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Latitud 10 de Enero de 2017

Los muchachos de cerro Limón

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David Lara Ramos

A mediados de mayo de 1997, callaron el tambor de Atilano Barrios.

A mediados de mayo de 1997, callaron el tambor de Atilano Barrios. 
 
Eustiquia dijo entonces que no volvía a cantar sin su tamborero. A veces se le ve caminando por el mismo sendero donde Atilano recibió aquel tiro sin saber de dónde salió. Su cuerpo tenía un orificio entre la oreja y el cuello. Nadie salió a socorrerlo aquella noche, salir era esperar a que sonara otro tiro de gracia. Dicen que fueron los mismos muchachos que se quedaban a dormir en cerro Limón. 
 
***
 
—Come temprano que ya nos tenemos que encerrar. 
 
—¿Encerrar? ¿Carajo? Ni gallinas… No Ofe, son apenas las cinco y media de la tarde.
 
—Te lo dije ayer, ahorita mismo están llegando los muchachos a cerro Limón.
 
—Arajo, y ¿ahora qué? ¿Se van a quedar a dormir todos los días? 
 
—Llegan pa’l atardecer, se quedan la noche y se van tempranito…
 
—Bueno, entonces sírveme la comida, pero poquito. 
 
—Mira Rafa, ayer en la mañana me subí, y desde el cerro, se ve pa’cá abajo, clarito, todo. 
 
—¿La casa?
 
—Toda, se ven todas, desde la de Marcial Meriño, en la calle del matadero, hasta la del difunto Petro Canoles. 
 
—Pobre mujer la de Petro… ni sabe quién le mató al marido. 
 
—Gente uniformada, ¿y quién más? La gente uniformada fue la que trajo la maldad… 
 
—Ofelia, tú no te pongas a repetir como loro que fue gente uniformada.
 
—Y es que acaso no los vimos cuando lo sacaron de su casa, lo arrastraron hasta el arroyo y ahí mismo sonó el disparo... 
 
—Pero esos no eran de los mismos que llegan ahora a cerro Limón, eran de otros…
 
—To’ eso es lo mismo, Rafa… uniformados.
 
—¿Y el Ejército? ¿También es malo? 
 
—Eso es peor mijo. Mira tú, en Corozo Seco fueron los que dejaron entrar a los otros, con los que ellos trabajan también, y que las au’densas… no sé bien cómo es que les dicen, y ahí sí que hubo una matazón grande; como diecisiete, si no estoy mal. 
 
—Y al cura también.
 
—Así es, llamarse Vinicio Montealegre, lo mataron porque y que le dio la hostia a uno de los muchachos del monte, esos y que del Ele…
 
—Estás hablado mucho Ofelia, y la gente escucha, mejor cállate.
 
—Ya hay mucho silencio en este pueblo desde que llegaron esos otros muchachos… demasiado. Vamos a dormir Rafael, así sea como las gallinas, así que termínate rápido ese ñame y ese café. 
 
—¿Llegaron entonces los uniformados? 
 
—Este silencio no puede ser de otra cosa, ya deben estar viendo pa’cá abajo. Hoy más, la luna está clara. Cierra la puerta de a’lante, ponle la tranca a la ventana, ponle un taburete a la puerta’el patio, y vente pa’ tu cama. 
 
—Carajo Ofe… espera…
 
—¿Qué vamos a esperar? No te vayas a asomar por la ventana, ni vayas a salir pa’l patio a ver si llegaron. Ya están ahí en el cerro. Se siente, se siente… 
 
—¿Y por qué hablas así? 
 
—Porque con este silencio se escucha todo… vente rápido pa’cá, y deja de estar dando vueltas. Si escuchan algo, son capaces de bajar.
 
—¿Carajo, y entonces no podemos ni hablar?
 
—Hablar sí, pero bajito. ¿Cerraste todo? ¿Pusiste las trancas? ¿Y ahora qué? ¿Qué tienes? 
 
—Se me olvidó orinar, Ofelia. 
 
—Y tienes muchas ganas…
 
—Apue, claro. 
 
—No vayas a salir. 
 
—¿Cómo? 
 
—Carajo, Rafa Cantillo, a tu edad ya deberías entender. Si sales al patio y escuchan el chorro… zas, te pegan tu tiro, no entiendes… Y ahí va la viuda de Rafa Cantillo… bonito pue’… 
 
—¿Y entonces? ¿Qué hago?
 
—Aguanta hasta mañana…
 
—¿Aguanta? Ombe Ofe, yo con esta vejiga vieja que tengo, no puedo aguantar.
 
—Vas a tener que aguantar. Los uniformados lo anunciaron en una carta que regaron por to’ el pueblo, no quieren ver a nadie en las calles después de seis, ni quieren escuchar ruidos, ni a los perros, no quieren escuchar ni risas… nada… ni la radio se puede prender…
 
—Carajo Ofe… ¿Y cuáles son esos uniformados?
 
—Los paras, los del ele, los efe, los del Ejército… los que sean. A nosotros no nos interesa saberlo… Yo no sé. Mira lo que les pasó a los de Corozo Seco, eso hace un año.
 
—Ofe, yo voy a salir, tengo que salir. 
 
—Mira Rafa Cantillo, coge esta totuma y orina ahí, y ya.
 
—¿Totuma?
 
—Orina ahí, te digo, y cuando llegue la mañana la sacamos.
 
—Pero es que una totuma no va a alcanzar.
 
—Pues llenas otra, y otra, pero no vas a salir.
 
—¿Y… cuando se acaben las totumas?
 
—Ay Rafa… de viejo es que se te ha dado por contrariarme. Toma esta grande, y no la vayas a botar aquí adentro, la pones en el rincón de la tinaja, y mañana, cuando aclare, las sacamos.
 
***
—Carajo Ofe…
 
—¿Ya? ¿Terminaste? 
 
—Estoy en esas… ahora no me sale nada. 
 
—No vayas a hacer ruido, pon la cosa pegá al totumo para que el chorro no haga tanta bulla y no vayas a pringá pa’fuera… dale suavecito para que… 
 
—Ofe, ¡ya!, deja de hablar, necesito que te calles… 
 
—‘Ta bien, ‘ta bien, no hablo más; te espero en la cama.
 
***
—¿Mmmjú? ¿Cómo te fue? 
 
—No pude Ofe, en la totuma no me sale. 
 
—Y entonces.
 
—Voy a salir… no voy a hacer nada malo… solo voy a orinar y ya… no voy a hacer ningún daño, así que me voy pa’l patio, como siempre…
 
—Tú crees Rafa, que esa gente de cerro Limón va a preguntar si vas a orinar o vas a arrancá yuca, no señor, ellos no distinguen, dijeron que nadie saliera, pues nadie sale, dijeron que no haya ruido… y ves… hasta la forma de hablar la hemos cambia’o.
 
—Mujer, es que ya no aguanto más.
 
—Intenta en un calabazo, Rafa, en una botella, en una olla, un caldero, en algún chócoro de la cocina, pero no vayas a salir. 
 
—No puedo mujer, apenas intento se me van las ganas, y no sale nada…
 
—Entonces ven, acuéstate y dentro de un rato intentas de nuevo… ¿bueno?
 
—‘Ta bien… me acuesto un rato. 
 
***
—¿Y ahora?
 
—Me voy a levantar, Ofelia.
 
—Coge una totuma grande… la más grande de todas.
 
—Totuma no voy a coger, yo voy a salir.
 
—¡Dios mío! ¿Qué es lo que quieres?
 
—Orinar… nada más que orinar…
 
—Por eso, coge la totuma y ya…
 
—¿Qué hora es?
 
—Baja la voz, son como las dos… busca el bangaño que tiene la boca ancha, usa ese. 
 
—¿Y tú…? ¿Cómo has hecho tú, mujer? 
 
—Ya yo hice. 
 
—¿Dónde?
 
—Por ahí…
 
—No me digas mentiras, Ofelia.
 
—Verdá, eh.
 
—¿Y dónde está…?
 
—Por ahí… 
 
—¿Saliste entonces?
 
—No. 
 
—Yo sí voy a salir, no aguanto más… espérame aquí. 
 
—Rafa, no salgas… tú no estás entendiendo, no recuerdas lo que le pasó a Atilano Barrios… 
 
—…
 
—Lo mismo que al hijo del maestro Félix Chiquillo… deja de hacer bulla con esas trancas y vente…
—…
 
—Carajo, se te metió la terquedad… mira que la noche está clara… 
 
—…
 
—¿Rafa? ¿Rafa?, pa’ónde cogiste, que no te veo… ¿Rafa? 
 
—…
 
—¿Rafa Cantillo…?
 
—…
 
—Carajo Rafa, y qué tanto te demoras, ven pa’cá… ¿Rafa?
 
***
 
En las noches, cuando Atilano Barrios hacía sonar el tambor, era como un llamado que se extendía por todas las lomas de Juan del Toro. Enseguida se armaba el grupo. Así llegaba también Eustiquia Amarís a improvisar sus versos, y a leliar sus canciones… lele, leii… lelei, leleleiii… El maestro Félix Chiquillo abandonó su gaita después que desaparecieron a su hijo en el camino que va a Corozo Seco. Esa gente uniformada nos ha ido dejando sin grupo. En las noches ya no se canta, ni se baila. Debo decirlo ahora, Rafa Cantillo tocaba las maracas. 

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