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Latitud 16 de Abril de 2017

Milagros exprés

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Redacción

Para nosotros en el Caribe el milagro es cotidiano y excepcional al mismo tiempo.

La primera vez que escuché hablar de —y presencié— un milagro fue en mi pueblo, Sahagún. Debía tener cinco o seis años. Se construía un tanque elevado tan necesario en estos pueblos del Caribe castigados sin ríos ni mar. Un obrero de 35 años sucumbió al vértigo que provoca estar colgado a 70 metros de altura. El cuerpo del hombre dio contra la calle.
 
El milagro no fue que el hombre haya quedado con vida porque, de hecho, el impacto fue tan fuerte que los sesos quedaron regados en la jardinera que divide en dos sentidos la vía. El milagro ocurrió luego. 
 
Semanas después, alguien se dio cuenta de que en la misma jardinera el rostro de Jesucristo se veía perfectamente. Dios no le había salvado la vida a aquel obrero, pero en compensación se había revelado en el mismo lugar donde se derramó su sangre.
 
En ese instante empezó la peregrinación. Yo me recuerdo —pequeño, menudo— rompiendo el cerco de cuerpos que estaban apostados en la calle. Era de noche y en aquella ocasión, imbuido por la magnificencia con que el resto de personas se asomaba al pedazo de concreto, alcancé a presenciar el rostro de Jesucristo iluminado por un centenar de velas que los peregrinos habían prendido para adorar y agradecer. 
 
Desde entonces, adquirí consciencia y empecé a notar que Dios se aparecía en cualquier lado: en las ancas de una rana, en la mancha de una pared, en el fondo negro de una olla, en el cascarón de una hicotea.
 
Para nosotros en el Caribe el milagro es cotidiano y excepcional al mismo tiempo. Aquellos lugares comunes están lejos de la pulcritud que la Tradición y la Iglesia —¿Acaso no son la misma vaina?— nos han legado. Y en eso radica la excepcionalidad. Se trata de sacar de su altar el rostro inmaculado de un santo y encuadrarlo en la miseria de nuestros barrios y caseríos.
 
Y actuamos bajo la fe: «la certeza de lo que se espera, la convicción de los que no se ve». Y creemos. 
 
La noción de milagro se convirtió en algo habitual para mí. Desde muy niño estuve en contacto con lo fantástico. Mis primeras lecturas fueron las historias bíblicas que aceptaba como naturales. Mi padre componía las articulaciones de más de un torpe caminante con solo frotar cruces, y santiguaba niños con mal de ojo. 
 
Aun así, para muchos de nosotros el milagro sigue teniendo mucho de extraordinario, aunque natural; de fantástico, aunque cotidiano; de sorpresivo, aunque rumoroso.
 
Este tiempo, sin embargo, ha trastornado las cosas. Católicos, evangélicos, testigos de Jehová, pentecostales, mormones, adventistas, curanderos, rezanderos y fanáticos de toda ralea van de puerta en puerta ofreciendo tardes y noches de sanación y milagros como si se tratara de un concierto vallenato o de un fandango de pueblo.
 
Y entonces, congregan a una muchedumbre hambrienta de sanación y empiezan a maniobrar. Gritan amenes. Lanzan vivas y aleluyas. Se revuelcan. Cantan. Y claro, al final siempre sale al tablado un Lázaro: la mujer que ya no siente el tumor en el seno, el tullido que puede dar dos pasos, la lavandera que puede levantar las manos.
 
El milagro es hoy una mercancía más. Te la ofrecen empacada al vacío para que la conserves. Es un producto de supermercado, un servicio público. Hoy los mercaderes de lo sagrado tocan tu puerta para informarte que mañana habrá sanaciones y milagros, como si de promociones se tratase.
 
Entonces te preparas físicamente. Te pones las mejores vestiduras, te cepillas el pelo y los dientes y vas a recibir tu dosis de sanación como el niño recibe sus vacunas en el centro médico.
 
También se han dosificado, medido, cuantificado: dos milagros y eres beato, tres milagros y eres santo. 
 
Como ocurría con Jesucristo, nadie se pregunta qué ocurre después del espectáculo. Nadie hace un seguimiento al sanado. Todos siguen al sanador. 
 
Quizá lo mismo puede pasar con el obrero o el ama de casa que en una noche de promoción fueron favorecidos con un milagro. Cuatro mañanas después se levantarán y sentirán las piedras en los riñones o la supuración en la herida. 
 
Pero nunca hay modo de saberlo. La promoción se ha acabado y toca esperar una próxima ocasión, porque como en todos los negocios, las promociones siempre vuelven. La fábrica empezará a empacar nuevos milagros o vendrán otros mercaderes a ofrecerlos a dos por el precio de uno. 
 
Hace cinco años volví a ver el pedazo de concreto donde el rostro de Jesús se reveló. No había peregrinos ni velas. Ni siquiera Jesucristo estaba allí. Hoy sospecho que nunca estuvo. 
 
Víctor Alfonso Moreno. Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad de Córdoba.

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