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Latitud 08 de Octubre de 2017

Kazuo Ishiguro y su inquietud por la memoria

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El escritor británico de 62 años, ganador del Premio Nobel de Literatura.

John William Archbold

Un análisis de la amplia obra del autor de ‘Lo que queda del día’, el escritor británico de origen japonés que fue merecedor del galardón más importante de su gremio: el Premio Nobel de Literatura.

No hay que dejarse confundir por su nombre, tampoco por el rasgado de sus ojos, aunque a primera vista pudiéramos pensar que el país del sol naciente ha obtenido su tercer Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro es tan británico como la hora del té. Su obra literaria está más cercana a la fantasía de Tolkien o Huxley que al misticismo que mostraron Kawabata o Mishima. A pesar de que algunos críticos encuentran en el estilo de Ishiguro características propias de la literatura japonesa como la inclusión limitada de personajes y un argumento invariable y constante, su obra realmente dista mucho de las preocupaciones y caracterizaciones de la narrativa oriental.

Las guerras mundiales son un motivo recurrente en sus obras, pero desde un contexto y perspectiva occidental. Si bien Japón emergió en algunos de sus primeros escritos, no es un motivo central en sus creaciones recientes.

A decir verdad, a la hora de rastrear influencias, las raíces de este autor no son fáciles de determinar. A lo largo de su carrera se ha esforzado por eludir los paradigmas, incluso aquellos creados por sí mismo. Aunque su tercera novela, Lo que queda del día (1989), una historia llena de expectativa y nostalgia, significó su primer éxito, sus siguientes trabajos huyeron de la atmósfera victoriana que persistía durante los años veinte, hasta llegar a pretensiones más psicológicas con Los inconsolables (1995), e incluso coqueteó con el género policiaco en la angustiante Cuando fuimos huérfanos (2000).

Como podemos notar, Ishiguro no es un autor tan prolífico como otros de sus antecesores, a diferencia de varios de sus colegas, la publicación de sus obras guarda un espacio de tiempo importante con respecto a la anterior, que en el caso de las dos últimas alcanzó una década. Precisamente el tiempo y sus compromisos han sido una preocupación fundamental en sus últimas novelas, lo cual también se ve reflejado en los marcos temporales que las han definido. Mientras nunca me abandones (2005) es una historia de ciencia ficción que transcurre a mediados de la década del cuarenta; El gigante enterrado (2015) tiene lugar en un entorno medieval, que a diferencia de la anterior, se vale de los horrores que transcurrieron en esa misma época, llena de invasiones, cruzadas y guerras que dejaban a su paso una estela de desolación.

Aunque todas las novelas del nuevo Nobel están traducidas al español, solo El gigante enterrado está disponible en las librerías de Barranquilla. Una historia narrada desde una perspectiva contemporánea, pero que transcurre en la Edad Media. Vale aclarar que no se trata de un medioevo histórico, sino de uno fantástico, en las inmediaciones de la legendaria fortaleza de Camelot. En esta novela Ishiguro nuevamente juega con la posibilidad de categorizar su trabajo, ya que al valerse de referencias ficcionales es difícil considerarla como novela histórica, pero también parece desafiar ese género fantástico que toma como punto de partida. Aunque trata de prolongar la Inglaterra en la que el Rey Arturo llevó a cabo sus hazañas, la trama tiene la intención de cuestionar su gloria, e incluso criticar sus tácticas y la de quienes lo admiraron. Como en Games of Thrones, aparecen seres fantásticos como ogros y dragones, pero estos no son herramientas accesibles a los afanes humanos, sino referentes que advierten una vez más la vulnerabilidad del hombre ante la naturaleza.

Sin embargo, la principal inquietud del autor en esta novela gira en torno a la memoria, como nos dejan ver sus protagonistas, Axl y Beatrice, una pareja de ancianos que viven en medio de la desolación, observando cómo esta es capaz de contaminar su capacidad de recordar. En un último intento de recuperar sus recuerdos van en busca de uno de sus hijos, quien hace mucho tiempo partió de su lado, y allí se encuentran con un envejecido Sir Gawain, el último caballero de la Mesa redonda. Estas tres figuras, que en medio de su decadencia física se ven desprovistos también de su capacidad de recordar, se ven obligados a retar sus propias limitaciones en más de un sentido, tratando de hacerse un espacio en un mundo que se opone a su travesía, que se esfuerza por reafirmarles la fragilidad de la vida y el carácter definitivo y de la muerte. Pese a ello, la memoria persiste como una necesidad.   

Aunque sus intenciones son bastante alternativas, con la elección de este contexto Ishiguro resalta la importancia que la literatura de ficción ha tenido en la consolidación de la cultura inglesa, la intervención de la misma en el devenir histórico de una nación. La figura de Arturo perdura como el arquetipo ideal de monarca, y sus propósitos expansionistas como un destino manifiesto; pero al cuestionar uno de los fundamentos del folclore británico,

Ishiguro se conecta con uno de los planteamientos latentes a lo largo de su obra en torno al papel del arte. En Los inconsolables narra la vida de Ryder, un famoso pianista que llega a una provincia de Europa central para toparse con un sinfín de incógnitas en torno a su música, la vida de quienes allí se encuentran y de la suya propia. Sus dilemas y todo lo que los precede pone en cuestión la autenticidad e intencionalidades de la creación artística, al contrastar la honestidad del creador con la conciencia y expectativas del público. Al final termina por proyectar la inquietud estética como un artefacto maleable, capaz de crear hábiles ilusiones. Este mensaje es reiterado en Nunca me abandones, un escabroso relato acerca de unos niños que son producto de clonaciones, y cuyo único propósito en el mundo es suministrar sus órganos para «completar» la vida de otros. Estos niños son criados en unos internados donde reciben una educación basada en el arte con el fin de demostrar los futuros receptores y al mundo que, contrario a lo aparente, son poseedores de un alma. Ishiguro acepta la consonancia espiritual del arte, pero también denuncia esa capacidad, resaltando cómo en lugar de una liberación, el arte puede habilitar una vulnerabilidad, lo insinúa como una necesidad artificial que no hace parte de la esencialidad humana.

Ishiguro sin lugar a dudas es un autor universal que a lo largo de su obra ha manipulado temáticas e interrogantes que podemos ver tributados en la obra de otros escritores, lejanos y cercanos a nuestro contexto, reiterando una vez más el carácter universal de la experiencia humana, y por consiguiente de la creación literaria. Aunque muchos, e incluso él mismo, coincidamos en que existen otras obras y autores que merecen ser celebradas a este nivel, su premiación es un motivo para acercarnos a la obra de un autor honesto y sin pretensiones, en el que confluye la visión del mundo globalizado en el que estamos inmersos. Pero también es una invitación a recordar, a reconocer en la historia de otros pueblos la nuestra propia, y comprender mediante ella los elementos y motivaciones que han conducido el mundo en que vivimos.   

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