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Latitud 12 de Marzo de 2017

El amor y la palabra son gasolina

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Ezequiel Quintero Gallego

A propósito de ‘A la casa del chico espantapájaros’, libro de John Better.

Recientemente ha aparecido bajo el sello de la editorial Emecé la novela A la casa del chico espantapájaros, del escritor barranquillero John Better. Una combinación de memoria e imagen a través de los ojos de un personaje llamado Greg. La narración se estructura por capítulos cortos y en su mayoría ahonda en los recuerdos de la infancia. Barranquilla es la ciudad indeseable y habitada por el calor donde Greg escribe en sus cuadernos para sostener los recuerdos por medio del registro escrito de sus vivencias. Algunas historias se evocan desde el diario y otras están en un plano presente. Un cuadro de perros jugando al póker, el misterioso Hombre sin Pigmento y la relación conflictiva con una madre histérica que no acepta la orientación sexual de su pequeño hijo son algunas de ellas. A su vez, como un espíritu que lo permea todo, hay algo que mantiene vivos a los personajes, una «cosa que ardía como el petróleo. Algo que incendiaba nuestras vidas. Un elemento inflamable que se sumaba al miedo, la frustración y el abandono que nos embargaban por aquellos años. Esa cosa era el amor» (p.p. 14). Palabra contundente para la literatura colombiana, que en gran parte está marcada por signos contrarios como la muerte, la guerra y la violencia.

La narrativa en Colombia tiende a ser cada vez más fragmentaria, como lo muestra la novela de Better. Este tipo de narraciones renueva las formas de contar desde la perspectiva local, pues ya no se trata solo de relatar desde las influencias norteamericanas y francesas. Aunque en Better haya rasgos de la escritura de Carver y de Capote, la magia latinoamericana de la calidez de los pueblos y la doble ficción de la realidad dan un toque magnífico a aquella historia realista y por momentos fantástica. Greg, el chico espantapájaros, tiene la cabeza llena de paja, no como un artificio del realismo mágico sino como la condición involuntaria de una vida hiperbólica que se diluye con la imaginación.

A la casa del chico espantapájaros es un viaje al origen de los recuerdos. En un pequeño patio, el Greg narrador se encuentra con su infancia y su adolescencia alternadas con la adultez. En el plano presente Greg convive junto a Sandy, una intrusa que irrumpe en su casa como aquellas mujeres de Truman Capote que aparecen en el momento menos esperado, y con WC Boy, un muchacho motociclista que lo ama y lo defiende. Greg, desde la vida adulta, evoca imágenes en su casa del barrio Las Nieves, en Barranquilla, cuando vivía con su madre y su abuela. El descuartizamiento de gallinas, sus primeros acercamientos eróticos, algunos amigos de la escuela y festividades como Navidad o Halloween, saltan a los ojos del lector y se hacen pequeñas imágenes en un río inacabable de recuerdos.

Un elemento novedoso en su narrativa es la música como condición vivencial de sus personajes. Greg conoce a profundidad a David Bowie, The Clash, Nina Hagen e Iggy Pop. No es el ya clásico vallenato o la salsa caribeña de nuestros escritores. La rumba con Better no es una exploración juvenil como en Andrés Caicedo –autor con el que se le compara en la cintilla promocional del libro–, sino que nos adentra en una dimensión cómica pero a la vez densa y confusa, hasta el punto de hacernos sentir fracasados en medio de la pista de baile. En un pasaje sobre la honda compenetración de la música, dice: «Ver un paisaje correr por la ventanilla de un vehículo en movimiento mientras oyes una canción es un asunto de abstracción. La cinta vegetal del panorama se enlaza con la magnética que rueda por el TDK dentro de la casetera» (p.p. 196). Con la prosa de Better se logra por momentos vivir esa compenetración, y tal vez por eso su novela tiene destellos de lucidez, además de ser importante porque ahonda en los planos de la memoria y nos trae elementos fragmentarios, microrrelatos inconclusos, historias que nunca acaban, pero con las que siempre se podrá comenzar.

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