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Latitud 19 de Marzo de 2017

Las astromelias de la gitana

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hometownpride714 / flickr

Andrés Flórez

Y salir feliz del motel acompañado por la gitana que me vuelve a conducir por las calles torcidas y empinadas y sin árboles, y sentir poco a poco el efecto de la escopolamina que me baila en el aire”.

Un cuento de Andrés Elías Flórez Brum
 
Tener el alma de esa manera. 
 
Y dormir solo en el hotel en cama doble sin prender el aire acondicionado ni el ventilador. 
 
Solo con la luz de la rendija de la ventana. Salir temprano, muy temprano de la habitación e irme por esa calle de Sincelejo, llena de suciedad y de ruido de motos y de carros alborotados. 
 
Encontrarme entonces por mera casualidad o por el oficio informal del vendedor, a ese señor en la esquina, vendiendo flores, y regatearle el precio y quedarme con un manojo de astromelias.
 
Avanzar luego por el andén cuidándome de no ser arrollado por un auto o por algo más peligroso, una moto… 
 
Bajar, bajar por la calle hasta el teatro y más allá doblar a la derecha y después a la izquierda y tocar con insistencia en esa puerta desteñida, en la puerta de la gitana. Entregarle el ramo de astromelias y decirle con el corazón en la mano, como un párvulo asustado: «señora, señora gitana, ayúdeme a conseguir el corazón de Alba Flor».
 
Dejar entonces las astromelias en la mesa de centro y extender al lado las cartas y tranquilizarme con «no te preocupes que el augurio es bueno».
 
Perderme en las calles de Sincelejo y volver al parque entre seres sin plaza y extraviarme en las sucias baldosas y en las bancas carcomidas y presentirme con la tarjeta de crédito en la mano, entrar al cajero y salir girando entre el gentío.
 
Ver a la gitana que me guía por el inmediato porvenir y me conduce, por un marchito arrabal, vía Corozal, en un taxi, a un motel.
 
Encontrarme en una habitación horrible, en una cama de cemento como un aljibe de verdines y manchas acuosas, de alambres que sobresalen por sobre el tendido y las almohadas, y ver la cara de Alba Flor como una doncella.
 
Evitar, por supuesto, tocar las cosas horribles de la habitación con cara de aljibe abandonado… La silla del trapecio y del columpio, de cuerdas de cuero donde se hace el amor sin respirar en un grito y jadeo continuo amarrado a las muñecas sin derecho a alcanzar el clímax.
 
Ver, en ese instante, a un Felipe sentado en una silla resaltar en los clasificados de un periódico la dirección de una casa.
 
Verme Alba Flor como un Felipe Montero decrépito y de súbito como un Felipe Montero de mozo imberbe, y verla a ella como una Aura que se transforma en la vieja Consuelo y al instante ver a Aura con su cara de princesa virgen, tierna y suave con la expresión de niña mujer que me suspende en la agilidad de sus caderas hasta el techo y vuelvo a descender a sus brazos de algodón que me reciben en sus pechos de luna y peluche en un pezón de gelatina de azúcar…
 
Y salir feliz del motel acompañado por la gitana que me vuelve a conducir por las calles torcidas y empinadas y sin árboles, y sentir poco a poco el efecto de la escopolamina que me baila en el aire.
 
Aparecer luego en el centro de Sincelejo, en un estadero donde comparto con Alba Flor una picada mixta. Una mixta picada con la gitana como pago en parte por los oficios prestados, por entregarme en bandeja el alma de Alba Flor, en ese lejano y exótico motel.
 
Rehusar sin medida la invitación de Luis Del Pozo, quien desde la línea telefónica de su móvil me dice, «Ángel, te tengo en la mesa dos cervezas frías para opinar y hablar de Continuidad en los parques, te mando un taxi, tenemos a flor de labio la palabra y compartiremos nuestro tema de estudio con Isidro en este bar de buena vida y de barra de madera de pino. Ángel, disfrutaremos la cerveza que tengo en la mano…».
 
Y ya al despertar delante de la gitana que me pisa con fuerza la punta de mi zapato cuando ve que columbro lujurioso los senos de Alba Flor por encima de la blusa fucsia y sus pechos debajo del sostén… La gitana me recrimina con la mirada, convencido de que estuve en el motel con Alba Flor, doncella que me suspende en vilo de esa cama incómoda llena de alambres de púa, rodeada de ladrillos y decirle a Luis Del Pozo, «te agradezco la invitación pero comparto con el amor una picada mixta aquí en este estadero en el centro de Sincelejo, al lado de la cafetería principal, en la terraza, al aire libre», al frente de la gitana que mira con asombro las líneas de mi mano y lee en ella la presencia de mis protectoras tías que no me quieren abandonar a la suerte de la embaucadora gitana…
 
Pues las tías al presentir en la distancia —en condición de madres adoptivas— que me han dejado sin un níquel y sin plástico en los bolsillos y sin el tenue olor de las flores, en aquel trasnocho y aquella ebriedad, por el efecto de la sustancia, con las manos en la cabeza, ponen el grito en el cielo: «pobre muchacho sin nosotras en manos de tantos rateros en ese Sincelejo. Esos ladrones deben estar al servicio de la hechicera. 
 
No lo dudes, Abigaíl. Dios te guarde, Ángel mío».
 
Y encontrarme por la noche después de rehusar la invitación, acostado solo en la habitación del hotel, sin camisa y con zapatos y sudando por el efecto del alcaloide y la falta de aire. Sin percibir si mi mano se agarra y se sostiene en el larguero de la cama.
 
Sintiendo como un acoso y una agresión la risa de la gitana al extender las cartas sobre la mesa de superficie de vidrio al lado del ramo de astromelias. 
 
Andrés Elías Flórez Brum: escritor colombiano nacido en Sahagún, Córdoba. Sus obras abarcan todos los géneros: cuento, novela y poesía. Ganador de premios nacionales e internacionales, sus cuentos han sido incluidos en varias antologías hispanoamericanas.

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