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Latitud 10 de Septiembre de 2017

Los colores del jazz

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Sketch’ realizado por Greg Betza, perteneciente a la colección ‘Jazz at Lincoln Center’.

Gustavo Cogollo B.

El autor ahonda en la historia del género, las transformaciones que ha sufrido y cómo este es, a fin de cuentas, el triunfo del “espíritu del Caribe”.

El mito es nada y lo es todo,
El mismo sol que abre los cielos
Es un mito brillante y mudo
El cuerpo muerto de Dios vivo y desnudo
Este que aquí desembarcó fue por no haber existido
Sin existir no bastó, por no haber venido vino y nos creó
Así la leyenda se escurre para entrar a la realidad…

Fernando Pessoa (o uno de sus heterónimos).

Palabras del saxo tenor
Pharoah Sanders

«Acepta cualquier cosa. Acepta a los demás de la misma forma que te aceptas a ti. Si no estás tocando tú, estás tocando el solo de algún otro. Puedes dar o tomar. Puedes ser espiritual o cualquier otra cosa. La música es una llave para disciplinar a la gente. Puede curar a los enfermos. La música es algo espiritual. Forma parte de un mundo subterráneo. Toda creación es hecha por personas espirituales».

Nuestra música actual, la del Caribe insular y la continental, nació de la compenetración de nuestras danzas y bailes nativos o aborígenes, para más tarde nutrirse con las diferentes culturas y etnias. Estas eran traídas e implantadas desde los países africanos: bantú, yoruba, mandinga, ashanti, abisinios, congoleses y algunos otros que, como seres esclavizados, se unieron a la memoria musical del Caribe taino, guajiro, arawuak con sus diferentes tambores.

Estos instrumentos fueron construidos en su momento histórico en la América colonial de esas etnias desplazadas, para afianzar un poco la universalidad de la música y la cultura africana, que venía preñada por otros ritmos e instrumentos adquiridos en el nomadismo religioso y comercial de esos pueblos a través de su historia y del tiempo, con otros continentes que también hacían lo mismo.

Luego se afianzaría con los sonidos de los instrumentos y ritmos musicales de la Europa mestiza, por una parte dentro de su propia geografía, luego aquí en nuestras tierras, donde los mismos africanos –implantados en el Caribe– lo transformarían más tarde, estando en los estados del sur de Norteamérica, parte del Caribe/Golfo de México, en los Estados de Luisiana, el sur de la Florida, Georgia, Alabama y todo lo que es y está relacionado con la desembocadura del Mississippi, pero, ante todo, es a partir de los work songs, «cantos de trabajo», que se iban generando o produciendo mientras realizaban sus oficios, recogiendo las diferentes cosechas agrícolas, o arreando el ganado, los cantos de lo que hoy son llamados spirituals.

Eran cantos grupales, de trabajo, con invocación a sus dioses, o como cartas o recados que se enviaban de un sector a otro mientras trabajaban. Desde allí parten los spirituals y el blues, fuertes y profundas zapatas para el jazz; mientras por otra parte los africanos que se fueron quedando por necesidad u obligación en las islas del Caribe unieron con lo local y revitalizaron sus raíces con Olofí, Agayú, Yemayá, Changó, Elegguá, Ochosí, y desde allí se fueron andando para el son, calipso, zoca, guaguancó, guaracha, mambo, pachanga, chachachá y merengue. Hasta que al final, como todo, muchas cosas se hicieron por definidos intereses mercantiles, lo que fueron convirtiendo en un solo ‹enredalapita› de sonidos, llamado salsa. Pero de ahí, de ese ‹enredalapita› salió y quedó algo... algo que todavía sigue buscando, que está dando la vuelta, retornando en busca de los orígenes, de lo propio: el uróboros que se muerde la cola, llamado latin jazz. Los sonidos nuestros, de nuestras plurietnia, lo llamado multirracialidad. Algo que por allá, muchos intelectuales llaman sincretismo.

Nos debemos situar en la piel, en la mente de esos seres capturados, raptados, secuestrados, traídos de la noche a la mañana en contra de todo, desprendidos, arrastrando sus costumbres, su entorno social y su cultura; un espacio sociológico en toda su genética, cualquiera que ella haya sido su memoria colectiva, hasta otras tierras, otros aires y, lo más difícil, otro entorno etnosocial y geográfico para continuar siendo, hasta hoy, unos humillados.
Por lo tanto, la estética de la música nuestra y del blues/jazz, en sí mismo, para ser completamente entendida debe ser vista, lo más cercano posible desde su contexto sociocultural y, ante todo, desde lo humano.

Hay que observar que el blues es la madre y el verbo. Que es único y que se ha ido, y se va a ir dividiendo. Así, debemos concebir al blues como una fractalización de él mismo, que a la vez es una partenogénesis, que se va dividiendo en nuevos individuos, y estos en otros y en otros más; pero que en su ADN musical conlleva siempre el inicio, a la madre: los spirituals, el blues. El verdadero sentimiento, los cantos de un pueblo ‹contrahecho›, maltratado, que han salido y salen del alma.

En el fondo el jazz, reitero, es y será «una lucha de clases». Cuando nace como blues y se intenta desarrollar como jazz aparece la mayor ruptura hacia lo moderno por allá por los años 40 del siglo XX: el bebop. Síntoma o una reacción de los jóvenes músicos ‹negros› contra la esterilidad y la formalidad prefabricada del swing, ya que este fue una ‹respuesta de clase› a la música de los negros; mientras el swing –creado para detener los avances socioculturales de una etnia– en tanto buscaba un camino para integrarse formalmente a la corriente de la cultura mercantilista norteamericana; pero en el fondo de todo esto, el jazz es el triunfo del ‹espíritu del Caribe›. 

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