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Latitud 10 de Septiembre de 2017

Los cazadores de la guerrera perdida

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Escena del documental ‘Amazona’, de Clare Weiskopf.

Julio Lara Bejarano*

Una mirada que se abre frente al documental ‘Amazona’, en el que el abandono y las relaciones filiales se encuentran latentes durante el relato.

Llevado por el imán de Lynda Carter, quien ostentara el rótulo de ‹Mujer Maravilla› mucho antes que Gal Gadot, mi definición de una amazona se supedita al arquetipo quimérico, mezcla de historia y mitología de una guerrera en implacable lucha contra mis congéneres, representados en notoria minusvalía frente a sus adversarias. Algo así como un ajuste de cuentas legendario, equilibrando la balanza de una mujer debilitadamente estereotipada hasta el presente por mentes supervivientes del cretácico terciario.

De allí que el título de la ópera prima de Clare Weiskopf no me fuera indiferente, y mucho menos su aparición en el cartel, con el rostro de la madre (Valerie Meikle) en primer plano, mientras la hija, sentada en la popa de una canoa, ahonda el río Amazonas con una pala. Eso y las frases que promocionan el documental Amazona (2017): «Ella salió para encontrar respuestas. Ahora su hija desea unas cuantas».

El 57 Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias –Ficci– fue el primer chance para toparme con esta pieza en premier iberoamericana dentro de su sección Oficial Documental. Sin embargo, no fue hasta su llegada a Barranquilla, a la pantalla de la Cinemateca del Caribe, que pude testimoniar el merecido premio que el público le otorgó durante su proyección en la Heroica. Y lo hice con lágrimas de agua dulce humedeciendo la retina.

En su reflexión personal sobre el género documental, El detenimiento de la imagen movimiento, Santiago Herrera afirma que: «Documentar implica fijar un registro, aunar, clasificar imágenes, sin el afán de entender de inmediato su precisa dimensión. En el registro documental, en la filmación o grabación de las imágenes, se va por el universo de la historia como a recoger moritas silvestres por el monte, sin saber a ciencia cierta si recogeré suficientes y suficientemente dulces. Es preciso confiar en la intuición sensible: una sospecha sobre el valor de los detalles y quedarse mirándolos, aun más allá del no entender lo que quieren decirnos las imágenes que llaman nuestra atención».

Y resulta fácil comprobarlo con la mirada de Weiskopf, quien salió a buscar moritas donde abundan la papa, la oca, el olluco, el arroz y la yuca, a sabiendas de que sí habría suficientes pero no suficientemente dulces, pues con sus preguntas afloran, mano a mano, maternidad y abandono en la misma proporción. Porque, acostumbrado como estoy al paradigma materno de abnegación y fiereza en la protección, cual canal Animal Planet, cuesta reconocer que existan otras realidades, filosofías diversas que pongan a tambalear los cimientos de una moral absolutista enfrentada a la relatividad de la vida. Ideas donde amor y desapego conviven filialmente en la paradoja visual de este gran útero selvático, también llamado pulmón del mundo.

Clare coescribe con Nicolas Van Hemelryck, su esposo, una travesía que hilvana los puntos de su tejido vital, recordando aquello que el cineasta argentino Nicolás Prividera (M, 2007) manifestara en torno a la memoria como lo menos parecido a un museo que existe, «un territorio absolutamente vital, donde siempre hay corrientes enfrentadas, donde siempre hay discusiones». E inevitablemente, y por dóciles que puedan exponerse, estas emergen ante la cámara, mediando, eso sí, el amor permanente e indiscutible de la documentalista por su progenitora, pese a los efectos que su procurada y defendida libertad arrojan sobre la vida de ella y la de su hermano Diego, abocado a los extremos de la drogadicción y del «infierno en la tierra», tal cual él mismo define buena parte de su periplo desde los once años.

A propósito del tratamiento de este y otros temas, mucho menos álgidos, en la construcción narrativa, Diana Bustamente, directora del Ficci, menciona que «es fácil caer en la autocomplacencia cuando el director se atreve a hacer una película sobre sí mismo y las relaciones con sus padres, pero este retrato familiar, desarrollado en la jungla colombiana, no sufre de ello. Hay equilibrio en la diferencia de miradas, aunque se privilegia la voz de la hija». Lo cual, en efecto, es perceptible desde la primera persona vocal hasta su propia inclusión en la trama, en espera de Noa, a la postre primera hija humana en nacer, tras el documental como primera obra deseada y consensuada en pareja, pero también intangible como la voluntad, y libre como el insecto que en un fotograma al inicio desprende vuelo sin pedir permiso.

Amazona es retrato en movimiento. Es oportunidad para el diálogo entre distintos que comparten la misma sangre. Es un chance para reconocerse en el silencio ecosistémico del corazón humano, en especial el femenino, al que también han estereotipado como un océano de secretos. Pero este es un río de preguntas en busca de respuestas, sean o no tranquilizantes, porque la verdad fluye cual caudal agresivo, peligroso, amoroso y fecundador. Y puede tocar fondo, pero siempre sale a flote.

* Jefe de Prensa - Cinemateca del Caribe. Periodista, docente, formador de públicos.

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