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Latitud 05 de Febrero de 2017

El momento justo

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Beatriz Vanegas Athías

La cortina se movía con pesadez porque el viento entraba y salía con franco desgano. Ella aprovechaba esta complicidad para asomarse con rigurosa precaución. Oía el televisor que transmitía el reality de moda y minutos después el silencio que sobrevenía a los comerciales. Como la cortina cubría sus ojos, no podía calcular la duración del silencio que entonces se le antojaba confuso, porque las dos mujeres lo aprovechaban para intercambiar comentarios sobre las decisiones inocuas del jurado.
 
 Así que tuvo que aguardar hasta que ellas decidieran desconectar el televisor y se echaran a dormir. Pero de ese, al momento justo que le traería la posibilidad de escapar, pasarían muchas cosas. Que el hijo mayor de las mujeres entrara a hacer unas preguntas y ellas armaran una polémica hasta construir la respuesta que dejara satisfecho al chico. O que el hijo menor entrara a pedir el dinero de la merienda y entonces las dos mujeres empezaran a esculcar sus carteras para completar la cantidad que requería el niño para sobrevivir al día de clase. O que de nuevo el mayor entrara a preguntar sobre el sinónimo más adecuado de una palabra que necesitaba para completar un informe escolar. 
 
  Tantas cosas podían suceder. Tantas veces podría cerrarse y abrirse la puerta que le permitiría huir. Y encima, estaba muy nerviosa. Toda ella era un manojo de incontrolables movimientos que no apaciguaban sus nervios. Porque la noche crecía y con ella el calor que en esa temporada abrasaba la ventana y mantenía la cortina tan estática como otra pared. Se sentía emparedada. 
 
  El televisor seguía encendido pero ahora las mujeres veían una película subtitulada, por eso el volumen había bajado. De pronto, la puerta se cerró y las luces de la habitación también. Detrás de la cortina hubo un respiro de tranquilidad. El momento empezaba a ocurrir. Se atrevió a asomar su cara y pudo ver en medio de los chispazos de luz que le regalaba el televisor, que una de las mujeres yacía como adormilada con el control en la mano. La otra, recostaba su cabeza en el hombro de la dormida pero mantenía los ojos fijos en el transcurrir de la historia que la pantalla proyectaba.
 
  No. No era el momento aún. Debían estar ambas absolutamente dormidas, de lo contrario toda la espera se convertiría en la presencia mortal de la frustración largamente evitada. Además, la luz del baño estaba en su esplendor descarado. Ese era otro escollo que debía dejar diluir: ¿Cuándo orinarían por última vez en la noche? ¿Acaso era viernes para que se dilataran los quehaceres nocturnos? Ahhh, esperar, esperar, esperar. 
 
  De pronto la despierta retiró el control de la mano de la dormida, acomodó su cabeza en la almohada y arregló la cobija a su lado, por si acaso en la noche el calor diera paso a la necesidad de arroparse. Apuntó hacia el televisor y destruyó la vida de los personajes que forcejeaban por contar su historia. La esperanza rondó nuevamente los predios de la cortina. La mujer se calzó las chancletas y se dirigió al baño. Se escuchó el lento caer del orín que luego se convirtió en un chorro fluido y apresurado al cual siguió la caída estrepitosa de la llave del inodoro. Se escuchó el roce del papel secando la humedad. Luego otra llave se abrió y combinaba su sonido con las burbujas que creaban unas manos plenas de espumoso jabón.
 
  Por fin se hizo la oscuridad en el baño y en toda la habitación. Solo entraba una delgada sombra de luz por la ventana. La mujer que venía del baño se recostó en la cama y abrazó la espalda a aquella que yacía dormida desde la mitad de la extinta película, le dio un beso en la oreja y se aprestó a acomodar la cobija por si la necesitase en la madrugada. Acomodó la almohada hasta encontrar el huequito acogedor que garantizaría la llegada casi inmediata del sueño y empezó a vivir en duermevela.
 
  Detrás de la cortina la esperanza engordó a tal punto que cegó a la prudencia. El momento parecía hacer su entrada. Con absoluto desparpajo se liberó de la cortina. Como una exhalación se ubicó detrás de la mesa del televisor. De ahí a la puerta y con la libertad por fin conseguida, el asunto era un paseo.
 
  Pero la luz se encendió y tan rápida como ella, la maldita segunda mujer que creía dormida, saltó de la cama, agarró una chancleta y la puso con tal furia una y otra vez, una y otra vez sobre su inerme cuerpecito que había estado a unos pasos de trascender la rendija de la puerta.

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