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Latitud 19 de Marzo de 2017

La Trinidad del Carnaval

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Redacción

El tiempo vuela. Llegas al puente. Final del recorrido. Todavía tienes energía. Muchas ganas de seguir bailando. “¡Vamos hasta Ciénaga!”, gritas.

«Estamos cansados del arte que se hace hoy y que se ha hecho en toda la historia. Y esto hay que decirlo con letras, creo yo, porque Obregón ha estado siempre diciéndolo a gritos, a tremendos o románticos tramojazos de color, y ahora a rugosos volúmenes de bronce que no saben si volar solos o volver a la plana quietud de los lienzos, las paredes, los cartones, o las maderas.
 
Y nadie parece haberlo oído».
 
Álvaro Cepeda Samudio, escritor y cineasta.
 
(Ciénaga, 1926 - Nueva York, 1972)
 
I. La Noche del Río
 
El Carnaval empieza desde mucho antes de nacer. 
 
El río del tiempo nos trae un día a esta bendita barranca para que celebremos la vida. Las Musas nos guían, nos consienten, nos enseñan a caminar, a cantar y luego a bailar. Solo entonces estamos listos para vivir.
 
Y a eso vamos a la Noche del Río, el real comienzo de la Fiesta. Donde todos nos reconocemos hechos de agua, eternidad y música. Donde los bailes cantaos tejen el bullerengue y el porro se hace leyenda. Es el jueves por la noche cuando nos sabemos hijos de África, La Madre de la Humanidad.
 
En la gran Plaza del Caribe somos Tiempo que danza. Somos Canto que se eleva a las estrellas. Somos Abrazo. Somos Risa. Somos llanto de Belleza pura. Gracias a la Música Ancestral los cuerpos se atraen, se seducen, se hacen uno. Responden al llamado de la Sangre. La Noche nos transforma.
 
Al día siguiente, frente a la Catedral de La Paz, giras y giras alrededor de la Cumbia. Siempre en sentido contrario al reloj, engañoso invento que todo lo trastoca. La Cumbia vuelve a ponerlo todo en Orden, en medio del aparente desorden.
 
II. La Batalla de Flores
 
Te despiertas temprano. Agradeces, con los gallos, la llegada del Sábado. En especial de este Día en el que Las Flores no solo atraen a las abejas. Te bañas con una sonrisa en el Alma. ¡Llegó El Carnaval!. La luz es amarilla. Te pones la Corona, el velo, el manto, el laurel y sales al encuentro de tu Pueblo. El que te da sentido. El que te inspira. El que merece Lo Mejor. Comprendes que en el Caribe solo se reina bailando. Llegas al Parque al mediodía, a cumplir la cita. Eres el primero en llegar. Recuerdas que no has almorzado. Te sientas en la tienda de la esquina, pides una cerveza y un plato de humeante sancocho. Comienzan a llegar tus compañeros de Comparsa. Te abrazas con los conocidos, saludas a los desconocidos, brindan.
 
Llega el bus. Abre sus puertas justo ante ti. En primera fila está sentada La Dama, vestida de Cumbiambera. Te invita a subir. Besas su mano. Te sientas a su lado. El bus se llena. El corazón te late más rápido. Se aproxima, poco a poco, el momento. Conversas con La Dama, te abstraes del entorno. El bus se detiene. Has llegado a tu Destino. A esa hora la Víacuarenta es un río de colores, texturas, sonidos, olores y sabores. Bajas del bus como del Apolo XI. Sabes que estás pisando algo que antes jamás. Miras las nubes, las palmeras. Cierras los ojos un instante. Abres los brazos. Sientes la brisa del Magdalena que te acaricia como a un hijo. Agradeces.
 
Caminas con la Dama. Abrazas. Sonríes. Saludas. Coqueteas. Baco te brinda un trago. Buscas, en grupo, el lugar que le han asignado a tu Comparsa. Llegas. Te sientas en el bordillo. Le brindas una cerveza a la Dama. Haces fotos. Bailas. Sientes que está llegando el momento. Y ocurre ante tus ojos.
 
Se aproxima una poderosa catarata. Trae ritmo de Fandango. Al llegar a ti se convierte en Tsunami. Sin darte cuenta cómo, La Ola te lleva. Y ahí vas, grano de color naranja, en mitad del Océano. Entregado a la Música que Los Dioses, Padre y Madre, han dispuesto desde Lo Eterno. Ellos contemplan, por encima de tus Antepasados, el Majestuoso Espectáculo. Ya no eres un Hombre. Ya no eres una Mujer. Ahora eres Pueblo. Eres Música. Eres Huracán. Eres Estruendo. Eres Rayo. Eres lo que siempre has soñado. Lo que siempre has deseado. Eres lo que Eres.
 
Vas de abrazo en abrazo. De beso en beso. De saludo en saludo. Bendiciendo a tu Familia. Siendo bendecido por Ella. Alguien grita tu nombre. Mandas un beso con la mano. Subes el pulgar. Haces una venia. Saludas Lo Real en cada cual. La corriente te lleva, bailando, comprendes que la ausencia de voluntad es Sublime. No hay marcha atrás. Ahora eres Carnaval. Y nunca más dejarás de serlo. Vuelves a mirar las nubes. Cierras de nuevo los ojos. Un par de lágrimas embellecen tu rostro. El silencio las acoge. La trompeta de Fandango Viejo te devuelve al aquí y ahora. Abres los brazos. Sueltas la carcajada. Te empujas otro trago. Aceleras para no quedarte rezagado. Prendes la cámara. Filmas.
 
Te encantas con las caras de la gente de las tribunas, los gestos de la gente de bordillo, las miradas de la gente de pretil. Te dicen cosas hermosas. Te maman gallo. Te critican. Te agarran. Te insultan. Te tocan. Te estrujan. Te preguntan. Todo hace parte de la Fiesta. No hay tiempo para otra cosa distinta que para eso que llaman Felicidad. Sientes la arrechera colectiva. Y sabes que ese día Barranquilla es un orgasmo colectivo. Algo te dice que esa misma noche encontrarás La Musa.
 
El tiempo vuela. Llegas al puente. Final del recorrido. Todavía tienes energía. Muchas ganas de seguir bailando. “¡Vamos hasta Ciénaga!”, gritas. A tu alrededor la gente se caga de la risa. Has perdido la cédula. Y te importa un carajo.
 
III. El entierro de Joselito
 
Ahora eres un héroe. Has sobrevivido a días y noches de Cumbia, licores, Porro, amores, Bullerengue, sancochos, Gaita y Millo. Has visto la salida del Sol tras cinco jornadas de Víacuarenta, Carnavalada y Troja. Ya es martes. La luz es grisácea. Hora de descansar. Nadie es Parranda Eterna.
 
Pero antes vas a despedir a Joselito. Te encuentras con La Musa y su amiga, que han llegado del otro lado del Océano. Los tres han visto, juntos, la luz azul del domingo y en plena calle. Han bailado de lo lindo. Han hablado de lo Humano y lo Divino. Y juntos asisten a este desfile que convierte a la viudez en un estado de bacile y celebración. Las Mujeres de Joselito lloran y se sampan un trago mientras guapirrean. «¡La Vida es dura!», dice una mientras le agarra el miembro al difunto. «La muerte, más», responde él, muerto de la risa.
 
La changonga, la mamadera de gallo, la bacanería están en su máxima expresión. «Solo quien ha aguantado hasta este día es digno de enterrarlo», dice una joven socióloga con picardía. Te topas con la Mamá de La Dama, besas su mano, le tomas una foto. Y tienes una revelación. La muerte es un Carnaval de llanto y risa. El otro lado del río de la vida. Y pasará un larguísimo año para que ocurra la Resurrección. Para volver a este lado. Así Sea. 
 
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