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Latitud 12 de Noviembre de 2017

El carnaval en el Caribe colombiano

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Disfraz de burro.

Álvaro Rojano Osorio

Fragmento del libro ‹La Música del Bajo Magdalena›, de la editorial La Iguana Ciega.

El carnaval genera su propia historia, su propio mito fundacional, su propia inserción en el desarrollo de la modernidad global (…) Las investigaciones históricas sobre las diferentes celebraciones carnavalescas dan cuenta de un proceso fragmentado, que procede por saltos, brincos, largas etapas de decadencia y repentinos resurgimientos, períodos de auge y largos lapsos de olvido.

Disertaciones sobre los orígenes del carnaval y su dispersión por la Región Caribe apuntan a Cartagena y Santa Marta, que estuvieron en medio de una intensa actividad de intercambios económicos, culturales y demográficos a lo largo de la historia colonial y republicana.

Cartagena fue un puerto colonial donde se encontraron pueblos de diversas costumbres y memorias asimétricas, resultados de procesos de conquistas, traslados y despojos.

Los carnavales en Cartagena fueron perdiendo popularidad desde la guerra de Independencia, y terminaron por extinguirse después de la manumisión de los esclavos, lo cual coincidió con la supresión de estas fiestas por parte de la Cámara de la Provincia, que decretó que solo se celebrarían las fiestas del 11 de noviembre, y prohibió cualquier celebración distinta de esta fecha.

Fue esta celebración en Cartagena la que fue a ubicarse entre los pueblos que surgieron a lo largo de las orillas del Magdalena, subregión río. Para ello resultó importante tener un vecindario compartido desde Sitionuevo hasta Plato, con la antigua Gobernación de Cartagena, y después con los departamentos de Bolívar y de Atlántico. Pero para que las carnestolendas invadieran la cosmovisión del riano jugó un papel importante la difusión de estas fiestas a través del Canal del Dique. Por este y el río Magdalena viajaron y viajan tradiciones, la parafernalia, la música, las danzas que, acondicionadas o reelaboradas, se han ido sumando al universo cultural regional.

Pero para que el Canal y el río fueran la vía por donde viajaron los elementos que conforman el universo cultural de los habitantes del Bajo Magdalena se necesitó de un ingrediente: las corrientes migratorias humanas. En principio, y como lo veremos adelante, la banda oriental del río fue copada por personas provenientes de la banda occidental del mismo, habitantes de la Gobernación de Cartagena. Mudanza que permitió el traslado de un lado para otro de costumbres, historias, formas culturales, en fin, todos los elementos que estructuraron la identidad de los habitantes de la subregión río.

Las primeras fiestas del carnaval en la región de análisis debieron celebrase en la villa de Tenerife, en San Joaquín de Barranca Nueva del Rey, Campo de la Cruz y Barranca Vieja. José María Núñez Molina en su libro Historia de la Villa de San Sebastián de Tenerife (1982) destaca como fiestas tradicionales y de origen colonial las de san Sebastián, carnavales y Corpus Christi, que aún se festejan en la cabecera municipal.

Para los españoles, primeros habitantes de Tenerife, los carnavales no eran nuevos, porque en España esta fiesta, evocando su herencia de las saturnales, que dejaban en libertad temporal a los esclavos, permitía la participación de moros y negros conversos.

En 1770 el carnaval, con memorias europeas, antifaces, disfraces, minué y contradanza, ya estaba instalado entre funcionarios y militares coloniales.

Durante la Colonia la primera festividad organizada que incorporó elementos folclóricos fue la procesión del Corpus Christi, en la que la intención piadosa coincidía con caballos, toros, bailes y disfraces, en lo que podría constituirse en la semilla del carnaval. Sin embargo, en un documento encontrado por funcionarios de la Unesco en el Archivo General de Indias, en Sevilla (España), se advierte que en Santa Marta para 1580 ya se festejaban los carnavales.

Para el ensayista Paolo Vignolo, los carnavales son una esponja que va absorbiendo la riqueza cultural, las tradiciones culturales, los fermentos artísticos presentes en determinado territorio hasta determinar una forma específica en precario equilibrio entre tendencia cosmopolita y realidades locales.

En Salamina, el músico Víctor Maestre sugiere que el origen del disfraz de ‹Monocuco› está en esa población. Recuerda que en los carnavales era tradicional la utilización de capuchones fabricados de tela de saco de variados colores. Las mujeres lo usaban combinándolo con cascabeles o sonajeros que lucían en el cuello, y en la mano llevaban además un trozo de madera con el que evitaban ser despojadas del antifaz. Detrás de los disfraces sonaba un tambor e iban cantando versos: Monocuco guayabero/ Saca presa del caldero/ Bebe leche y embustero/. En Pedraza se generalizó la utilización del antifaz de ‹Monocuco›. La comerciante Griselda Fernández Molinares adquirió varios en Barranquilla que enumeró para arrendarlos a los interesados en usarlos.

Aún en Tenerife y Plato danzan El Gallego y Los Coyongos. De la primera danza se ha establecido una relación con la burla a los nativos de Galicia, al que identifican como un hombre de nariz grande, ojos verdes, de contextura gruesa, vanidoso, alegre, mujeriego; de ahí que después de la independencia de nuestro país quedó la gracia y el encanto de esta danza en el carnaval.

El Carnaval de Nervití se mantiene vivo; la familia Meza no ha dejado que sus tradiciones mueran en medio de la actualización de la que vive esta fiestas, tal y como lo dice Montoya Bonilla, citado por Paolo Vignolo. Tradición anterior al tiempo en que Pablo Meza fabricaba los disfraces y organizaba las danzas, que aún se bailan durante los cinco días de carnaval. Su hijo Abigaíl Meza, rey Momo del Carnaval, junto con su prole, compuesta por hijos, nietos y bisnietos, y otras personas de la localidad, preservan y ponen en escena, en el contexto local, las danzas de El Gallego, Son de Indio, Las Pilanderas y el Baile de Negro. 

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