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Latitud 06 de Marzo de 2017

Los disfraces del escritor Ramón Illán Bacca

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Julio Olaciregui

La literatura como carnaval, en una entrevista al escritor costeño.

Las cabañuelas del reciente mes de enero coronaron las sienes plateadas del escritor Ramón Illán Bacca con 79 primaveras. Su proverbial buen humor aflora cuando habla de su vida y desgrana títulos de libros leídos, o personajes que ha conocido, desmintiendo que solo sea un ‘letrado’ que lleva una ‘vida sin épica’. Habla con orgullo de su condición de «lector constante» y de amante del cine.
 
Ha publicado más de una docena de libros, entre ellos el célebre Marihuana para Goering (1980), Señora Tentación (1994), Maracas en la ópera (1999), La mujer del defenestrado (2008),y Escribir en Barranquilla (2013), que aun cuando no lo han hecho «rico», lo han dado a conocer nacional y mundialmente. Su nombre figura en uno de los muros del Museo del Caribe, al lado de nuestros escritores más amados: Candelario Obeso, Gabriel García Márquez, Meira del Mar, el Tuerto López, Manuel Zapata Olivella, Marvel Moreno, Héctor Rojas Herazo, Roberto Burgos Cantor. La Universidad del Norte acaba de publicar en su colección Roble Amarillo, El arpa del paraíso, una selección de sus “Puntos de bizca”, su jugosa columna literaria bimensual en el suplemento Latitud de EL HERALDO.
 
Su novela Disfrázate como quieras ha sido reeditada por Collage, en su colección “Caribe Adentro”, al cuidado de Álvaro Suescún. Nos pareció un buen pretexto para ir a conversar con él en su casa, frente al Parque del Limoncito, en Barranquilla, donde vive rodeado de «pocos pero doctos libros» después de que vendiera a una entidad cultural su gran biblioteca, «más de dos mil y pico de libros», acuciado por la falta de dinero.
 
Estamos en pleno carnaval, y la lectura de ‘Disfrázate como quieras’, un libro tónico, divertido, despelucado, que se asoma “a la nebulosa sexual”, me parece muy propicia. He leído sabias críticas y reseñas en internet, entre ellas la del profesor Adalberto Bolaños, quien te compara con el argentino Ricardo Piglia. Aunque desde 2002, fecha de la primera edición, has escrito otras obras, esta me parece una buena entrada en materia para alguien que deseara internarse en tu universo.
 
Sí, en esta novela quise contarlo todo. Estaba impresionado por un caso en el que estaba involucrado un cura que había sido mi prefecto de disciplina. Mallarmé dice que el mundo existe para llegar a ser un libro. Yo sé que soy fácil para narrar, eso es lo que más me gusta. Y a mí desde niño me gusta que los libros y las personas me cuenten cosas. 
 
Cuando estaba en la universidad en Medellín y luego en Bogotá, escribía unas cartas a mi familia que ellos consideraban agradables, las disfrutaban, se las pasaban unos a otros. Eran cartas pidiendo plata. Aunque no tenían efecto, me llevaron a descubrir que mi prosa gustaba. El escritor que más ha influido en mí quizás sea Alexandre Dumas, por su habilidad para contar peripecias. Lo leí más que a Julio Verne y Salgari, aunque a este también lo disfruté mucho. En el Seminario de Santa Marta, donde estuve cuatro años, Dumas era un autor prohibido. Tú sabes que en Los tres mosqueteros hay ciertas cosas un poco eróticas, etcétera.
 
«Ahora bien, Nakonia está horrorizada por tres muertos en los carnavales, ¿es que no se ha dado cuenta de que nuestra ciudad entró en la modernidad? Ese es el precio del progreso, la inseguridad. Pero Barranquilla sigue siendo una ciudad chévere»—leo en tu novela. Cuando llegaste a Barranquilla por primera vez, ¿qué impresión te produjo esta gran fiesta? ¿Te disfrazabas?
 
¿Cómo vas a negar tú que en Santa Marta también hay carnavales? La Morita, un cine que se convertía en bailadero, y el Casablanca, eran sitios muy concurridos. Allá iban mis primos y los amigos de mis primos. Todas las señoras católicas y conservadoras los consideraban sitios de perdición. Nueve meses después se veían los resultados. Le tenían horror. En 1948 llegué a Barranquilla por primera vez, fue un momento muy decisivo en mi vida. En mi primera época me disfracé de romano, de tigre y como seis o siete carnavales de Santo, el Enmascarado de Plata, no he vuelto a ver esas máscaras. Ahora ya no me disfrazo, disfruto más viendo a los otros disfrazados. Cuando Marvel Moreno fue reina del Carnaval yo estaba estudiando en Medellín, pero me la encontré una vez, disfrazada de monocuco, y aunque no se quitó el antifaz, Inés Mendoza, su cuñada, me dijo: esa es Marvel. Me parece que ese carnaval le dio pie para escribir su cuento “La noche feliz de madame Yvone”, un personaje basado en una antropóloga amiga de Paul Rivet que cruzó el Pacífico y llegó a Colombia, donde luego se convirtió en quiromántica. Yo cuento en Deborah Kruel lo que pasó cuando ella vio la asombrosa virilidad de un morocho barranquillero, se puso las manos en la cabeza y exclamó “¡Ohhh, mon dieu!!!”
 
«Mientras recorrían las calles adormecidas de ese martes de carnaval, ‘La danza de la muerte’ se atravesó al vehículo, moviendo rítmicamente las guadañas cantaban: Estaba la calavera / sentada en su butaca, / vino la muerte y le dijo / ¿por qué estás tan flaca?...» Recurres al truco de la investigación sobre el asesinato de dos personas disfrazadas y el lector disfruta de lo que va descubriendo. También hay, me parece, una fuerte crítica del caos social, de la decadencia de la clase alta samaria, a la corrupción y la administración de la justicia…
 
Yo carnavalizo la crítica. En la Edad Media, acuérdate, el carnaval se aprovechaba para poder decir lo que normalmente no se decía. Se ponía el mundo al revés. En mi última novela, aún inédita –¿quién me la publicará?– me refiero a la matanza de los basuriegos, recuerdas, los mataban a trancazos para vender sus órganos a estudiantes de medicina. Hay mucha violencia en mis novelas, aun cuando no se nota. ¿De qué me disfrazo cuando escribo? Me disfrazo de escritor consagrado, escribo aquí, ahora, en mi humilde morada, pero en la época en que escribí Disfrázate como quieras no tenía computadora y entonces lo hacía en la Universidad del Norte. Antes de sentarme a escribir tomo todo tipo de notas, por supuesto, tengo libretas y libretas, escribo cosas o frases que me llamaron la atención, por ejemplo esta: ‘aprender a decepcionarse’, o esta otra: ‘Oh ninfa, hija de Peneo, espera’… o ‘que nuestro mundo sea nomás el círculo de nuestra sombra’. Cantidad de notas en estas libretas que supongo cuando muera irán a la Biblioteca Departamental, o lo más seguro, a la basura.
 
“El carnaval se volvía cada vez más cosmopolita…” Mencionas incluso al poeta ruso Evgueni Evtuchenko, quien estuvo en esos carnavales de Marta Ligia, la de la célebre canción “Era Marta la reina”. Hay todo ese ambiente de los años sesenta, época marcada  por el triunfo de la revolución cubana, los Kennedy, la crisis de los misiles en mayo del 62, Los Beatles, los ‘hippies’. ¿De cuál de los personajes de tu novela carnavalera te gustaría disfrazarte?
 
De Gunter Muller, el joven piloto alemán, por la posibilidad de vivir aventuras. Historias llenas de lances, de las que era pródiga su vida… por ejemplo, en el Shanghái de los años cuarenta, este personaje viajará de Berlín a un lugar ignoto en el otro extremo del mundo, llamado Barranquilla. Hay otro personaje que me interesa mucho, aunque no me disfrazaría de él, es un personaje trágico que se quema vivo. Me inspiré en historias de gente atormentada con problemas, como la impotencia, ese tema casi nunca se toca.
 
Desde ‘Marihuana para Goering’ La Guajira siempre aparece en tus novelas… pareces sentir una fascinación por esa indómita península donde estuviste dos años trabajando como juez, eras entonces “un joven rubio”... y atando cabos, pensando en la influencia de Buñuel en ‘Disfrázate como quieras’, has dicho por ahí que viste unas 700 películas mejicanas, entre ellas muchas de las que hizo Buñuel en México…
 
Hice una excursión, siendo joven, por la Alta Guajira. Estuve en la serranía de la Macuira, ese paisaje y sus gentes quedaron grabados en mí para siempre como algo prodigioso y tenaz. Prodigioso porque todo lo que veía me encantaba, y tenaz por la violencia que hay detrás. Estuve en Fonseca dos años de juez municipal, de 1963 a 1965… leí mucho, todo Proust, Shakespeare, Tolstoi, Dostoievski, a Huizinga. Conocí a la dueña del bar que me inspiró Marihuana para Goering, ella cita a Shakespeare sin saberlo… «porque este era verdaderamente todo un hombre», frase que dice Marco Antonio ante el cadáver de Brutus. Goering Bermúdez se parece a mí, pero no soy yo, a mí no me mataron.
 
Tu amor por los libros se refleja en tu escritura. Tu “fervor por la palabra escrita es una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”, como dice el narrador de ‘Cien años de soledad’ sobre Ramón Vinyes… quizás como Borges tú piensas que leer es más importante que escribir…
 
Sí, he sido un lector constante. En la época en que tenía problemas con la fe, leí a fondo a una serie de escritores católicos, Leon Bloy, Francois Mauriac, Bernanos, Graham Greene. Luego tuve mi período alemán, Thomas Mann, Hermann Broch. Fui lector de Joyce, me encantó el monólogo de Molly Bloom, ese último capítulo del Ulises. Retrato del artista adolescente y los cuentos de Dublineses, sobre todo “Los muertos”, ese cuento impresionantemente bueno. ¿Qué leo en estos días? Estoy con la novela de este joven Giuseppe Caputo… es simpático... a mí me gusta que me cuenten cosas, no me gustan los alaridos. Entre los escritores jóvenes barranquilleros me gustan John Better y Adriana Rosas. En Better prefiero el poeta al narrador. Mi amigo Omar Ortiz me pidió que citara a cinco poetas que me gustaran para su Antología múltiple, publicada en Tuluá. Cité “El edén de los edenes”, de Miguel Rasch Isla; un poema de John Jairo Junieles sobre Alejo Durán; el poema “Mambo”, de Jaime Manrique Ardila; el “Soneto a la rosa”, de Meira del Mar; “Lola Jattin”, de Raúl Gómez, y “Mi padre en ninguna parte”, de Joaquín Mattos Omar.  

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