animal ya figurado en las sólidas piedras de río expresa su brío y fortaleza, pero con la inutilidad del gesto ante la implacable guaya que jalona el anzuelo. 

Trabajando con el autorretrato y con elementos simbólicos representativos de vivencias y entorno, Rafael Barón examina su existencia y circunstancias que lo proyectan a una liberación personal o sujetan a un contexto determinista de hechos incontestables, como en esas situaciones paradojales del cuerpo objeto de martirio o padecimiento, pero también como sujeto de redención. En otra dirección, el artista Jair Alfonso Maya establece sucesivas capas transparentes en la que se muestran elementos alusivos al estado de humanidad: rostro, radiografías de órganos internos, elementos de propulsión, luces y otros, que ensamblados en tres cajas se presentan superpuestos y enlazando posibles significados sobre la interiorización como posibilidad para alcanzar mejores niveles de realización personal. 

Enfatizando en el concepto formal de linealidad, la obra Dualidad, de Giselle Borrás, pretende llamarnos la atención sobre fenómenos a los que no les damos la importancia filosófica que merecen por andar inmersos en el recurrente pensamiento de la rutina citadina. Contra el arraigado egocentrismo que promueve la sociedad capitalista actual no podemos perder la conciencia del equilibrio integrador del ser con la totalidad de lo existente. En otra dimensión, la artista Ana María González con su obra Reloj de arena no se refiere al tiempo habitual de lo cotidiano, sino a un tiempo inasible per se que se manifiesta en el acontecer de las cosas o en los cambios paulatinos del cuerpo con su suerte insalvable de deterioro, pero también de acervo de conocimientos y riqueza intelectual que se traduce en conciencia del tiempo y verdadero sentido del vivir.

La instalación Cartografía de un desarraigo II, del artista Ricardo García Barragán, es una potente metáfora de las situaciones de desarraigo y desplazamiento que han vivido más de seis millones de colombianos en una guerra que, parece, llega a su fin. Varios zapatos verdes suturados e inutilizados con su propio cordón son ubicados en la misma dirección y contrastan con el zapato rojo –este de madera– número 33 que destila un hilo que al llegar al suelo conforma una cartografía que ya conocemos de nuestra realidad. En el video Extramuros-Epílogo, Fernando Castillejo propicia el encuentro y tensión de dos tipos de cuerpos: los de su serie erotizada de cuerpos que propician el encuentro amoroso con el cuerpo social de los barrios marginales de Barranquilla. La imagen recorre pausadamente la textura de la piel y las formas colmadas de deseo y se va reconfigurando en el transcurrir de la cotidianidad en los barrios marginales.

En la obra Chamanes Urbanos 3.0, el artista Giuliano Cavalli presenta 5 videos sobre un chamán que recorre varios lugares reveladores de Barranquilla, Bogotá y Nueva York, en evidente cuestionamiento a conceptos y modelos de vida urbanos que no son los más adecuados para mantener una comunión integral y armónica con las fuerzas de la naturaleza, guardando el perfecto equilibrio y sin dejar marcas eternas en el planeta.



En contravía, las artistas Shirley Cabanas y Norellys Jiménez con su obra Dolor de la comida exploran y estudian el sacrificio del chivo que es una práctica habitual de la etnia wayuu de La Guajira.
 
Con otra sensibilidad cultivada y otra mirada sobre la naturaleza y los animales, las artistas cuestionan este rito y muestran la curva de dolor y sacrificio en torno a las prácticas ancestrales de los wayuu. Por su parte, Íngrid Guillot cavila sobre el transcurrir de la existencia de la mujer trabajadora wayuu que habita mayoritariamente en la península de La Guajira.
 
Con una profusión de signos y símbolos, entre los que se destacan las coloridas y populares borlas, la artista presenta varios módulos circulares donde revisa esas labores con variaciones formales, cromáticas y de texturas. Mientras que en su ‘performance’ Cosmogonía, Diego Holguín presenta el cuerpo palpitante y desnudo de una mujer que ha pintado con una versatilidad de signos y símbolos de las culturas colombianas originarias, especialmente de la tayrona.
 
 
Estrellas de cuatro puntas, la rana, el triángulo, la serpiente y otros cubren la piel de la indígena que equilibra su cuerpo y despliega movimientos que permiten la apropiación de los significados. La obra Trans* se compone de 5 fotografías de tamaño natural de tres personajes de la comunidad LGBTI de Valledupar, que en su investigación el artista Jorge Luis Serrano escoge para problematizar la situación de discriminación y exclusión social a que se ven sometidas las personas que han optado por tipos de identificación sexual y género distintas a las tradicionales de hombre y mujer. Con la manipulación de imágenes para plantear una estética del deseo, el artista José Aníbal Moya, en su obra Mapas de Cielos, Mapas de la Tierra, pone en relación iconografías como el desnudo femenino, las estrellas, la fruta tropical y otras que hacen emerger elementos de trascendencia que van ligados a remembranzas y deseos, y que como mapas establecen una cartografía de las añoranzas y ensoñaciones en que se ve envuelto el artista.
 
Recreando patrones geométricos deudores de la vanguardia, Jesús Orellano, en su obra titulada Feminicidio, combina el relieve de madera con la mancha pictórica para establecer unos particulares planos y ángulos formales, pretendiendo inducir al espectador a pensar en el sojuzgamiento y la violencia contra las mujeres como expresión sociocultural que todavía pervive en medio del atraso de nuestra sociedad. En Relatos de Infancia, Jorge Luis Pacheco investiga fotografías antiguas de costumbres del municipio de Suan.
 
Analizando las imágenes tomadas por extranjeros de los Cuerpos de Paz, el artista se da a la tarea de encontrar y reunir a niñas trabajadoras que otrora vendían productos agrícolas tradicionales del pueblo como los bollos de yuca, maíz y plátano. La obra muestra la evolución y encuentro en el tiempo de los personajes y los relatos ricos de anécdotas que conforman la historia.
 
Haroldo Varela siempre ha trabajado con la imagen fotográfica pura, pero en esta muestra colectiva apela a la contaminación o mezcla de medios para estructurar una imagen que comunique mejor. Bajo el título $200 para el dolor de cabeza, el artista contrasta elementos de pobreza y riqueza en la composición de la obra, como metáfora de lo que se aprecia realmente en muchos lugares turísticos donde de manera casi insultante la fastuosidad cohabita con la miseria y el abandono social. Con otra intención, en las fotografías El Porvenir en Soledad, Freddy Velilla pone en relación personajes de las tiras cómicas con niños pobres del barrio Porvenir, del municipio de Soledad, Atlántico, posibilitando un encuentro intertextual inusitado que rompe la lógica de la imagen convencional, pero que activa varios elementos de significación y nos invita a reflexionar sobre el presente y futuro de estos niños sumidos en la miseria.

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