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Latitud 10 de Diciembre de 2017

El conflicto de la literatura

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Fotografía intervenida de Dimitris Glouftsis.

Joaquín Mattos Omar

Una mirada crítica al papel político que deben asumir los escritores frente a la violencia y demás temas de interés colectivo que atraviesa un país.

Lo primero que debe hacer un escritor es escribir bien. Un mal escritor no puede ayudarle a causa alguna.
Elena Poniatowska 

¿Cuál es el rol que desempeñan la literatura y el arte en la construcción de la paz en Colombia, o en la solución del conflicto colombiano? La pregunta, que se viene planteando desde hace ya tres o cuatro años en los términos textuales en que la acabo de formular, tiene para mí, pese a que se refiere a un hecho de la más intensa actualidad, el regusto rancio de una cuestión pretérita, discutida y vuelta a discutir por años y años y sobre la que los interesados (al menos, los más lúcidos) parecían ya haber llegado a conclusiones claras, dándola, pues, por superada.

Se trata, en efecto, de una nueva versión o avatar del viejo debate sobre la función social del escritor y del artista en general, sobre el compromiso de la literatura y el arte, debate que, a lo largo del siglo XX, alimentó toda clase de foros, encuentros, conferencias, ensayos, artículos de prensa, tertulias y reuniones de café. En aquellos años, como en Colombia y en América Latina no era precisamente la paz (en su sentido simple de no existencia de lucha armada) la causa que defendían los sectores progresistas de la sociedad, sino, por el contrario, la insurrección armada orientada a la consecución del objetivo supremo, que era la revolución socialista, lo que se les pedía entonces a la literatura y al arte era el compromiso con la revolución, la asunción del deber revolucionario. Ello dio lugar, en el caso concreto de la literatura, a tendencias (o etiquetas) tales como el realismo socialista, la literatura de denuncia, la literatura contestataria, la novela social, la novela política, entre otras, a las que hay que agregar una específicamente colombiana: la novela de la violencia.

Muchos escritores, que decidieron hacer militar su creación en estas tendencias, se ‹rompieron la crisma›, literariamente hablando. Tal expresión fue la que utilizó justamente Gabriel García Márquez con el fin de referirse al grave riesgo de descalabrarse que corrió su propia escritura de ficción cuando él estuvo a punto de lanzarla por los abismos del compromiso político. Resulta pertinente poner en contexto esta afirmación suya, que expuso en El olor de la guayaba (1982), el libro de conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza.

García Márquez recuerda que, cuando publicó La hojarasca (1955), «Colombia vivía una época de persecuciones políticas sangrientas», por lo que sus amigos de izquierda le reprocharon: «Es una novela que no denuncia, que no desenmascara nada». El joven narrador, aquejado por el sentimiento de culpa, llegó a pensar que debía, pues, ocuparse de la realidad política inmediata del país, apartándose de sus ideas literarias iniciales según las cuales ‹toda buena novela debía ser una transposición poética de la realidad›. Fue entonces cuando corrió el riesgo del mencionado descalabro, lo que, por fortuna, no sucedió nunca porque García Márquez, tras una larga reflexión, comprendió que su compromiso no era con la realidad política y social de su país, «sino con toda la realidad de este mundo y del otro, sin preferir ni menospreciar ninguno de sus aspectos». En el plano personal, es decir, en cuanto ciudadano, siguió militando en el socialismo, pero tenía claro que la literatura comprometida, «lejos de apresurar un proceso de toma de conciencia, lo demora», y que «dictar normas a los escritores sobre lo que se debe o no se debe escribir» constituye «una posición reaccionaria en la medida en que están imponiéndole restricciones a la libertad de creación». A continuación de lo cual concluyó: «En realidad, el deber de un escritor, y el deber revolucionario, si se quiere, es el de escribir bien».

Escribir bien, para un escritor, significa elaborar un texto que alcance con la máxima plenitud posible la condición de artefacto artístico o estético. Esa es la finalidad del artista literario porque la obra de arte, como ya otros han señalado, es un fin en sí mismo y no puede, por tanto, ser utilizada como instrumento para ningún objetivo extraliterario.

Lo anterior no quiere decir que la literatura así concebida tenga que caer necesariamente en el campo de lo que despectivamente se ha llamado ‹esteticismo puro› o ‹arte por el arte›, ni que el autor que la ejerza ha de vivir encerrado en la llamada torre de marfil, ajeno por completo a la realidad. Ninguna literatura puede ser por completo ajena a la realidad porque, incluso la fantástica, incluso la más inventiva, utiliza siempre como materia prima la realidad (de hecho, la realidad, desde el punto de vista de los mejores creadores literarios, es asumida sólo como un medio para hacer literatura). Pero al respecto hay que dejar bien establecidos tres puntos: 1) tal como lo decía García Márquez, el escritor tiene absoluta libertad para elegir la realidad que quiera expresar, y no se le puede limitar a ninguna en concreto; 2) todo buen escritor reelabora y combina los elementos de la realidad para crear un mundo específico propio, que se erige como una realidad imaginaria alterna a la realidad real u objetiva; 3) teniendo en cuenta este segundo punto, el discurso literario no se puede juzgar según las mismas nociones que se aplican al discurso referencial, informativo o cognoscitivo, o al logos apofántico (para usar la expresión de Aristóteles), esto es, no se le puede juzgar como verdadero o falso, ni, por tanto, como justo o injusto, como moral o inmoral.

Dicho todo lo anterior, creo que los escritores que apoyamos el proceso de paz en Colombia podemos y debemos actuar, en tanto que ciudadanos y en tanto que intelectuales públicos (en el caso, que no es el mío, de aquellos que al mismo tiempo poseen y ejercen también esta última condición), en los espacios y tribunas cívicos y mediáticos adecuados para ello, a favor de la consolidación plena de dicho proceso y del desarrollo de las transformaciones sociales y políticas que él implica.

Pero difiero de quienes pretenden asignarle a la creación literaria un papel en el proceso de paz, utilizarla como una herramienta más entre las tantas destinadas a la buena gestión del posconflicto. No se puede, hay que repetirlo, asignar al escritor la expresión de ninguna realidad en particular, pues eso sería restringir su libertad de creación.

Ahora bien, si en ejercicio de esta libertad inalienable e inviolable, un escritor escoge como tema de su creación algún hecho relacionado con el conflicto y el posconflcito, y lo hace como resultado de una necesidad profunda, se trata de una decisión legítima. Pero resulta erróneo comprometer al escritor a hacer parte de una misión o un movimiento colectivos encaminados a producir una literatura sobre la paz para fortalecer el proceso de erradicación del conflicto armado en Colombia. Al escritor no hay que imponerle programas estéticos.

La creación literaria es una actividad absolutamente individual y solo las obras que responden, desde su germen más profundo e inconsciente, a esta individualidad tienen la posibilidad de constituirse en verdaderos logros. Hay que insistir en que no tienen que ser de suyo obras escapistas o narcisistas, sino que también pueden ser obras que reflejen los grandes movimientos o problemas públicos del entorno histórico (por lo demás, por muy personal y abstracta que sea una obra, siempre será –siquiera por su lenguaje– un reflejo de su tiempo). Basta citar un ejemplo harto elocuente: Cien años de soledad. Esta novela constituye la más grandiosa producción de la literatura colombiana y todos están de acuerdo en que es la que mejor y más amplia y hondamente caracteriza no sólo la nacionalidad colombiana, sino incluso la historia y la idiosincrasia latinoamericanas. ¿Y saben ustedes qué se propuso García Márquez al escribirla? Óiganlo en sus propias palabras y consideren si puede haber un propósito más personal: «Quise sólo dejar una constancia poética del mundo de mi infancia».

En definitiva, impulsar la implantación o aclimatación de una paz firme y duradera en el territorio colombiano es un crucial objetivo al que debemos sumarnos activamente como ciudadanos, cualquiera sea el oficio que desempeñemos, cualquiera sea la posición que ocupemos en la sociedad, ya sea en la base o en los distintos roles de dirección y liderazgo. Pero no es justo librar a Colombia de un largo y terrible conflicto, creándole al mismo tiempo a la literatura otro en el que no tiene por qué ser embrollada.

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