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Latitud 10 de Enero de 2017

García Márquez dejó pendiente “el problema del negro”

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Julio Olaciregui

Una aproximación crítica a la obra de Gabriel García Márquez devela el no tan preponderante lugar dado por el escritor costeño a los afrocolombianos en sus ficciones. Apuntes para una polémica literaria.

Releer la obra de Gabriel García Márquez para subrayar cómo se refiere a los afrocolombianos, qué papel otorga en sus ficciones a “los negros”, será el propósito de este artículo. El escritor desde joven comenzó a observar “nuestra anatomía social”, “nuestra biología popular”. En sus primeros escritos, publicados en los diarios El Universal de Cartagena y EL HERALDO de Barranquilla, dejó huellas de su sensibilidad, de su orgullo por la mixtura que somos, ”la resina sentimental de nuestra raza”1 .
 
“Jorge Artel se ha llevado nuestra tierra a Bogotá. En la pieza de un hotel capitalino abrió el poeta sus maletas vagabundas, y lentamente, con la seguridad del viajero que sabe el sitio de cada cosa, fue extrayendo de entre las camisas y pañuelos las preguntas de la raza, los tejidos de la música (…) y retorcidas y húmedas, las raíces nutricias de la Costa Atlántica”, escribió en septiembre de 1948. El poeta afrocolombiano Jorge Artel viajaba a Bogotá para la escenificación de su libro de poesía, Tambores en la noche.
 
García Márquez intentaba ya alcanzar en esa modesta columna periodística sobre un poeta amigo su objetivo de recrear poéticamente la realidad. “La madrugada de Cartagena dentro de una botella, para que el mar fuera más verde –verde de vidrio—en el sueño de los náufragos. Un patriarca negro midiendo el pulso de la fiebre en el vientre de la tambora. Y una mulata frutal, fabricada en la misma madera de las gaitas, viendo crecer su edad hacia el abismo de la primera pesadilla”.
 
En Cartagena, puerto negrero desde el siglo XVI, aún hoy en día la elite social, “blanca”, discrimina a la gente por el color de la piel.
 
Quizás en las playas, piedras y murallas de la vieja Cartagena quedó flotando para siempre el miedo de los nobles criollos a la rebelión de los negros que reaparecerá en Del amor y otros demonios… “el miedo congénito de los nobles criollos de ser asesinados por sus esclavos durante el sueño”.
 
El historiador Alfonso Múnera nos recuerda en sus ensayos2 que el triunfo de la rebelión independentista en Haití, a comienzos del siglo XIX, hizo temer que “los negros franceses” se pusieran al frente de una suerte de brigadas internacionalistas para ayudar a la lucha de los futuros palenqueros y arrochelados nuestros contra “los chapetones”, “españoles con el alma negra”, como lo cantará Joe Arroyo, “el mulato del sabor”, en Rebelión.
 
La historiadora caleña María Cristina Navarrete señala que en el apogeo de Cartagena como puerto negrero, en los siglos XVI y XVII, algunos blancos, dueños de mano de obra cautiva, eran proxenetas, obligaban a sus esclavas a prostituirse3. 
 
“La mujer negra y con mayor razón la esclava, era el elemento de la comunidad más dependiente y por lo tanto más débil y sensible de ser inculpado (de brujería). Igualmente, la mujer negra y la mulata gozaban de la reputación de una ávida actividad sexual. De allí, el haberla relacionado con su tendencia a buscar satisfacción a sus pasiones en la brujería, en copulaciones diabólicas”4.
 
Como “burdel de negros” es calificada varias veces la ciudad en El Otoño del patriarca, una suerte de Cartagena mítica, donde hay “un antiguo puerto negrero” y donde se ve “el desorden de colores de las barracas de los negros en los promontorios de la bahía”.
 
En Cien años de Soledad  la dueña del prostíbulo es llamada “Nigromanta”, que equivale a decir bruja que invoca a los muertos. Ella es “una negra grande, de huesos sólidos, caderas de yegua y tetas de melones vivos”, bisnieta del “más antiguo de los negros antillanos” que vivían en Macondo.
 
García Márquez se deja seducir por el mito de la ávida actividad sexual de los africanos y sus descendientes… “Nigromanta lo llevó a su cuarto alumbrado con veladoras de superchería, a su cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y a su cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada (…) Lo esperaba para enseñarlo a hacer primero como las lombrices, luego como los caracoles y por último como los cangrejos”5.
 
En febrero de 1951 el joven García Márquez aprovechó sus vivencias como agente vendedor de enciclopedias por los pueblos de la costa para escribir  acerca de lo que observaba en sus viajes. En una serie de columnas publicadas en EL HERALDO bajo el título “Relato del viajero imaginario” expresa su admiración por una mujer que viaja a su lado en un autobús. “En el lado opuesto al mío viene viajando la negra reluciente y suntuosa como arcángel de brea (…) con su total organismo de negra secularmente convencida de la importancia de sus sentidos (…) Pocas cosas tienen tanta belleza plástica como una negra engreída”6.
 
La vocación enciclopédica (caribeña) de su obra no podía dejar de lado “la negritud”. En su novela Del amor y otros demonios es donde más se acerca al tema de la trata negrera y a la impronta de los africanos en Cartagena de Indias, desde los años mil seiscientos –la abolición de la esclavitud ocurriría solo en 1851. En esta obra menciona “el arrabal de Getsemaní”, “el puerto negrero”, “un cargamento de esclavos de Guinea” traídos en un barco de la Compañía Gaditana de Negros.
 
El ensayista francés Jacques Gilard ha hecho una severa crítica a este libro en uno de sus artículos –¿Orishas en Cartagena?—publicado en Plumas y Pinceles (U. de Bergamo), afirmando que García Márquez desconocía la historia de la presencia de los hombres y mujeres de las naciones africanas, y de sus descendientes, en la Costa Caribe de Colombia y por eso recurrió a un manual cubano llamado Los orishas en Cuba, de Natalia Bolívar Aróstegui, para darle consistencia al mundo místico de los esclavos de la familia de la protagonista, Sierva María de Todos los Ángeles.
 
“En cuanto a lo que se llamará, precipitada pero provisionalmente, la negritud, el autor casi setentón de Del amor y otros demonios se preocupó muy poco por unos procesos capitales en la historia de su región de origen, mientras que su periodismo de juventud había tenido la audacia de afirmar con fuerza e insistencia la riqueza del aporte negro a la cultura colombiana 
 
–una herejía en los años 1950”7.  
 
“Lo que la novela rescata no deja de ser simplista. Puede resultar extraño el que un vocero de la latinoamericanidad haya tenido tan poca curiosidad, y tan tardía y fugaz, por unos procesos de los que tiene sin embargo conciencia de haber nacido, puesto que sabe, al menos empíricamente, hasta qué punto han modelado la sociedad costeña en que él mismo se formó”, dice Gilard en ese ensayo, añadiendo que es “más que notable el escaso interés” de García Márquez “por la cuestión negra”.
 
“Conviene apuntar (…) que en la realidad la presencia yoruba (en Cartagena) que García Márquez privilegia parece haber sido débil, mientras que el aporte congo (bantú) a la cultura de la región es indiscutible y se ha reconocido ampliamente”, dice Gilard, recordando que en Barranquilla el disfraz de congo, y sus danzas, son figuras centrales en el Carnaval.
 
El artículo de Gilard es un ejemplo de análisis literario (y sociológico e histórico) con mucha precisión e información. Tiene sobre todo el mérito de aclarar que “lo congo” y “lo mandinga” predominan en nuestro imaginario caribeño.
 
En Del amor y otros demonios García Márquez dio protagonismo a unos marqueses criollos, a un médico y a un sacerdote “exorcista”, también blancos, y dejó a las decenas de miles de esclavos “negros de nación”, y a sus descendientes, en un segundo plano, pese a que la trata negrera duró más de 
 
dos siglos.
 
En 1994, cuando apareció la traducción de este libro al italiano, el profesor Fabio Rodríguez Amaya, de la Universidad de Bérgamo, entrevistó a García Márquez para Il Corriere della Sera. El novelista le reveló que no había tenido más remedio que “inventar un siglo” con elementos de trescientos años.
 
“Mi problema principal era el lenguaje. Había comenzado tomando como punto de referencia el año 1750, pero poco después me di cuenta que era como una camisa de fuerza: me servían también elementos de los siglos XVI y XVII. Me dije: si puedo inventar episodios creíbles, puedo incluso inventar un siglo entero. Tomé entonces la decisión de cancelar toda fecha y recrear un tiempo en el cual es cierta la realidad de tres siglos distintos. El resultado es un mundo imaginario, pero compuesto de hechos históricos”.
 
La niña Sierva María de Todos los Ángeles, nieta de un “negrero de horca y cuchillo” fue abandonada por su madre “en el patio de los esclavos”, por eso hablaba “yoruba, congo y mandinga”, usaba collares o amuletos africanos y sabía mucho de los orishas o santos de los negros. 
 
A comienzos del siglo XX otra niña, esta vez una persona de carne y hueso y no un personaje de ficción, la cubana  Lydia Cabrera, sería criada por sus nanas negras, lo que la convertiría con los años en una de las mayores especialistas en la cultura afrocubana.
 
La rebelión, el cimarronaje, la lucha por la vida, la cultura de resistencia de los africanos en América está sobre todo en los libros de historia y no en las obras de García Márquez, donde aparecen como personajes de teatro casi, sobre todo en Del amor y otros demonios. “Un séquito de esclavas vestidas de seda y cubiertas de oro” (…) “Los esclavos llevaban en andas al obispo en atuendo de gran ceremonia” (…) “Danzas públicas y mojigangas que eran parodias procaces de los bailes de blancos”.
 
El escritor chocoano Arnoldo Palacios, autor de Las estrellas son negras, contemporáneo de García Márquez, a quien el futuro autor de Cien años de soledad despidió en el puerto de Cartagena en septiembre de 1948 cuando se embarcaba rumbo a París, dijo con razón en una entrevista: “una cosa que yo creo que aporté fue la presencia del negro en la novela. El héroe negro. No es que no haya habido negros en la novela, los había en la literatura de los Estados Unidos, en La Cabaña del Tío Tom, y otros muchos. Aquí figuraban siempre como sirvientes, en María, por ejemplo, en ese capítulo tan bello, porque Isaacs era un gran escritor. Pero el problema es que siempre aparecían los negros como un adorno. De todas formas, hubo allí también un progreso, porque al menos les daban presencia, y también, en el caso de Isaacs, se veía un interés por imitar el lenguaje”8.
 
En los cuentos de García Márquez el primer “negro” que encontramos es Nabo (Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles) el niño agonizante, pateado en la frente por un caballo, en estado de coma, quizás desde hace “dos años”, haciendo esperar al coro de angelitos negros ... a lo mejor fue As I lay dying (Mientras agonizo), de Faulkner, lo que le inspiró esta historia, y también El ruido y la furia, por lo de la niña retardada mental a la que él le canta.
 
Nabo, “el muchachito negro”, canta canciones para distraer a los caballos, cuando de repente  uno de estos animales lo patea por estar peinándole la cola...La patada del caballo le mata la razón, él muere durante quince años, su memoria se extingue, su pensamiento lógico, la muerte le llega como el olvido total “como si alguien hubiera pasado una esponja húmeda sobre aquellos remotos sábados en la noche (...) iba a la plaza pero no para oír música sino para ver al negro. Todos los sábados lo veía. El negro usaba anteojos de carey amarrados a las orejas y tocaba el saxófono en uno de los atriles posteriores. Nabo veía al negro, pero el negro no veía a Nabo...”
 
El niño crece con la cicatriz áspera, la marca de la herradura en la frente, crece hasta volverse un “enorme negro bestial”...Los ancestros y el coro de los niños por nacer lo están esperando.... este es un mito conocido por los mandingas, el gran pueblo de la costa oeste de África. 
 
En el cuento En este pueblo no hay ladrones un “negro” es acusado de haber robado las bolas del billar del proto-Macondo, que en esa época está calcado sobre Sucre, con su puerto fluvial.
 
“Era un negro monumental. Las mujeres empezaron a gritar, y el agente que golpeaba al negro empezó a gritar por encima de los gritos de las mujeres: “¡Ratero! ¡Ratero!”
 
(....) “Poco después embarcaron al negro (...) Estaba sin camisa, el labio inferior partido y una ceja hinchada, como un boxeador. Esquivaba las miradas de la multitud con una dignidad pasiva”...
 
“La semana entrante se acaba el campeonato – dijo Dámaso (el ladrón) – “Y eso no es lo peor. Lo peor es el negro” (Ana)
 
“Así que decidieron abandonar las bolas en un lugar público. Ana pensó que eso resolvía el problema del salón de billar, pero dejaba pendiente el del negro”...
 
“El negro no pudo habérselas comido”...
 
En La viuda Montiel aparece Carmichael, “un negro viejo, de piel lustrosa, vestido de blanco, antiguo y diligente servidor de la familia (...) encargado de la administración”. También figura en La mala hora.
 
A Carmichael le ponen un pasquín. Como su mujer es blanca “los muchachos nos han salido de todos los colores  (...) el pasquín dice que yo soy padre solamente de los muchachos negros”.
 
En la casa de Nora de Jacob “una niña negra, con la cabeza llena de nudos colorados, llevó a la mesa la sopa hirviendo”.
 
El brujo “Blacamán”, vendedor de milagros, es un “negro” yerbatero que anda por los pueblos del Caribe tratando de venderle baratijas y menjurjes “a la cochambre de indios”...
 
“Los infantes de marina habían invadido la nación, y andaban descabezando (...)  a los negros por costumbre”   
 
El abogado del coronel era “un negro monumental sin nada más que los dos colmillos en la mandíbula superior”.
 
En El rastro de tu sangre en la nieve la Nena Daconte, desnuda, ve el “respetable animal erguido” de Billy Sánchez, y lo azuza: “los he visto más grandes y más firmes... (...) conmigo te tienes que comportar mejor que un negro”.
 
El escritor haitiano Dany Laferrière, que admira mucho la obra de García Márquez, escribió un libro que fue presentado en Canadá y traducido a varios idiomas, Comment faire l’amour avec un nègre sans se fatiguer  (Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse).
 
El doctor Juvenal Urbino, en El amor en los tiempos del cólera, es infiel a su mujer, quien termina por descubrirlo. “Y lo peor de todo, carajo, con una negra”. “El corrigió: mulata (…) –Es la misma vaina –dijo ella, y solo ahora lo entiendo: era un olor de negra”. 
 
García Márquez no supo aprovechar “lo afronegroide” de la Costa Caribe en sus obras como sí lo hicieron Alejo Carpentier y Jorge Amado, dice por su lado el profesor William W. Meneggey.
 
“García Márquez ha intentado convencer a sus lectores de la notable presencia africana en el continente americano que se manifiesta en la lengua, las ideas religiosas, la música y el baile, la vestimenta, etc. Sin embargo, no ha conseguido aprovechar dicha presencia para escribir novelas enteras dedicadas a este tema. Tampoco ha profundizado en subrayar la importancia del elemento africano en la cultura latinoamericana. Los negros en su obra casi siempre son personajes secundarios. Asimismo no ha prestado interés suficiente a la rebeldía y resistencia de los esclavos africanos que desembocaron en su emancipación en el siglo XIX. Su visita a Angola le conmovió, pero sus consecuencias no podían trascender el nivel de la subconsciencia”, afirma9.
 
En El general en su laberinto menciona en una frase lacónica al almirante José Prudencio Padilla, un gran mulato, fusilado por órdenes de Simón Bolívar. Solo en la novela de Manuel Zapata Olivella, Changó el gran putas, publicada en 1983, se conoce la dimensión de este personaje.
 
Puede decirse que Zapata Olivella, y luego el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor, con su novela La ceiba de la memoria, resolvieron en sus ficciones “el problema del negro”, eludido por García Márquez.
 
“Changó” y “La ceiba” tienen como denominador común el tratar escenas de la vida en Cartagena de Indias en las primeras décadas del siglo XVII: el comercio de esclavos, el establecimiento del Tribunal de la Inquisición, la época de la rebelión de Benkos Bioho, fundador del primer Palenque de esclavos alzados, cimarrones; la labor de Pedro Claver, el futuro santo. 
 
A través del personaje de Analía Tu-bari, en “La ceiba”, surgirá la memoria de la Metis, ese saber milenario, empírico, necesario para vivir que encarna en la historia de Cartagena una mujer como la curandera Paula de Eguiluz, acusada de brujería por la Inquisición, tal como lo cuenta la historiadora María Cristina Navarrete.
 
Zapata Olivella desbordará ese espacio-tiempo del ethos cartagenero para hablar de la epopeya heroica “panafricano-criolla” de resistencia en América: no solo en la Nueva Granada –la actual Colombia— también en Haití, México, Brasil y Estados Unidos.
 
Burgos Cantor también saldrá de su patio. Este pensador y narrador establecerá lazos, desde su humanismo de hombre del siglo XX, entre la trata negrera, la esclavitud en América, y el Holocausto de los judíos por los nazis.
 
García Márquez  tenía no obstante todo el derecho para evocar a los orishas, los santos africanos.
 
“África me dio la gran facultad
 
Para cantarle a mi orisha
 
Y a mis tambores Batá”
 
García Márquez debió sin duda escuchar la voz de la cubana Celia Cruz cantando estos versos (Eleggua quiere tambor). Conviene destacar que los escritores de las costas  nacen, crecen y bailan con los tambores y la música mestiza  antes de comenzar a leer. 

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