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Latitud 18 de Junio de 2017

Peregrinos inmóviles

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Camilo Morón Castro

A propósito de viajeros y viajeros literarios.

La literatura es un arte peregrino».
G. Cain

Era una clase gris, al igual que las otras, y nosotros estábamos distraídos, viendo caer la lluvia por los cristales de la ventana, cuando el profesor levantó la voz para contarnos una historia. Hacía ya algún tiempo, nos dijo, se había encerrado en su apartamento por varios meses para trabajar en un proyecto literario. Como Ulises, se amarró al mástil de un barco, inmóvil, decidido a no dejarse tentar por el canto de las sirenas, y apenas sí sostenía breves conversaciones sin abrir la puerta con el reducido puñado de amigos que lo visitaba de cuando en cuando. El exilio voluntario tuvo un final grato: una novela publicada (y premiada) cuyo título no mencionaré.

Pasado cierto tiempo desde esa ocasión, caigo en cuenta de que el viejo profesor, a pesar de lo que sugerían las evidencias, practicaba una especie de nomadismo sedentario. Ejercicio usual entre los escritores cuando transforman los espacios cerrados en largas trochas, bordeadas por paisajes variopintos, a través de las cuales desarrollan nuevas experiencias.

Uno de los referentes más antiguos de esta práctica lo conforma el libro ‹El viaje alrededor del cuarto›, de Xavier de Maistre (1763-1852), escrito durante una prisión domiciliaria de 42 días en el año 1790. Al igual que el profesor, Xavier de Maistre no era agorafóbico, ni sedentario. Al contrario, fue un nómada entusiasta que viajó por Europa haciendo carrera militar, siguiendo con sorpresa el desarrollo técnico y científico de su época, al punto que voló por los cielos en uno de los primeros viajes en globo. Pese a ser un peregrino consumado, Xavier argumentó que durante el transcurso de ese viaje alrededor de su habitación quedaron vestigios de algo irrepetible: «Los más famosos viajes pueden ser repetidos: una fina línea punteada nos señala la ruta en todos los mapamundis; y queda al arbitrio de cada uno seguir las huellas de estos osados hombres que una vez emprendieron el viaje. Con el ‹Voyage autour de ma chambre› no pasa eso. Es un viaje hecho de una vez y para siempre y ningún mortal puede vanagloriarse de emprenderlo una vez más. Tanto más por cuanto el mundo en el que se desarrolló ese viaje ya no existe».

De Maistre pensaba que para volver a sentir esos momentos especiales que acompañan con entusiasmo al viajero, como la sensación de extrañeza que se genera en la lejanía, debe romperse el cerco del tiempo, que nos devuelve en la respuesta y el paso del eterno retorno. Lo claro es que cada viaje es único e irrepetible, pues con el espiral de ideas, sensaciones y pensamientos que sentimos en cada desplazamiento, quedamos al paso de la zozobra que nos alimenta la imposibilidad de volver a realizar el mismo recorrido. Y si así lo deseamos con las fuerzas del obrar infinito, hay que seguir adelante, sin temor a poder reconfigurar las instancias de la vivencia en otro ciclo.

Otro tipo de viajero literario es el que está sujeto a un espacio físico que puede ser limitado. A pesar de su dimensión espacial, una ciudad o una isla pueden ser una cárcel, o un lugar que no se cierra en un movimiento creativo, al tiempo que da las posibilidades al nomadismo literario para reconocerse y encontrarse con los juegos de la imago. Este es el caso de José Lezama Lima (1910-1976), que estuvo recluido de forma voluntaria en Cuba, encerrado en la húmeda casa habanera de la calle Trocadero 162. En otros tiempos se había arriesgado a conocer México y Jamaica, pero estos desplazamientos no romperían la disonancia del peregrino inmóvil. Afirmar esto sería como condenarlo a imponer límites al absoluto de su resolución literaria, tal como él lo predijo: «Toda definición es un conjuro negativo. Definir es cenizar». Se negaba a caminar por la ciudad, resignando sus desplazamientos a los 26 metros de largo de su hogar. Paso a paso. Cada vez más lento, se iba conformando con una imagen deteriorada de la ciudad entregada a la erosión de la memoria.

Con su literatura, Lezama Lima nos da testimonio de que viajó más lejos, las fronteras de La Habana se extendían en tiempo y espacio, mientras él se iba en pensamientos: «Con sólo cerrar los ojos puedo revivir la corte de Luis XIV y situarme al lado del rey Sol, oír misa de domingo junto a Colón en víspera de su viaje a América, ver a Catalina la Grande paseando por las márgenes del Volga congelado, o trasladarme al Polo Norte y asistir al parto de un esquimal que después se comerá su placenta». A los motivos literarios les impuso las razones vitales que tanto le molestaban, a pesar que nunca los negó, los problemas de salud y el miedo a la muerte, humanizaron su palabra: «El viaje es reconocer y reconocerse, es la pérdida de la niñez y la admisión de la madurez. Goethe y Proust, esos hombres de inmensa diversidad, no viajaron nunca. La imago era su navío. Yo también: casi nunca he salido de La Habana. Admito dos razones: a cada salida, empeoraban mis bronquios; además, en el centro de todo viaje ha flotado siempre el recuerdo de la muerte de mi padre. Gide ha dicho que toda travesía es un pregusto de la muerte, una anticipación del fin. Yo no viajo. Por eso resucito».

María Zambrano reconoce en la poesía de Lezama un aspecto más que vital, que se reafirma en la fortificada metáfora que se adentra en la realidad, despertando los sentidos. Así, más allá de la asombrosa minuciosidad de sus intensas atmósferas evocadas en sus descripciones y espacios, tal como lo hace en ‹Paradiso› (1966) o en ‹Oppiano licario› (1977), donde recreó sus vivencias de La Habana que se expande en los recuerdos y ensoñaciones que solo puede otorgarnos la literatura. Esta actitud de quedarse sumido en un letargo poético, donde «Todo cambio es diabólico», pero que a la vez abre caminos al mosaico de las figuraciones barrocas, que acompañaron sus peregrinajes inmóviles, terminó dándole el mote insidioso, de ser conocido por sus vecinos de ciudad, más allá del resguardo de su inmortalidad literaria, como el gordo de Trocadero.

Muchos definen a los viajeros por las distancias que han recorrido. Estos peregrinos literarios narraron sus esfuerzos por hacerse con el lugar y el momento preciso, para irse en pensamientos con la imago a recorrer el ancho y ajeno mundo, pues entre página y página, ante nuestros ojos, surgen fascinantes diarios de bitácoras de este nomadismo postrado a la sombra de un camino, al que hemos desistido recorrer.   

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