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Latitud 02 de Abril de 2017

Identidad, obsesión y entorno en una muestra de artistas costeños

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‘Knock out’, intervención, dibujo de Luis Romero.

Néstor Martínez Celis

A propósito de la muestra ‘Masa Crítica 2017’ que se expone en la galería La Escuela, de Bellas Artes, en Barranquilla.

Los artistas barranquilleros Gabriel Acuña, Camilo Augusto, Linda Montoya y Luis Romero conforman la segunda versión de ‘Masa Crítica’, la exposición de artistas emergentes y jóvenes maestros del Caribe colombiano que se inauguró el pasado 23 de marzo en la Galería La Escuela de Bellas Artes, situada en el Viejo Prado de Barranquilla.

La muestra examina las dinámicas de las prácticas artísticas contemporáneas en el Caribe colombiano, en la franja de los creadores más jóvenes como resultado de una investigación que adelanta el Grupo de Investigaciones Visuales del Caribe, Videns, de la Universidad del Atlántico, centrada en la producción artística de los jóvenes creadores de la región.

En sus trabajos, estos cuatro artistas reafirman una búsqueda y construcción de imágenes sobre procesos y vivencias, impregnadas de unas políticas de identidad que revisan y repiensan historias personales o situaciones definitorias ligadas al entorno.

En esa perspectiva, vemos a Gabriel Acuña, que apela al juego, la exploración y, como en su niñez, da rienda suelta a la curiosidad desarmando y armando objetos banales, ordinarios, pero dando cuenta del proceso de armar la imagen mediando técnicas como la fotografía, el dibujo, la encáustica y el grabado. Esas exploraciones lo llevan a las calles de la ciudad en la búsqueda de indicios y encuentra en los pasamanos de los buses la memoria de las diarias y recurrentes acciones que graban los usuarios, aun sin darse cuenta. De la apariencia dorada y reluciente del primer día nada queda, en un proceso inverso al Midas mitológico. El pasamanos es intervenido, transformado, impreso, y vuelve al público con varios niveles de información.

La intervención urbana Matarratón comenzó como un ritual en homenaje a un hermano de Acuña, asesinado por paramilitares confesos. La obra se hizo conmemorando los diez años del crimen, como una especie de segundo velorio a la manera de las tradiciones wayuu. El artista quería recordarles a las instituciones que tuvieron que ver directa o indirectamente con su muerte que tenían una deuda. Por ello, recorre varias sedes de la ciudad y en cada una pinta el retrato de la víctima recurriendo al esténcil, una técnica libre, callejera, pero no con pintura normal sino con pigmento extraído de las hojas del árbol matarratón, recordando lo que vio una vez en su barrio, que los vecinos cobraban una deuda pintando con hojas de matarratón el monto del dinero en los andenes de las casas.

Son muchas las imágenes de la obra Cariba, pero esta vez son solo siete las que muestran las reflexiones de Camilo Augusto en torno al territorio, a su historia personal y al significado de lo identitario. El último abanico de su abuelo en Sincelejo que se transforma en un monstruo, los retratos de su esposa e hija, los diseños tribales, la palabra “Caribe” impresa muchas veces en placa dorada, son algunas de las figuras que emergen y se suman al afán por encontrar una visualidad cercana como signo de identificación.

El Proyecto Azul se compone de un conjunto numeroso de fotografías donde el artista pretende capturar un azul específico del cielo. A sabiendas de que la Física explica que lo que vemos como azul del cielo es una vibración, una longitud de onda, enfatizado por la subjetividad de la percepción, el artista –con más de trescientas fotografías azules– anima la pieza de video buscando librar como obra de arte en la pantalla esa vibración física que no percibimos como tal.

El Proyecto Café, de Camilo Augusto, está conformado por más de 900 fotografías de asientos de café en el fondo de la taza, las que, como una obsesión, una manía desprovista de adivinación, ha procesado y ordenado minuciosamente durante años. Con una selección de solo 20 imágenes, en una columna que intenta extraviarse en la altura, el artista invita al espectador a dejarse llevar por este universo de formas solo destinado a la libre interpretación.

Gran parte de las prácticas artísticas de Linda Montoya las realiza en el espacio público, utilizando una diversidad de medios y técnicas. Esto le permite desarrollar una obra prolífica y con gran riqueza de formas, cromatismos y texturas. La artista se traza un mapa de recorridos por la ciudad y realiza exploraciones en el espacio urbano, apropiándose de símbolos y señales que reinterpreta de acuerdo con problemáticas que viven y palpan los ciudadanos.

También ejecuta intervenciones en las bases de los postes de energía, pintándoles raíces, hojarascas y sombras tratando de ‘naturizar’, de jugar con la ilusión de materializar en árboles esos elementos inertes de la infraestructura urbana. La estética contribuye a reactivar la utopía, pero lo efímero de la práctica artística solo permite soñar por un breve espacio de tiempo.

De Montoya son muy conocidos sus carteles y pinturas murales de la serie de mujeres que cambian y transforman sus cuerpos y con ellas el mundo. Mujeres de todas las dimensiones y tamaños. De esas mujeres brota la vida y la artista establece la relación de la madre tierra con la mujer dadora de vida. Están inspiradas en relatos, canciones y diversas lecturas, como la mujer cabeza de flores y cuerpo de nubes o las mujeres que tienen fuego en sus pechos y arden apasionadamente pudiendo consumir a los que se acercan, lo que nos recuerda el cuento de Galeano donde se ve a la humanidad como un mar de fueguitos.

Luis Romero sale a la deriva y observa que, a diferencia de otras, Barranquilla es una ciudad de pocas zonas verdes y las que hay no son muy apreciadas. Algunas personas cortan un árbol para evitar recoger la hojarasca todas las mañanas o para ahuyentar el grupo de parroquianos que se guarece bajo la sombra. Para testificar la muy poca conciencia ambiental, el artista realiza grabados a partir de la huella de los árboles recién cortados. Usando técnicas experimentales obtiene la imagen fresca, in situ, del caído, como levantando un acta del crimen que se ha cometido. Los grabados llevan un código que revela la dirección donde fue cortado el árbol, la edad y la fecha del arboricidio.

En otra línea de trabajo, al artista le sorprende que muchas de las víctimas del conflicto armado desean perdonar a sus victimarios, mientras que otras personas se muestran contrarias a los diálogos de paz, aunque no les ha tocado de cerca la violencia. El mural ‘Knock out’, dibujado directamente sobre una pared de la galería, es una especie de juego visual de formas y colores en contradicción, alusivos a los enfrentamientos del gobierno con la guerrilla y a los diálogos de paz que traen consigo la reconciliación entre colombianos. Eso se traduce en unos cuerpos que se ven como en lucha, trincados, pero también se pueden mirar como si estuvieran abrazados. Tienen la connotación del encuentro, del lazo que une, de un knock out que ha sido negado.

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