Nuestro lenguaje cotidiano, en decadencia

Sábado, Junio 23, 2012 - 15:45

Para mis alumnos,
para mis alumnas.

Al interior de la dinámica del lenguaje cotidiano ocurren en la actualidad una serie de fenómenos que algunos hablantes, por lo general de las generaciones más jóvenes, afectados por cierta liviandad, en ocasiones movidos por lo que algunos llaman ciertas tendencias de lo ligth, porque el mundo se ha vuelto light, la cultura de la superficialidad, del facilismo, utilizan una serie de modismos, de palabras ‘novedosas’ que muestran el desconocimiento de la prosodia y la gran riqueza léxica de nuestra lengua (la cuarta lengua más hablada en el mundo), lo mismo que de su prestigio y desarrollo desde el punto de vista de su rica tradición literaria.

Para entrar en materia, es muy común oír de labios de estos hablantes el uso de la palabra igual en oraciones en las cuales no añaden nada, cayendo en una especie de idiotismo, al decir de los viejos preceptistas de la lengua. En el siguiente ejemplo observamos cómo la palabra igual no añade nada desde el punto de vista semántico al discurso del usuario de la lengua. Diálogo entre dos jóvenes estudiantes:

–“¿Vas para el colegio”?
–“No, igual, voy para una cita médica”.
–“Igual, ayer no asistí a clases y fui donde el médico porque no me sentí bien”.

El primer igual no añade nada desde el punto de vista del significado de la oración. Se ha podido decir “No, voy para una cita médica”. En el segundo igual quizás el hablante quiso decir tampoco.

En el ámbito escolar y por extensión en el habla popular, el uso del verbo poner ha llevado a algunos hablantes de nuestra lengua a producir verdaderas monstruosidades lingüísticas, tanto que en el antiguo noticiero radial de RCN que dirigía Juan Gossaín, hombre de letras y muy preocupado por los fenómenos del buen hablar, una larga lista de radioescuchas conformaron una especie de Sociedad Defensora del Verbo Poner.

Partiendo de la premisa de que las que ponen son las gallinas, algunas personas mayores, en ocasiones maestros despistados, les han inculcado a esos jóvenes estudiantes el verbo colocar prescribiendo, casi expidiéndole un certificado de defunción al verbo poner. En innumerables ocasiones me ha tocado aclarar el asunto a muchos jóvenes y hablantes comunes y corrientes cuando dicen:

“-Me coloqué bravo con Fulano porque no me quiso prestar el celular”. O:
“-María se colocó furiosa con Rosita por un malentendido”.
Es una labor de mucha paciencia, de persuasión de los maestros de escuela, de los profesores del Área de Humanidades y, ¿por qué no?, de las otras áreas, de los padres de familia, de las personas mayores con cierta formación cultural. En el mejor castellano, nosotros podemos y debemos utilizar el verbo poner sin que nos ruboricemos o nos convirtamos en gallinas:
“-Me puse bravo con Fulano porque no me quiso prestar el celular”. O:
“-María se puso furiosa por un malentendido”.
En los anteriores ejemplos el verbo colocar no reemplaza en absoluto al verbo poner. En otros casos, el verbo colocar sí es un sinónimo legítimo del verbo poner como en los siguientes casos:
“-Pedro puso unos libros sobre la mesa”. Que es lo mismo que decir:
“-Pedro colocó unos libros sobre la mesa”.
En las anteriores oraciones el verbo colocar es una aproximación semántica al verbo poner. Y decimos una aproximación semántica porque en castellano no hay dos sinónimos exactos.
El tercer caso que quiero resaltar es el del verbo regalar, con el cual se cae en ocasiones en verdaderos ‘falsos positivos’ del idioma desde el punto semántico. A cada paso estamos oyendo en las oficinas:

“-Regáleme su dirección”.
“-Regáleme su celular.”
“-Regáleme sus nombres y apellidos.”
El colmo de los colmos lo oímos a un individuo en una tienda o granero cuando le dice al dependiente:
“-Regáleme una gaseosa.”
“-Regáleme una libra de arroz”.

Y decimos el colmo de los colmos porque enseguida observamos a ese mismo individuo pagar en dinero contante y sonante la gaseosa o la libra de arroz que minutos antes ha pedido regalados.

Parece que son expresiones venidas del interior del país, originado en oficinas o centros comerciales que hacen parte de ese lenguaje impostado, ceremonioso, en ocasiones falso del hombre del páramo, difundido profusamente por los medios de comunicación masiva, especialmente la televisión y la radio, y que han encontrado eco en el hombre común y corriente, incluso en capas de la población aparentemente de alguna cultura.

Hay, pues, una especie de veto a los verbos muy castizos, legítimos, de gran tradición y fuerza semántica en nuestra lengua: dar, vender.

“-Dame tu dirección”.
“-Dame tu celular”.
“-Deme sus nombres y apellidos”.
“-Véndeme una gaseosa”.
“-Véndeme una libra de arroz.”

El colmo de este particular uso del verbo regalar en vez de dar o vender se lo oí a una secretaria a quien le hacía la correspondiente aclaración. Me decía la joven secretaria que ella tenía una amiga que cuando le decían “Véndame una gaseosa” ella no entendía y tenían que decirle “Regálame una gaseosa”. ¿Qué tal?
En el lenguaje hablado y escrito existen algunos recursos legítimos que en semántica se llaman eufemismos, que son esas expresiones del diario uso que utilizamos para referirnos a ciertas realidades que a nuestros ojos, delante de damas o de personas que nos merecen respeto se muestran como duras, impronunciables. Por eso optamos por el camino de las sutilezas, por los eufemismos, de las delicadezas del lenguaje, como cuando decimos:

-“Pedrito se hizo popó”
-“Tengo ganas de hacer chichí.”
Las dos expresiones en negrillas las utilizamos para no usar las palabrotas que todos conocemos. Es un recurso válido del lenguaje cotidiano.

Por último, quiero resaltar el uso excesivo de los diminutivos en el ámbito familiar. Es muy común oír a personas mayores, refiriéndose a la edad de un niño o la de una persona joven:

-“El bebé está cumpliendo hoy tres añitos.”
-“Juan murió muy joven. Tenía apenas dieciocho añitos”.
Estas expresiones son producto, a lo mejor, de la cercanía a esas personas o por el afecto que inspiran. Sin embargo, el significado de añito es realmente el de año, doce meses, trescientos sesenta y cinco días, nada más ni nada menos.
En el lenguaje popular, en Barranquilla, para referirse a un hospital en donde son atendidos los niños, la gente común y corriente lo llama “el hospitalito”.
Un ejemplo más: en contexto de la salud oímos a médicos, odontólogos y enfermeras:
-“Abra la boquita”.
-“Le vamos a extraer una muelita”.
-“Deme la manito”.

Finalmente, esta proliferación de los diminutivos en el habla popular ya existía en nuestra lengua, con alguna tradición. Sin embargo, en los últimos tiempos, como una herencia de los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, como una especie de legado paisa del uribismo y que ha hecho mucha carrera en el país a fuerza de oír al anterior gobernante hasta la saciedad dando declaraciones sobre lo divino y lo humano en la radio, en la prensa, en la televisión, en los maratónicos concejos comunitarios y en las plazas públicas. Incluso, opinando hasta el cansancio en estos momentos por las redes sociales.

Expresiones tan paisas como aplazar el gustico, las carnitas, los huesitos, hijitos, los huevitos de la seguridad democrática y todos los itos de la parafernalia lingüística paisa de Álvaro Uribe Vélez son comunes en el lenguaje de los medios de comunicación, de caricaturistas, humoristas, columnistas, políticos, aspirantes, gobernantes y funcionarios del Estado.

Por Alberto E. Hernández

Licenciado en Filología e Idiomas Universidad Nacional de Bogotá
Especialista en Literatura Colombiana, Universidad Santo Tomás de Bogotá.

 

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