EL HERALDO
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Latitud 22 de Octubre de 2017

La Galería del Libro: un homenaje a Barranquilla

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Panorámica de Barranquilla.

Pedro Carlos Lemus

Una reflexión sobre la primera feria del libro de la ciudad que se realizará del 25 al 29 de octubre, y busca ubicar a la capital del Atlántico en el epicentro de la agenda literaria, artística y cultural de la Región Caribe.

Es muy conocida y está ampliamente documentada la historia de la movida artística, y especialmente literaria, que tuvo lugar en Barranquilla a mediados del siglo XX que se hizo célebre como el Grupo de Barranquilla. En su Vivir para contarla, García Márquez cuenta que se formó de un «modo espontáneo, casi por la fuerza de gravedad», y dice de sus integrantes que tenían «una determinación creativa que se abría paso a codazos». «Así era Barranquilla», sigue García Márquez, «una ciudad que no se parecía a ninguna, sobre todo de diciembre a marzo, cuando los alisios del norte compensaban los días infernales con unos ventarrones nocturnos que se arremolinaban en los patios de las casas y se llevaban a las gallinas por los aires». En ese contraste que señala entre el día y la noche –ese cambio frenético del tiempo, la tendencia al movimiento y para la muestra está el vaivén del mar– me parece ver que hubo algo en la ciudad –ciudad única, lo ha dicho el Nobel– que permitió que se gestara ese grupo de escritores que desde la periferia enriqueció el panorama conservador de las letras nacionales.

La Barranquilla de esa misma época fue escenario para Marvel Moreno, quien fuera entonces una joven privilegiada del tradicional barrio El Prado, cuando se interesó en la literatura de Virgina Woolf, William Faulkner y James Joyce, y forjó amistad con algunos del ya mencionado Grupo de Barranquilla, como Alejandro Obregón y Álvaro Cepeda Samudio. Moreno decidió abandonar Barranquilla y vivir y morir en París, que entonces seguía siendo lugar de encuentro de intelectuales latinoamericanos. No volvió nunca a la ciudad y dejó una obra que con inteligencia y gracia retrataba y criticaba la clase social a la que ella había pertenecido, a la vez que denunciaba el rol que se asignaba a las mujeres en la sociedad barranquillera. Las ganas de irse no impidieron –y más bien propiciaron– que en sus letras se estampara la Barranquilla que había conocido. La ciudad le había dado y le había negado, y, entretanto, le permitió su fascinante obra, que quizás aún no recibe el reconocimiento que merece en el canon de la literatura colombiana.

He mencionado brevemente cómo en el siglo pasado Barranquilla fue el lugar de estos jóvenes inquietos que, con la intensidad, la curiosidad y el desenfreno que constituyen la juventud auténtica, definieron y siguen influyendo la literatura colombiana, porque ese paisaje sigue siendo uno de los referentes al pensar en la ciudad. «Barranquilla es una ciudad fundamental para pensar la historia intelectual de Colombia. Escritores como Álvaro Cepeda Samudio o Marvel Moreno lograron introducir lenguajes de vanguardia a obras sobre nuestra realidad y sacudir las formas convencionales con las que se concebía la literatura en el interior del país», cuenta Gloria Susana Esquivel. Por otro lado, el barranquillero Paul Brito recuerda que «por la Arenosa fue que entraron por primera vez los libros de Borges y Faulkner». Es por eso que, al pensar en la Galería del libro –el evento en la Galería de la Plaza de la Paz que del 25 al 29 de octubre reunirá a más de treinta escritores en charlas y conferencias, y en el que varias editoriales venderán libros– me he remitido, antes, a esa Barranquilla fecunda y cautivadora.

Es coherente que la programación de la Galería del Libro abra con un conversatorio en homenaje a la obra de Marvel Moreno, y resulta necesario, además, incluir, entre las actividades, asuntos locales –que no lo son, pues el arte y la literatura tienen la capacidad de ser de un lugar y de todos, es decir, su localidad es el mundo entero–: un conversatorio sobre las revistas culturales en Barranquilla a propósito de los cien años de la revista Voces, una reflexión sobre los escritores costeños después del Nobel, una charla de Ramón Illán Bacca sobre la relación del poder y la literatura en la ciudad, y hasta una celebración de La Troja, entre varios temas más. Es importante que Barranquilla se vea a sí misma, vea su historia –lo que ha sido y lo que es– para que se reconozca y, en ese gesto, tal vez, pueda encontrar el impulso necesario para recuperar la curiosidad inquieta de quienes la han habitado y narrado antes.

Surge, a la vez, la necesidad de que la ciudad observe con atención lo que han hecho otros afuera, de tal manera que, al tiempo que se vuelve sobre sí misma, se despliegue y contenga a los demás. Por eso, la lista de autores que visitan esta vez la ciudad es variada y los temas de la programación van desde la escritura misma –de qué formas puede narrarse la violencia o qué es la literatura femenina, por ejemplo– hasta historias sobre otros territorios de la mano de autores como el bogotano Evelio Rosero, el antioqueño Gilmer Mesa o la caleña Pilar Quintana, por mencionar solo algunos. «Barranquilla es una ciudad para volver a nacer, como dijo el Joe: ‹tu nombre pa’ mí significa / la esperanza de la vida», recuerda Aleyda Rodríguez. Gilmer Mesa, en la misma línea, escribe que quiere venir «porque Barranquilla hizo quedar al Joe y lo acogió, entonces también es mi casa». Barranquilla, en efecto, acogerá durante el evento las diversas voces de los autores que hacen parte de la programación.

Con esta visita, también se recuerda y se reclama la posibilidad de que Barranquilla sea un centro de la cultura, pues el resto del país llegará a ella y no al revés, como suele suceder. Se da cuenta, también, de que la historia de los demás es también la historia propia: de que el mundo es amplio y lo que ocurre en otros lugares define y nutre nuestra visión. Para recordárnoslo está cerca el mar, que es entrada y salida, o, como lo escribe el barranquillero Giuseppe Caputo, el mar, que siempre deja algo y siempre se lleva algo.

En un artículo titulado «Barranquilla y su historia» de Álvaro Cepeda Samudio se lee: «Barranquilla es una ciudad sin leyendas ni blasones, y parece que hasta ahora no le han hecho mucha falta. (…) No fue teatro de caballerescas aventuras ni su viento cálido fatigó la infancia de ningún prócer». Más adelante continúa: «Y entonces ¿cómo explicar su fundación? Porque ni eso tenemos, ni una leyenda de sonora fundación que nos distinga de las existencias casuales (…). Así que hay que buscarle leyenda a Barranquilla». Quiero entender que la fundación que buscábamos nos llegó a mediados del siglo pasado, con el mismo Cepeda Samudio a la cabeza, y el homenaje –el agradecimiento– sería lograr que Barranquilla una vez más fuese y siguiese siendo ese espacio fértil de la cultura. Cuando le pregunté a Carolina Sanín por qué quería venir a Barranquilla, me respondió: «Quiero ir a Barranquilla para estar allá un rato y porque solo la conozco por mensajeros». Su respuesta me hizo pensar, como antes me habían hecho pensar todas sus palabras en los salones de clase de la universidad, y me pareció entender que si habían llegado mensajeros era porque la ciudad, a través de los que de ella salían, debía comunicar algo. Esta vez, me complace decirlo, los autores y lectores, barranquilleros o no, vienen a ella: a observar, a leer y a escuchar lo que tiene por decir. 

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