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Latitud 06 de Noviembre de 2016

Donjuán ciberespacial

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Ezequiel Quintero Gallego

Una reseña de la obra del escritor payanés Andrés Mauricio Muñoz cuyo tema central gira en torno a las pasiones humanas en nuestra era digital.

Es imposible no sentirse afectado por la reciente novela de Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, Colombia, 1974). Lo digo por los sentimientos encontrados y los momentos vividos a través del Messenger. Sé que no es usual que el reseñista se introduzca de manera descarada en la reseña de un libro, pero la contundencia de su argumento me obliga a meter las manos al fuego. Con la llegada de la era digital se han creado en el mundo nuevas formas de comunicación, y gracias a esta ficción del escritor colombiano, las generaciones marcadas por el boom del Internet sentirán un aire de nostalgia.  
 
El último donjuán retrata las pasiones humanas inventadas a través del ciberespacio. En ella se construyen pequeñas historias que se van mezclando en el silencio de la red. Ante nuestros ojos aparece un niño que observa inquieto a su tía cuarentona hablando por webcam con un hombre que llama su “novio” y vive en Estados Unidos. Acto seguido, como si fuésemos pasando canales, un marido sorprende a su mujer siéndole infiel con alguien del otro lado del monitor; una joven fracasada intenta resolver los problemas amorosos de su hermana por chat, un hombre es cautivado por las provocativas sesiones eróticas con una mujer, y un padre es destruido por el suicidio de su hija preadolescente. Al final, cada una de estas vidas se va desarrollando para hablarnos de un misterio.
 
Portada de su libro publicado en 2016 por Seix Barral. 
 
 
Andrés Mauricio sitúa su novela en los años 2002-2003, y usted recordará que por ese tiempo –antes que Facebook y WhatsApp– apareció en la web un programa de mensajería instantánea ligado al correo electrónico de Hotmail llamado MSN Messenger. Ese programa cuyo ícono eran dos muñecos, uno verde y el otro azul, hermanados por una mariposa multicolor, es el hilo conductor que atraviesa la trama. Con prosa cinematográfica y de acción precisa, el lector se encontrará con uno de los prodigios de la narración literaria: dejar de sentir que se lee para comenzar a ver. Sin embargo, sería muy simplista decir que este programa es el único gran tema de la novela, pues más allá de esto reside la condición humana y su sentimiento más complejo: el amor. Los personajes aman a otros que creen como ellos detrás de una pantalla, temen ser abandonados y buscan afecto por medios virtuales ya que en la realidad sus seres queridos están cada vez más lejos. 
 
El o la Internet –pues la ambigüedad de su naturaleza nos indica que puede tomar cualquier forma– duerme en nuestras casas, nos ayuda en el trabajo, permite que hablemos con personas a larga distancia y encontremos la sensación del abrazo para jamás estar solos. Internet nos permite la suplantación de la personalidad, la máscara griega elevada a su exponente más grotesco. Si en la vida real aparentamos ante los otros, con la virtualidad desarrollamos todas nuestras personalidades y nos hacemos sujetos de mil caras. Por esto, no puedo dejar de imaginar a Andrés Mauricio sentado frente a su computador, inventando en un acto paradójico de escritura, las vidas de sujetos que como él ocultan su rostro tras el brillo blancuzco del monitor.
 
Este libro deja de manifiesto que en la aceleración del mundo convulso, las cosas caducan de la noche a la mañana y existen temas que no se pueden dejar pasar. La literatura, querámoslo o no, ya está planteando los interrogantes del tercer mileno, y la virtualidad es uno de ellos. Este caballo troyano hecho de códigos binarios llamado novela ha franqueado los muros del canon literario. Tal vez Juan Esteban Constaín no esté tan alejado de la realidad al nombrar a Andrés Mauricio Muñoz como el posible mejor narrador de su generación. 
 
Mientras termino de escribir esta reseña, voy cerrando una a una las pestaña del navegador, grabo lo hasta ahora escrito y dejo cada archivo en su sitio. Aunque se apague la pantalla, siento que esta novela no se ha acabado, que el último donjuán somos todos, cada noche aferrados a la máquina, buscando una razón por la cual vivir. 
 

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