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Latitud 09 de Abril de 2017

Migrar en busca del destino de escritor

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Días felices para los escritores del ‘Boom’: Vargas Llosa y su mujer, Patricia Llosa; José Donoso y Pilar Serrano, y el matrimonio García Barcha, en Barcelona.

Por Andrés Martínez Zalamea

El ‘Boom’ latinoamericano en el Viejo Continente, ecos del conversatorio “El intelectual latinoamericano en Europa”.

Hacia principios de los años 70, por recomendación de su amigo Gabriel García Márquez, el periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza fue nombrado como director de la revista Libre, producida y publicada en París, entre cuyos colaboradores se encontraban nombres de la talla del mismo ‘Gabo’, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.
 
La capital francesa en ese entonces aglomeraba a aquellos intelectuales y plumas insignes del Boom latinoamericano, en virtud de «esa distancia necesaria para tener una dimensión de la vida y de las cosas», como recordó Mendoza durante un conversatorio llevado a cabo durante la XX Cátedra Europa de la Universidad del Norte. 
 
En 1948, Mendoza había desembarcado en París, con tan solo 17 años, para convertirse en politólogo en el Institut de Sciences Po, de la capital francesa, tras rehusarse a seguir los pasos de su padre en el derecho. Su sueño siempre fue escribir, por lo que una carrera en ciencia política era la manera de «no morirse de hambre» al compaginarla con las letras.
 
«Me encantó París porque realmente fue una experiencia única. Vivía en Saint-Germain-des-près, un barrio ‘existencialista’, y veía a Jean-Paul Sartre y a Simone de Beauvoir en el Café de Flore. También los veía en un bar por la noche viendo cantar a la Gréco», relató Mendoza durante el panel titulado “El intelectual latinoamericano en Europa”, donde compartió tarima con tres personajes con vínculos con Barranquilla y el Viejo Continente. 
 
Este es el caso del barranquillero Marco Schwartz, director de EL HERALDO, quien por casi tres décadas ejerció como periodista en España; el periodista Mauricio Vargas, quien tuvo sus inicios en EL HERALDO y desarrolló buena parte de su carrera en Francia, y Roberto Pombo, ex reportero de EL HERALDO y jefe de redacción del difunto Diario del Caribe, quien en la actualidad se desempeña como director del diario El Tiempo.
 
Para Plinio, el lazo con Barranquilla llegó en forma de mujer con su primera esposa, Marvel Moreno, a quien conoció a través de Juan B. Fernández R., y era, en aquel 1959, la reina del Carnaval de Barranquilla. «Ella me decía, ‘a mí no me importa nada del carnaval, yo lo que quiero es ser escritora’. Entonces comenzamos a hablar y encontramos que nos encantaba Virginia Woolf, Faulkner y también Flaubert», contó el escritor.
 
Cinco meses después contrajeron matrimonio y Plinio fundó una agencia de publicidad que tuvo cierto éxito, pero que significó un alejamiento de la escritura. «No estaba escribiendo nada. Ella tampoco porque estábamos viviendo de los negocios». A esto le siguió una momentánea separación, traída por el deseo de Marvel de perseguir lo que describe Plinio como «amores coyunturales», inspirada a su vez por la relación entre Sartre y Beauvoir.
 
Mientras pasaba el trago amargo en Italia junto a su amigo García Márquez, Plinio recibió una carta en el consulado de Roma. Era Marvel reconociendo que había cometido un error. Mendoza acordó verse con ella en París, donde Marvel le reveló su intención de no volver nunca a Colombia. «En Barranquilla terminarás haciendo plata, pero no vas a escribir. Y yo tampoco. Es una vida que no deja tiempo a uno de sentarse», le dijo su esposa a Plinio. «Yo me quedo aquí en París, haciendo lo que sea, trabajando como empleada doméstica».
 
Plinio dejó atrás Colombia y se reubicó con Marvel y las dos hijas del matrimonio en París, donde vivió por 20 años. Marvel, quien se divorciaría unos años después de Mendoza, nunca abandonó Francia. Allí se casó por segunda ocasión y en este país fallecería, en 1995.
 
Para Mauricio Vargas, Mendoza dejaría de ser «un intelectual que llegaba a Francia, para convertirse en la referencia de todos los intelectuales latinos que llegaban».
 
Luego de escribir El desertor, en un momento dado, rememora Plinio, «se acabó la plata y entonces me dijo Gabo: ‘mira, Juan Goytisolo quiere montar la revista que agrupa a todos los escritores del boom. Yo le he dicho que la persona que puede hacerse cargo eres tú, y Mario (Vargas Llosa) también opina lo mismo».
 
«Allí estaban todos: Vargas Llosa, Cortázar, Carlos Fuentes», cuenta Mendoza. «Estaba Sartre también; yo lo entrevisté. Fue una experiencia extraordinaria porque me di cuenta de que se reunían todos los escritores de distintos países latinoamericanos que se iban a París o España porque necesitaban esa distancia».
 
«Francia era un lugar donde solo podíamos concentrarnos en escribir y podíamos vivir siendo pobres», continuó Mendoza. «El problema de los escritores en América Latina es que tienen que buscar cómo sobrevivir. Y muchos escogen una actividad parecida como el periodismo, que es lo más cercano a un género literario, pero en el que lo que uno escribe se lo come la actualidad y, muchas veces, después no queda nada».
 
A causa de esto, evoca Plinio, Gabo optó por irse de Colombia, «porque si no, se lo hubiera tragado el periodismo».
 
Marco Schwartz, descendiente de inmigrantes polacos en Barranquilla, también terminaría emigrando a España «buscando tener una experiencia definitiva en el exterior» y quizás nunca volver, como en su momento Marvel Moreno le había propuesto a su marido. 
 
«La idea era ir a París, porque todavía en aquella época, los que aspirábamos a escribir o ser algo más que un periodista y narrar, soñábamos con irnos», recapituló Schwartz, a quien el destino eventualmente lo llevaría a España. «Hubo mucha facilidad, eso hay que decirlo. Era una época en España en que no estaba todavía el problema de la inmigración».
 
«Los sitios de destino iban variando y el interés latino se había ido desplazando a Barcelona y Madrid, donde la industria editorial se había vuelto muy potente», contó Schwartz, quien también se marcharía a Europa en compañía de su esposa Alba, tras «vender una nevera y un carro de segunda, que era lo único que teníamos».
 
Tras más de dos décadas en Madrid, ejerciendo como periodista en lo que Vargas describe como la «época dorada del periodismo español», y con dos libros publicados, Schwartz retornaría a la que fue su primera casa editorial, EL HERALDO, esta vez como su director.
 
«En Barcelona había agencias literarias y allá también se concentraron los escritores», agrega Plinio Apuleyo. «Era un ambiente muy especial, equivalente a lo que se podía encontrar en París. Y Gabo vio que allá era más fácil difundir sus libros. Pero cada país tenía su particularidad. Uno se sumergía en Europa en cualquier parte tratando de escribir, pero finalmente se lograba más repercusión».
 
Para Roberto Pombo, quien nunca vivió en Europa, pero ha estudiado a fondo las carreras de aquellos escritores del Boom que formaron «una gran conciencia unitaria de Latinoamérica en Europa», es difícil encontrar en Colombia un lugar más inmerso en el mundo que Barranquilla, aún en la actual era de las comunicaciones.
 
«Cuando me tocó trabajar en Barranquilla, vivíamos todos fascinados con La Cueva y el Grupo de Barranquilla, y todos escribiendo crónica roja nos sentíamos García Márquez. No solo eso, que era muy importante, sino que Barranquilla siempre estuvo más cerca del mundo que Bogotá y otras ciudades de Colombia. Se palpaba en el ambiente que eran importantes las cosas que sucedían afuera, literarias y periodísticas», explicó Pombo. «Yo, que vivo rodeado de cachacos por todos lados, me dicen: ‘¿y usted nunca trabajó por fuera del país?’ Yo les digo: ¿cómo que no? Yo vivía en Barranquilla». 

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