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Latitud 10 de Septiembre de 2017

El mentor y su música. La importancia de los abuelos en el Caribe colombiano

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Carlos Dieppa Delgado, Judith Dieppa y Yehudi Menuhin, junto a otros amigos de la época.

Roberto McCausland Dieppa

Recuento de cómo un mentor con experiencia, paciencia, amor y pasión sirve de guía para un joven, de manera sutil, para llevarlo al éxito en la música y la vida.

A los cinco años al escuchar melodías, acordes de guitarra, canciones en la radio, y luego cuando reproducía ‹al oído› y en la clave, comenté en mi familia la decisión de que la música sería lo que haría de por vida. Pero en lugar de buscar instrucción formal –para evitar el posible desencanto con ese proceso–, el acosador ‹trajín› de la época y dar tiempo a la viable desilusión, en casa me dieron indicaciones básicas sobre cómo tocar el piano. Instrucciones exactas y perfectas, con las cuales pude ejecutar canciones simples y componer improvisaciones, no posibles de reproducir similarmente. ¡Ah!, quijotesca y ensoñadora tranquila alegría durante estos años primordiales de crecimiento en Barranquilla, en donde los amigos, la familia y la comunidad convergían inconmensurables.

El tiempo dedicado al descubrimiento musical tardó poco en convertirse en interés total, tanto que la naciente ‹seriedad artística› provocó cierto pánico familiar. En reacción a la joven ‹atracción›, llamaron al abuelo –Don Carlos Dieppa– a que tomara parte en la educación práctica del joven niño. Es decir, la idea es que a través de su ejemplo, disciplina y trabajo, mi abuelo despertara un nuevo interés en el cual consumiera mi tiempo y energía.

Dicho y cumplido. Don Carlos me recogía a las siete de la mañana los sábados, días de vacaciones o libres y a trabajar. El abuelo o como le decíamos, ‹el abuelito›, ejercía gran constancia, curiosidad, planeación y ejecución. Con su guía paternal las órdenes de utilizar overoles caqui, la entrega en un petit sobre marrón –pago de acuerdo a buen suceso–, eran cumplidas a suma letra de la orden: todo para que yo aprendiera y entendiera el buen significado del compromiso. Para la buena ejecución, Don Carlos puso a uno de sus confiables y mejores jefes, Juancho Rada –encargado del encargo– y tardaron poco, el abuelo y el nieto, en darse cuenta de cuánto gozaban de la mutua compañía.

Siempre Don Carlos Dieppa Delgado, muy atento, pedía que durante los descansos y el almuerzo me llevaran  para conocer a detalle el día. Luego, si era sábado, después del trabajo almorzábamos en su casa y hacíamos visitas especiales –familia, artistas, escritores, poetisas y músicos prominentes–. Si trabajábamos durante la semana, después de llegar a su casa de la fábrica y el taller, había sesión de música.

Beethoven más que nada, era el personaje predilecto. El abuelo era un clásico hasta en la manera de comer. Y con la sensación de tener la orquesta y tal vez el solista dentro de su sala, no había momento aburrido. El abuelito Carlos amaba apasionadamente la música, tenía un equipo de sonido con los mejores amplificadores, parlantes –tan altos como una persona de pie– detrás y un Steinway B modelo 1880. La ‹aparatería› (como llamábamos el estéreo) sonaba sin descanso.

«La buena música hay que escucharla lo más fuerte posible…» y en total seriedad, decía el abuelo.

Contábamos con tan buena suerte que a los vecinos o les gustaba la música o simplemente no querían protestar ante tan impresionante ruido organizado, me imagino.

La entrada principal era discreta y sin presunción, por dentro la fábrica estaba impecablemente organizada. Para un niño era un mini Disney. Había máquinas mágicas donde las láminas de plástico con un soplo de aire caliente se convertían en interiores de neveras. En otra sección estaban los enfriadores de botellas vacíos en fila india, ideales para jugar adentro y construir pequeñas ciudades juveniles. Luego, un personaje con careta y guantes, vestido de pies a cabeza, disparando un revólver conectado a barriles de pinturas hacía cascarones de metal –refrigeradores, neveras, aires acondicionados– antes de ser equipados. Ese era el trabajo que quería.

A la hora de comenzar en sistemas eléctricos había planos, mapas que correspondían a cables, mesas metálicas, armadores de electrodomésticos, era un esfuerzo en sección coordinado en conjunto y, al final, Rada revisaba.

Callados y concentrados, aprendí sobre el capitán Lucho Bermúdez y su rendimiento en La pollera colorá, virtuoso al clarinete clásico y caribe; Pachito el ‘intrépido’, sobrenombre cariñoso a Galán –tuve contacto con él y su orquesta–; la Billo’s Caracas Boys y Escalona con su Casa en el aire y mucho más.

Pero los cuerpos se elevan, la concentración y la presencia en el presente conjuraban mano a mano con el delicado trabajo cuando Anacaona, el Cheo y la Fania sonaban. En todas, el tiempo pasaba rapidísimo, al sonar el pito del mediodía, la Rapsodia en azul, de Gershwin, el noticiero de Marcos Pérez comenzaba y en ese momento Silvera y Cantillo lideraban el camino hacia el almuerzo con el abuelo; el reporte de la mañana comenzaba. Muy discretamente Juancho dejaba el radio a medio sonar, porque en Barranquilla trabajo con música equivale a una musa y jornada productiva.

Y con overoles, al calor del mediodía, a la legendaria hora del almuerzo y la siesta, el abuelo siempre decía: «hay que comer menos, para vivir más».

Les cuento, como su casa, la biblioteca, el cuarto y la fábrica, la servilletería, los cubiertos, los vasos y las comidas: impecables. En organización clásica, la compañía y la conversación siempre con buen trato de joven adulto, música, jornales sobre el futuro, ciencia, cohetes, el espacio y buena energía.

Si trabajábamos durante la semana, regresábamos a las siete de la noche. Después de la comida se sentaba en un sillón con su dedito de ‹whiskisito›. Beethoven Il forte, las sinfonías de Otto Klemperer, sus predilectas: tercera, quinta, sexta, novena, y siempre se hacía tarde y yo me dormía. Los sábados en la tarde, mientras el mantenimiento casero ocurría, El emperador, el cuarto concierto para piano de Beethoven, las primeras grabaciones de Barenboim, transcripción del concierto para violín en re, y las sonatas: Wilhelm Kempf al piano. En la biblioteca el abuelo tenía todas las partituras de las sonatas y los conciertos en colección. De la primera sonata dedicada a Haydn, las tres grandes: Patética, Claro de luna, Appassionata; luego Los Adioses, la Pastoral y hasta la Op. 111, tanto como Anacaona en la fábrica, formaban parte del repertorio del día. Al pasar los años y aprender a Beethoven formalmente, y luego grabar las sonatas, simplemente repetí lo que aprendí con el abuelo Carlos y su grata compañía.

«Lo que no se aprende a temprana edad no se aprende bien», decía el abuelo Dieppa. Entonces a los nueve años su orden fue que aprendiera a conducir. No sé si fue por carro que llegó a Barranquilla de su Valencia –Venezuela– natal, pero comenzamos los sábados con el ‹cola de pato› (Lincoln Zephyr convertible 1936/39 deportivo), y después de varios ensayos y ejes descompuestos, un CJ Willis con gobernador, licencia ‹Dieppa› especial, mi vehículo. Después vinieron las indicaciones que a él le parecían indispensables para tratar bien al género opuesto. Presumía que de otras personas no las sabría: realista, franco, cándido, y con mucho humor, sus indicaciones fueron bien recibidas.

Con frecuencia –para los que se acuerdan del rito de la compra de los LP y del arte en las carátulas–, Rafael Oñoro visitaba a mi abuelo con las mejores ediciones: Stravinski, Bartok, Wagner, Mahler y Gershwin; Benny Goodman, Duke, Count, Sinatra, Errol Garner, The Beatles, Santana, Louis Armstrong y Art Tatum. Él escogía los de su medio, y como el envío de ‹Betsy›, un Collie distintivo por su bondad, a casa McCausland el jazz y rock ‘n’ rol, en donde todo lo contemporáneo fuese colores, comidas, modas o sonidos, todo en auge bien deseable.

Y así pasé de los seis a los catorce años y medio hasta que el turno del largo descanso, a donde todos vamos, Beethoven, el piano, la orquesta, la disciplina, el clasicismo elegante, le tocó al cariñoso abuelo. Cuando compongo, toco, dirijo y manejo, miro a mi mujer, en triunfo o desastre, contento o descontento, cargando conmigo esa sonrisa pícara del abuelo, su voz y su consejo: «no des tu vida por un plato de comida» y «si te comprometes lo haces, pase lo que pase». 

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