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Latitud 12 de Febrero de 2017

El enigma de la sal en la vida de Magela Baudoin

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Magela Baudoin, la escritura como sanación.

Clarita Spitz

La sal es, para la autora, ‘una metáfora poética de la vida, de la composición de los personajes. Un elemento mineral ambivalente que puede sanar y matar”.

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara también hay espacio para la política, las matemáticas y las ciencias. Por eso no resulta extraño tropezarse, en la programación, con la presentación de un libro titulado La composición de la sal. Lo curioso es que, aunque el título pudiera sugerirlo, no se trata de un texto científico, sino de un libro de cuentos, ganador del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015.

Esta es, quizás, una primera trampa que nos tiende su autora, la boliviana Magela Baudoin. Porque a Magela le gusta jugar con el lector, incomodarlo, desplazarlo de su zona de confort. Su obra permite múltiples lecturas. Evoca sin explicar y, como en la metáfora de Hemingway sobre la escritura del relato breve, lo que calla es más de lo que dice.

El Premio de Cuento García Márquez fue creado por iniciativa del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia como homenaje al Nobel colombiano, y como estímulo para promover la calidad de este género literario en lengua castellana. Para el jurado que le otorgó el Premio, Magela es una escritora de admirable talento, una cuentista de gran intensidad y sutileza, con una singular destreza para contar historias, sin caer en la tentación de ser explícita o didáctica.

Periodista, escritora y profesora universitaria, Magela Baudoin nació en Venezuela en 1973. La mayor parte de su vida y su carrera literaria ha transcurrido en Bolivia, en donde vive actualmente. Además de La composición de la sal, (2015), es autora del libro de entrevistas Mujeres de costado (2010), y de la novela El sonido de la H, con la que ganó el Premio Nacional de Novela (2014).

Lectora autodidacta, llegó a la literatura más por el periodismo que por la vía formal de la academia. Considera a García Márquez parte de su educación sentimental, una puerta de invitación a la literatura, en quien, como escritora, encuentra claves importantes. Lee a Borges para entenderlo un poco mejor, aunque nunca lo comprende del todo. Encuentra que el mejor Borges está en su poesía. Regresa siempre a la fuerza vital de Virginia Woolf, Jane Austen, Francoise Sagan, a las hermanas Brönte, además de Isak (Karen) Dinesen y Silvina Ocampo.

Durante la presentación de su libro en Guadalajara, la acompañó Alberto Manguel, presidente del jurado que le otorgó el premio unos meses antes. Al finalizar el evento, tuvimos oportunidad de conversar con ella.

«Mi iniciación en la literatura tiene que ver con un entorno, una casa, un padre y una abuela, que fueron fundamentales en mi formación literaria. Escuché los clásicos antes de haberlos leído, en la voz oral de mi padre, que era un gran narrador, y de mi abuela, que recitaba poesía de Rubén Darío o de García Lorca», recuerda. «La literatura, en mi caso, ha sido una búsqueda vital. No hice nada para merecerla. Ella estaba ahí».

«Cuando escribo, busco sanarme. En Bolivia le decimos ajayu al espíritu. Al escribir, dejo el ajayu y luego lo recupero. Lo más importante, en mi proceso, es el espacio lúdico, el tiempo que paso construyendo trampas, sembrando el silencio. Me gusta escribir para un lector inteligente, lento, capaz de volver atrás en la historia, de detenerse, de subrayar lo escrito con tal de encontrar las pistas sueltas y los objetos ocultos. En el fondo, es el tipo de lector que creo que soy», afirma sobre su proceso creativo.

Magela se siente cómoda en las distancias cortas y prefiere los géneros fulminantes, como la poesía y el cuento, al que considera un espacio creativo privilegiado. Como escritora, se toma su tiempo y puede pasar meses, o incluso años elaborando un cuento. Trabaja en varios planos, varios pliegues, y varios niveles, con alegorías y elementos simbólicos. Pero, como explica la autora, esto no siempre es intencional. «Yo sí trato de escamotear –quizá es mi raíz o mi relación con la poesía la que está jugando ahí– eludir y aludir, pero sin duda algunas veces uno no es consciente de lo que termina ocurriendo».

La composición de la sal es una colección de cuentos que habla de relaciones humanas, del amor y de los abuelos, del legado de los mayores y la mirada de los padres, de migraciones y traslados. Cuentos que nos llevan a Buenos Aires, París, Barcelona, La Paz o a las profundidades bolivianas en pos de la sanación ancestral de los kallawayas. Narran situaciones cotidianas, donde aparentemente no pasa nada, para desembocar en finales inesperados, abiertos, que dejan al lector con una sensación  de profunda sorpresa e incomodidad y le invitan a completar la trama bajo las líneas de su argumento, apelando a su propio pasado.

La sal es, para la autora, «una metáfora poética de la vida, de la composición de los personajes y, probablemente, de mi composición como escritora también. Es un elemento mineral ambivalente, neutro, que puede sanar, curar, o lastimar, avivar las heridas, lacerar y, eventualmente, incluso matar».

El cuento que le da el nombre a la obra, y que dedicó a sus padres, «nació de una imagen que me cautivó y me sigue cautivando por su belleza, de un hombre viejo –mi padre– que llora sin poder contenerse. A esta imagen se suma un cartel que encontré en el centro de Quito, que decía: ‘Se cura el espanto. Se dan baños de alegría». 

Para Magela existía una conexión mágica entre las dos cosas y es en la búsqueda del origen de su llanto que este hombre encuentra la clave: el llanto se cura dándose un baño de mar. «Pero esta receta resulta imposible para un boliviano. No tenemos mar», recalca.

«Solo después que lo escribí entendí que ese hombre había encontrado algo diferente. Que, para los bolivianos, todo se resolvería si recuperáramos el mar. Que su proeza personal era contener el agua, pero, como todos sabemos, el agua no se puede contener».

En cuanto a la importancia del Premio García Márquez, Baudoin siente que el galardón le abre las puertas a la literatura boliviana, que pasa desapercibida entre los grandes escritores de nuestro continente y ha supuesto, para ella, una difusión muy grande del libro en toda América Latina y en Europa. La obra va a publicarse próximamente en los Estados Unidos. «Es un premio y trato de verlo como no más que eso. Prefiero no creérmelo tanto y volver a escribir, que es el lugar donde se puede honrar mejor una situación extraordinaria como esta que hoy estoy viviendo».

“La cinta roja” (fragmentos)

«Aquel día se había presentado luminosa con el cabello suelto y liso, la risa fácil y un clavel rojo atado a la pretina de los pantaloncitos cortos que destacaban sus caderas evidentes. Rebeca tenía catorce pero hacía mucho que había dejado de ser una niña. Quizás no había tenido niñez alguna y había nacido directamente en la vida adulta, pensé, mientras Natalia explicaba, según le habían dicho los expertos, que la chica provenía de una cultura originalmente concupiscente. Tratamos de desentrañar qué querían decir los expertos con “concupiscente” y tradujimos así: un pueblo amazónico de cazadores, nómada, tejedor, en el que las virtudescarnales son virtudes cardinales».

«(…) La pobreza puede molerlo todo: las niñas indias se entregan por exiguas cantidades de monedas, desde edades impronunciables, en los márgenes urbanos. ¿Y cuánto es una cantidad exigua?, pregunté. Natalia contestó sin poesía: Son dos pesos».

«Su voz fatigada me hizo pensar en la nieve, en el dolor de mi piel congelada y en la desaparición del hielo convertido en agua. En La Paz. Al contrario que Rebeca, yo había salido de la infancia tarde, cuando me fui a estudiar con mi hermana a La Paz. Es verdad que no era precisamente una niña; lo mío era, en realidad, una adolescencia aniñada de pueblo que yo padecía como una enfermedad. Diecisiete años es un poco tarde para un chica citadina, pero no para una muchacha de provincia, demasiado cuidada y demasiado apurada por saltar».

«No podría decir que abrí las alas como lo hacen los pichones cuando están listos. El mío no iba a ser un vuelo a favor del viento y sin batir alas. Cautela es algo que nunca tuve y menos en aquellos días en los que cualquier precaución hubiera sido una afrenta a mi lustrosa libertad. Lo mío iba a ser un vuelo feroz, aerodinámico, en picada; un salto violento hacia lo desconocido, un vuelo rasante por la ciudad, por todo aquello que moría no solo por ver sino por probar». 

«(…) De lo único que he podido acusarla, cuando he tenido ganas de estar muerta, es de salvarme, de haberme puesto la nieve que cogió del techo de un auto en las mejillas para que no me desmayara. La nieve y su voz cada vez más lejana: ¿Qué tienes, nena? ¿Qué te han hecho? ¿Qué les voy a decir a papá y a mamá? Y yo: Nada, no les dirás nada, júramelo».

(La composición de la sal, Plural Editores, 2014 © Magela Baudoin) 

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