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Latitud 12 de Marzo de 2017

El feminismo masculino

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Foto: Archivo particular.

‘Stepping Out’, obra de 1978 de Roy Lichtenstein.

John William Archbold

John Stuart Mill, político inglés del siglo XIX, defendió las repercusiones positivas que tendría la inclusión de la mujer en el contexto educativo y político. Historia de aquellos hombres que se preocuparon por la pluralidad y equidad de género.

Cuando hablamos de los albores del feminismo, fácilmente pensamos en mujeres como Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, entre otras pensadoras y activistas de antaño. La acción masculina en la consolidación ideológica y práctica del movimiento parece una idea contraria a su mismo concepto, sin embargo, algunos hombres instalaron estimables aportes en torno al mismo.

De hecho el término “feminismo” fue acuñado por un hombre, aunque no bajo la orientación que se le concede en la actualidad. En pleno siglo XIX, el médico francés Ferdinand-Valérie Fanneau de la Cour fue el primero en utilizar dicho neologismo para describir el debilitamiento o ‘feminización’ que sufrían los varones aquejados por la tuberculosis. Posteriormente, el dramaturgo Alexandre Dumas hijo volvería a aplicarlo con el ánimo de patologizar con toda ironía a los hombres que apoyaban las demandas de las mujeres por el reconocimiento de sus derechos ciudadanos.

Aunque pueda sorprendernos, en aquellas tempranas épocas y a pesar del rigor de la hegemonía patriarcal, algunos hombres apoyaban que las mujeres pudieran acceder a privilegios que hasta ese entonces eran exclusivamente masculinos. Ese respaldo fue transcendental en varios momentos. François Poullain de La Barre, un sacerdote católico, luego convertido al calvinismo, es quizá el primer filósofo que sitúa a la mujer como un sujeto epistémico a través de su estudio. En el ensayo “De la igualdad de los dos sexos” (1673), quizá el texto fundador de la primera ola feminista, señala la importancia de incluir una perspectiva equitativa de los derechos de las mujeres, del mismo modo en que se empezaba a idealizar la igualdad entre todos los hombres. Criticó fuertemente los prejuicios sociales que las mantenían excluidas de los principales escenarios de participación social, incluso ridiculizando los marcos legales que patrocinaban el sometimiento femenino. Fiel a esos preceptos, publicó un año después De la educación de las damas (1674), una apuesta definitivamente adelantada para su época, en la que incluso llegó a insinuar el mismo cuestionamiento que Simone de Beauvoir sustentó siglos después: la discutible determinación biológica del género:

«Dios une la mente al cuerpo de la mujer del mismo modo que al del hombre, y los une por las mismas leyes. Los sentimientos, las pasiones y las voluntades realizan y mantienen esta unión, y como la mente no opera de modo diferente en un sexo que en el otro, es igualmente capaz de las mismas cosas».

Como podemos ver en este fragmento, Poullain de La Barre afirmaba que el cerebro no tenía género, hombres y mujeres poseían la misma capacidad de desarrollarse intelectualmente, y por lo tanto, la mujer debía tener acceso a la educación en iguales condiciones. Partiendo de un religioso, sus afirmaciones fueron catalogadas como una afrenta a la naturaleza, paradójicamente encontró la más férrea oposición de parte de las conservadoras damas de la élite europea.

En medio del círculo de intelectuales que se encargó de cultivar y desarrollar la Revolución francesa encontramos a Nicolás de Condorcet, a quien Voltaire catalogaba como «el filósofo universal». Además de su trabajo como matemático y economista, Condorcet fue el primer pensador que orientó los principios liberales en pos de la equidad de género. Cuando ocupó la secretaría de la Asamblea de París, aprovechó su posición para señalar una falla que a su juicio había tenido la Declaración Universal de los Derechos del Hombre: la exclusión de la mujer como sujeto de los mismos:

«¿Puede existir una prueba más evidente del poder que crea el hábito, incluso entre hombres eruditos, que invocar el principio de la igualdad de derechos y olvidarlo con respecto a doce millones de mujeres?».

Condorcet fue uno de los pocos revolucionarios que se opuso tajantemente a la ejecución del depuesto rey Luis XVI, lo cual le valió la persecución de algunos sectores, por lo que fue perseguido y posteriormente encarcelado. Durante ese tiempo, escribió su última obra: Bosquejo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1794), un texto en el que nuevamente insiste en la importancia de reconocer los derechos femeninos, reiterando que las condiciones de las mujeres no eran muy diferentes de la de los esclavos, así proyectó a la mujer como un asunto no resuelto para cumplir un verdadero ideal de libertad y fraternidad. No es poco coherente pensar que sus ideas atizaron el encarnizamiento con el que lo instigaron sus enemigos, el cual lo llevó a la muerte durante su presidio.

Ya en el siglo XIX, nos encontramos con la obra del político y filósofo británico John Stuart Mill, un trabajo destacado y olvidado en similares proporciones dentro de la teoría feminista. Toda su acción estuvo concentrada en un mismo fin: el pleno goce de libertad y derechos civiles para toda la población. Fue un acérrimo detractor de quienes aún promovían el colonialismo, el esclavismo y segregación étnica basados en nociones de inferioridad racial. Por otro lado, su experiencia con el feminismo tuvo una motivación más personal. Durante más de veinte años mantuvo una relación con Harriet Taylor, una mujer casada que estaba legalmente impedida para romper su matrimonio. En sus primeras publicaciones Mill criticó el matrimonio como institución, equiparándolo a una modalidad de prostitución, y señalando que debía constituirse en un contrato entre iguales, antes que en una herramienta para garantizar la absoluta sujeción de las esposas. Pero fue en El sometimiento de la mujer (1869) donde mejor expresó su incomodidad ante las condiciones a las que la sociedad las relegaba, coartando su libertad y promoviendo el propio perjuicio colectivo, al impedir que la fuerza de trabajo femenina aportara más activa y directamente a la sociedad, contribuyendo en una mejor manera a la formación de los hijos. Mill fue tajante al señalar que el sistema condicionaba a las mujeres para que se mantuvieran sometidas a través de los códigos de conducta:

«Así, todas las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás. Todos los principios del buen comportamiento les dicen que el deber de la mujer es vivir para los demás; y el sentimentalismo corriente, que su naturaleza así lo requiere: debe negarse completamente a sí misma y no vivir más que para sus afectos».

Posteriormente, como parte de Parlamento británico, Mill radicó varias propuestas de reforma legislativa que buscaban permitir su acceso al voto. Si bien sus intenciones nunca prosperaron, sí inspiraron a cientos de mujeres a salir a las calles en 1866, esas manifestaciones fortalecieron el movimiento sufragista, que a partir de entonces inició acciones más reactivas que terminaron haciendo eco en Francia y en Estados Unidos. De ese modo se gestó un movimiento que tras décadas de lucha obtuvo esa primera victoria política.

Hace menos de un año, una de las principales feministas colombianas negaba de manera tajante que un hombre pudiera ser catalogado como feminista. En una revisión de la teoría de género esta posición no sería precisamente contradictoria, ya que a lo largo de la misma ha sido recurrente una tendencia a invisibilizar los aportes de los pocos hombres que han contado con la suficiente conciencia para cuestionar sus privilegios y el restringido acceso de las mujeres a los mismos. Vale la pena preguntarnos: ¿Son menos relevantes los aportes del hombre al feminismo? De ser así, estaría en peligro el objetivo mismo de propugnar la igualdad entre hombres y mujeres, de desinstalar la figura del varón como agente dominante, porque son precisamente estas rupturas los signos de transformación y reflexión que se persiguen. Sin pretender que se les conceda una posición especial, es importante validar los aportes masculinos al feminismo, porque son en sí mismos un recordatorio de que el alcance de la igualdad plena no es solo un ideal que deba ser preocupación y deseo de las mujeres.
 

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