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Latitud 18 de Diciembre de 2016

Marcela atropelló un tigrillo

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Foto: Archivo particular

Fabián Buelvas

Marcela atropelló un tigrillo la noche del sábado 21 de septiembre. El animal apareció como un rayo en la vía, y ella, que conducía su carro a más de cien kilómetros por hora, no logró frenar a tiempo. Las tripas salieron disparadas hacia un lado de la carretera, dejando una línea de sangre y vísceras que se perdió en la penumbra.
 
Lanzó un grito inútil desde el carro, justo antes de arrollar el tigrillo. Pensó en detenerse, pero recordó que sus amigos le decían que la vía a Puerto Colombia, solitaria y oscura, es peligrosa para una mujer que viaja sola. Mejor no arriesgarse.
 
Siguió su camino hacia la playa. Le gustaba ir cada tanto, en especial si había luna llena o creciente para contemplar el mar en medio de la oscuridad. «De noche el mar es más solemne», dijo, y se complació por describirlo de esa manera.
 
Marcela fue a las playas de Climandiaro, un pequeño hotel cercano a Puerto Colombia. Estacionó su carro en la entrada y caminó hasta la puerta. Allí, sentada sobre un taburete, aguardaba una mujer que sostenía una caja entre sus piernas. 
 
—El cover es de diez mil pesos no consumibles –dijo.
Jamás le habían cobrado por entrar a ver la playa. Preguntó por qué.
—Hay una fiesta dentro –respondió la mujer.
Marcela dijo que solo pensaba tomarse un par de cervezas frente al mar.
—Son las órdenes –objetó la mujer–, pero le puedo dar una cerveza gratis si compra la entrada.
Mientras metía su mano en el bolsillo recordó las palabras de su madre: no es bueno que vean a una mujer sola en una fiesta. Marcela dio media vuelta y se fue decepcionada.
Tomó la misma ruta para regresar a casa. Durante el viaje rememoró con ira a la mujer que le había negado la entrada al mar, pero luego pensó que no era mala idea pagar los diez mil pesos. Para cuando quiso devolverse ya estaba lejos de la playa.
 
De regreso pasó por el sitio donde atropelló el tigrillo. Disminuyó la velocidad para ver qué había sido de él. Vio sobre la carretera una mancha ocre, amorfa, que le hizo pensar en las sobras de un banquete.
Marcela frenó en seco su carro. Sabía que no debía hacerlo, pero su deseo por saber la suerte del animal la impulsó. Su corazón latía con rapidez y sus piernas flaqueaban. Encendió las luces estacionarias y se bajó.
Sobre la carretera, cerca a la línea blanca que divide los carriles, estaba en perfecto estado la cabeza de un tigrillo, pegada a lo que hasta hace poco fue su cuerpo. Tenía la boca cerrada y un hilo de sangre le brotaba por la nariz. Sus ojos, almendrados y más abiertos que en vida, se cruzaron con los de ella. Sintió pena por el tigrillo, no tanto por matarlo, sino por no haber sentido la misma pena al momento de arrollarlo.
 
Marcela estaba tan absorta entre los ojos del cadáver que no se percató del carro que venía hacia ella. El chofer alcanzó a zigzaguear.
—¡Puta! –le gritó.
Marcela levantó la cabeza y vio cómo el carro que estuvo a punto de atropellarla se alejaba por la carretera. Miró una vez más los ojos vivos del tigrillo, subió a su vehículo y dio media vuelta con la determinación de ir a la playa.
 
 
El malecón se vuelve aún más estrecho cuando los carros se parquean en fila a lo largo de la vía. A medianoche el lugar está en su clímax, cada vehículo trae su música y la gente se sienta en las bancas del lugar, o traen sus propias sillas y usan la banca como mesa. Casi siempre son niñas bailando vallenato mientras su hombre y sus amigos aplauden con euforia. Algunas se acercan a ellos y restriegan el culo sobre la verga del hombre, quien continúa conversando con sus amigos.
 
Marcela estacionó el carro en el malecón. Compró una cerveza en una tienda cercana y se dirigió al mar, a quince metros de distancia. Se quitó las sandalias y metió los pies en el agua. Su pantalón rosado contrastaba con la tierra negra humedecida por las olas, y el resplandor de la Luna hacía brillar las lentejuelas plateadas de su blusa. 
 
Miró el mar y se echó a llorar. El tigrillo muerto, la vieja abusadora, el carro que casi la atropella y el motivo que la llevó a buscar la playa se disiparon bajo la Luna creciente y las pocas estrellas que no opacaba el brillo de la ciudad. Dentro del agua, a pocos metros de distancia, una pareja de jóvenes hacía el amor. «Es lo mejor que hay en la vida», pensó. Tomó el último trago de cerveza y caminó de vuelta hacia su carro para regresar a casa.
 
Mientras conducía pasó por tercera vez por el lugar donde mató el tigrillo. Disminuyó la velocidad buscando cruzar de nuevo su mirada con la del cadáver. Lo que vio distaba mucho de parecerse a las dos ocasiones anteriores. Había un tigrillo vivo junto a una mujer joven y sonriente que también la veía a ella. La mujer sostenía el animal en su regazo, como si se tratara de su mascota. Marcela, serena como estaba luego de ver el mar, sonrió al reconocerse a sí misma en medio de la carretera. 
 
Fabián Buelvas (Barranquilla, 1985). Escritor y psicólogo. Ha escrito para El Malpensante, Cartel Urbano, Literariedad y Corónica.

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