David Lara Ramos

Por: David Lara Ramos

La cobra que no asusta a los cartageneros

Sábado, Noviembre 9, 2013 - 19:09
Por:
David Lara Ramos
Para contrarrestar la presencia de animales vivos y para llamar la atención, Maritza Zúñiga concibió el disfraz de cobra.

A los seis años, Maritza Zúniga recuerda haber visto a la primera persona disfrazada. Era su padre, quien vestido como elegante caballero, en el carnaval de Villanueva, Bolívar, recorría las calles  mientras  la gente se reía a su paso. Así, Maritza se hizo a la idea que un disfraz era solo para divertir.

Luego, Santiago Zúñiga, su padre, la llevó a ver el Bando de la Independencia, durante las fiestas de la capital del departamento, Cartagena. Al observar aquel recorrido, Maritza tuvo una decepción que rememora como un hecho traumático: “Veía que los disfraces pasaban y no me hacían reír. Había hombres con machetes, usaban pieles de animales, pero lo que más me impresionó fue aquellos que llevaban perezosos, iguanas y culebras vivas que lanzaban a la gente para asustarla, eso me quedó para siempre en la cabeza”.

Por eso cuando Maritza comenzó a imaginarse un nuevo disfraz para las fiestas de Cartagena tuvo dos claros propósitos: que fuera algo que cautivara a la gente, y que respetara la flora y la fauna de la región.

Al culminar su bachillerato, Maritza quiere entrar a la Escuela de Bellas Artes, pero su mamá se opone, quizá por el duro momento que pasaban. “Mi papá había muerto, y mi mamá asumió el trabajo que venía haciendo mi papá como celador del colegio Comfenalco, ella no quería que yo fuera artista, que eso no daba plata. Me pedía que estudiara Derecho… yo no le hice caso, y a escondidas me matriculé en la Escuela de Artes”.

Allí se encuentra con grandes maestros de la plástica del Caribe que acudían a la escuela a dar talleres a los jóvenes artistas. Son ellos Alejandro Obregón y Enrique Grau. “Maestros insuperables —dice Maritza—. Obregón me enseñó a trabajar el color, a identificar las formas que teníamos en el Caribe, a mirar cómo la luz cambia las texturas y los rostros de la gente”.

Del maestro Grau aprendió las técnicas del dibujo a lápiz y a darle realce a las formas, pero sobre todo la paciencia para concebir una obra llena de esplendor. “Era perfeccionista, me decía: ‘la obra está bien, pero trabájale más, ensaya otra pincelada, experimenta con nuevos colores, no te des por vencida, que al final la obra maestra aparece’, y así sucedía”.

El maestro Enrique Grau era también un aficionado al disfraz y al carnaval. Se sabe que disfrazaba a damas de la élite cartagenera y se las llevaba al Carnaval de Barranquilla y las ubicaba en las carrozas que recorrían la Avenida 20 de Julio, durante el sábado de Carnaval.

En Bellas Artes, Maritza también encontró a un maestro que le recordó que un disfraz era divertirse uno y a la gente. Fue el profesor Alberto Llerena, quien en las clases de teatro explicaba que en un disfraz están presentes todas las bellas artes, y que es el cuerpo la herramienta que da vida a la nueva obra.

A finales de 1999, Maritza inicia su maestría en Pedagogía de las Artes, en el Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño, Iplac, en Cuba. Investiga sobre las formas del disfraz en Cartagena y pueblos vecinos desde los años  50 hasta los 80. Luego de culminar esos estudios, hace una reflexión que la lleva a decidirse por el disfraz como forma de expresar sus sentimientos: “Yo quería crear una obra en la que también estuviera yo, lo hago a través de mi cuerpo. Es cuando me digo, voy a mezclar todo lo que he aprendido, danza, teatro, artes plásticas y música, y la respuesta fue construirme un disfraz que tenga su propia alma, disfrazarse es sentir que eres otro, y es una sensación que tenía cuando pintaba”.

Desde 1986, Maritza se ha disfrazado de tigresa, esclava, de muñeca cabezona, de caballito de mar y campesina, hasta llegar al disfraz de cobra, con el que siempre se ha hecho presente en las fiestas de Cartagena y en el Carnaval de Barranquilla, donde en 2012 ganó el Congo de Oro al mejor disfraz individual.

Ese proceso creativo, Maritza lo resume con una emoción que contagia: “Decido que el disfraz sea de cobra cuando comienzo a estudiar otras culturas, y encuentro que en Asia y África hay una variedad de cobras. Como nuestro origen es africano, eso me da una primera y buena señal. Voy a la cultura egipcia y allí veo que la cobra es considerada la señora del cielo, luego hallo que es la única que puede erguirse cuando está alerta, y suelta la capucha, que para la cultura egipcia es tan importante, que es la forma del faraón. Me atrapa su color, hay cobras de varios tonos, grises, verdes, rojos, cafés y naranja. Posee una sensualidad femenina y me digo, yo tengo la elegancia de la cobra, el amor por los colores, su sensibilidad, y el movimiento lleno de curvas como las mujeres del Caribe, con esas características no tengo una sola duda y comienzo a trazar mi diseño”.

Luego de seguir explorando en técnicas de maquillaje, y realizar talleres con expertos en máscaras como Abraham Berdugo, artesano de Galapa, Atlántico, el disfraz de cobra verde aparece en las Fiestas de Independencia de 2007. La aceptación se revelaba de muchas maneras, según cuenta Maritza: “Óyeme, cobra linda, ven, pícame donde tú quieras, me decían los hombre; las mujeres querían tomarse fotos conmigo, y los niños me abrazaban, que era lo que yo más quería, un disfraz con el que se pudiera jugar y divertir”. En 2008 pasó de cobra verde a cobra anaranjada y en 2009 fui fucsia, color que tuvo gran aceptación entre los seguidores del disfraz.

La casa de Maritza en el barrio El Country se convirtió en un taller creativo en el que participan todos los vecinos. Madres de familia retocan y pintan los tocados, mientras los pequeños rellenan de escarcha los nuevos zapatos del disfraz. Un enorme mesón atraviesa todo el espacio de la sala y el comedor, repleto de cabezas de cobra en icopor, papel maché, tarros de pintura acrílica, goma y pinceles de todos los tamaños. Atrás, en el patio, Maritza retoca los disfraces a mano, un trabajo exigente que realiza con paciente creatividad. “El disfraz es una licra verde, que luego dibujo con aerógrafo, dándoles sombras y diversas tonalidades de verde. Con la misma técnica, realiza cada escama, al igual que el pecho de colores en tonos rojos, negros, verdes y anaranjados. Luego, cada escama es recamada en piedras y escarchas para darle un toque de fantasía y vivacidad”.

Hacer reír al público es el fin de los comparseros, encabezados por su creadora Maritza Zúñiga, Congo de Oro, categoría disfraz individual, en el Carnaval de Barranquilla 2012.

Este año (2013), los colores de la cobra se multiplicaron. Maritza presentó, el pasado jueves, durante el desfile que abre las fiestas de Cartagena, una comparsa con 25 cobras entre los 2 y 20 años de edad. “Mi esposo se disfrazó de cobra negra, y mis tres hijas de cobras verdes, al igual que las hijas de un grupo de vecinos y amigos. Además, por primera vez desfilaron cobras machos, vestidos de azul intenso, lo que garantiza la permanencia de la especie en la fiesta”, dice Maritza con picardía y satisfacción.

Aquello que nació como un disfraz individual es hoy una danza que baila a ritmo de tambores, gaitas y clarinetes que imitan los sonidos del nagaswaram, o del pungi, instrumentos de viento que usan los encantadores de serpientes en la India. “Vamos danzando sensualmente, moviendo nuestros cuerpos, y con nuestro báculo, llamamos a la gente como si se tratara de un embrujo, es una coreografía moderna que ensayamos desde el mes de junio”.  

Maritza es ejemplo de un ser que hace y construye la cultura sin importar las ayudas o incentivos que este año entregó el Distrito para motivar a que la gente se disfrazara en la fiesta. Para el caso de la cobra, el llamado incentivo, produjo el efecto contrario, por el monto entregado.

Según expresa Maritza, cada disfraz individual recibe entre 200 y 250 mil pesos,  pero hacer una cobra puede costar entre uno y tres millones de pesos, sin embargo, la respuesta de Maritza es la esperada: “Así no me den plata yo me disfrazo, porque esto es un sentir que viene desde niña. Antes en esta fiesta la gente se echaba algún trapo encima, se rompía la ropa o se pintaba el pelo y ya creían que eso era un disfraz. Un disfraz es una obra de arte, por eso quiero que las fiestas de Cartagena se llenen de baile, danza y alegría, pero sobre todo de muchas cobras, hembras y machos, para que la fiesta se llene de más colores”.

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