EL HERALDO
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Latitud 18 de Diciembre de 2016

Desaparece la nostalgia

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Foto: Archivo particular

Dibujo de Edward Walhouse Mark.

José Deyongh Salzedo

Con su pelo largo y desordenado que inútilmente trata de domesticar con unos amarres de urgencia, sus botas de media caña, y la guitarra al hombro, Martín tiene la apariencia de un ingenuo romaní, esos gitanos que vinieron desde Holanda y se asentaron un tiempo en las islas, en Aruba, en Curazao, hicieron el mismo camino de Martín y Pedro y se establecieron, poco antes que ellos, en La Esmeralda, una hacienda de buenos pastos en San Fernando, a pocos kilómetros, río arriba, de Mompox.
 
Hicieron fama las noches de borrachera de los romaníes cuando llegaban de San Fernando a negociar sus caballos, bien alimentados y de buen trote, hábiles para las compras y más hábiles todavía para vender y para danzar. Todos los bailes están en su repertorio, diestros y rápidos en el zapateo no tienen límites en esas artes. 
 
La música era una fórmula que usaba para proponer una cercanía, en sus diversos tonos era ducho para alzarse una buena amistad o un cariño pasajero. En La Esmeralda Martín tuvo novia, y también en Hatillo de Loba, en Menchiquejo, en Guataca, en Cicuco, en Talaigua, donde tuvieran una celebración religiosa, se lucía con sus dotes, esas notas altas que le salían del corazón. Se emborrachaba de buena gana en todas partes, y su vida era una rueda sin freno aumentando su propósito de corregir el rumbo, de calmar la sed de la parranda, de encontrar el juicio, de hacer conciencia de su nueva realidad.
 
Poco era lo que podía hacer ante las ofertas de esos caminos. Entonces se montaba en uno de los champanes en la rutina de esos viajes mixtos de carga y pasajeros que unía los pueblos del río, con su afición creciente por las ruedas de fandango. Le gustaba la alegre manera de ser de los aldeanos, los negros habían aportado los rituales de sus cantos y sus palmoteos y sus tambores, pla, pla, pla, sonaban las palmas, y respondían los cueros tum, tam, tum, tam, y una sombra en el centro de todo, contoneándose frenética, tan ágil, tan rápido que apenas si se le ve la cara, todo el frenesí está en la cintura, el peso del cuerpo descansa en las rodillas y estas se doblan, se quiebran, se salen del cuerpo. Martín es un asombro, sus ojos captan, aprenden, memorizan todo. Corría por sus venas sangre andaluza, es cierto, y los andaluces habían hecho mezcla con los indígenas y con esos africanos que no querían más sujeciones, que responden a las órdenes de los amos con sus lamentos que son gritos de batalla, gritos de libertad, de esa suerte triste ha resultado este baile que ahora se expande en los cuerpos de otras razas, así nace el bullerengue, así la cumbia, y así el currulao, y el bunde es otro distinto del que desembarcó con los castellanos, se agregaron las notas africanas en el sonido del tambor y las destrezas de movimiento en el cuerpo. Los indígenas hacen sonar los carrizos y ya no son lamentos, son alientos que se escapan con notorio acento festivo, ya casi se ve venir en las celebraciones la cumbia, el rito que ahora convoca la fiesta, cumbia que es mezcla de razas, Martín toma nota, y registra. La música es importante para la salud, escribe en su letra dispersa pero organizada, pequeña, y de buena caligrafía. 
 
De día también está activo en sus observaciones, solo que cambia la orientación de las pesquisas: arranca de raíz los matorrales en los caminos, mete en su mochila plantas diversas, siguiendo las orientaciones de los teguas, y las clasifica por el tamaño, el aroma, y por sus características medicinales. Indaga por los recursos del monte para sanar, las hierbas, los linimentos, los bejucos, los troncos, las cocciones, los preparativos, las hojas, así hace su propio aprendizaje en la botánica curativa. Martín es inquieto recorriendo los caseríos del contorno, busca en la música las curaciones del espíritu, de la soledad, del abandono, y busca en las plantas la música para la salud, los paliativos para la suerte diversa, las frustraciones, las ambiciones sin realizar, los trastornos de la falta de atención, los defectos de la razón. 
 
Era sábado por la mañana cuando regresó a Mompox. Desembarcó del champán en el puerto de Las Cruces, se acomodó la boina y apresuró sus pasos para llegar al hostal. Cuando entró, el aroma de café se metía por todos los rincones de la casona, Pedro estaba en la cocina mirando las delicias que preparaba Etelvina. Ese sitio, aunque rústico, era en los últimos días su lugar preferido, allí la hostalera lo convocaba con el magisterio indiscutido de sus saberes ancestrales, a su buen gusto agregaba un enorme deseo por hacer las cosas bien desde una serena paz que brotaba de sus poros. 
 
Pedro aprendió, con sus buenos modales, a saltarse la cerca con que ella se defiende de las imprudencias. Preguntándole unas veces, y en otras siendo obsequioso con sus recetas, va conociendo los secretos de su cocina, poco a poco gana su confianza. Él mismo le hace comentarios acerca de los modos de sus preparaciones en España y sus diferencias con la cocina criolla, eso les da ideas que mezclan con los ingredientes que son semejantes o con los que inventan para acercarlos en una especie de fusión, cuyo resultado son exquisitos platos que ellos bautizan con nombres originales. La nostalgia que invade su corazón por aquellos desafueros pasados va quedando en el olvido a medida que los días transcurrían en la pequeña y aristocrática localidad. 
 
—¡Hola Martín, cómo estas!, —le dice Pedro, con entusiasmo, al tiempo que sale de la cocina para estrechar a su hermano en un abrazo. Esa mañana con el trajín de las parrandas dibujadas en su rostro, se quedó mirando a Etelvina y a su hermano, sin decir palabra alguna, su apariencia era la de un judío errante navegando entre el elixir del alcohol. Daba la sensación de que su proceder aromado con el perfume etílico era una manera de esconder el pasado. Solo que, sin darse cuenta, en esa loca aventura de cantarle a la vida y a la noche había quedado sin fuerzas y, su alma se fue secando para decirle que era necesario buscar un atajo para salirse del laberinto en que se encontraba. 
 
Etelvina lo había aprendido a querer como el hijo que no tuvo. Le preparó un caldo a base de pescado que según ella tenía fama de resucitar a los muertos, que Martín apuró con cara de arrepentimiento después de haber dormido en la hamaca cobijada por la sombra del inmenso árbol de caucho. 
 
Con una mirada comprensiva, la hostalera le dijo en un tono maternal que le salió desde muy adentro del corazón, que era necesario que su vida tuviera otro rumbo. 
 
Con la certeza de haber encontrado la solución para las miserias de su cuerpo, esas palabras taladraron todo el día su cerebro. Al principio no lo lamentó pues encontraba diversas razones para explicarse su afición por la bebida, por las mujeres, por la mala vida, y se encontraba con la justificación de esas alegrías que le brindaba su guitarra, pero todo eso quedaba sin piso cuando miraba frente al espejo su propia realidad. Tenía casi tres años allí y aún pocos recursos para emprender el sueño español en estas tierras, casi nada, de modo que empezó a alimentar la idea de hacer un alto en ese camino turbulento por darle gusto a Etelvina, que era dárselo a su hermano y, de paso, a él mismo también. Para corroborarlo, se cortó la coleta y se deshizo de la boina. 
 
Había aprendido el arte de preparar fórmulas esenciales para curaciones de los males corporales al lado de su padre en Toledo, una experiencia acumulada por años que vio posible reactivar para comenzar a proyectarse de manera útil en esa próspera parroquia colonial. La navegación por el río de la patria era el único camino para llegar a esos puertos que se convirtieron en un eslabón importante en la lucha por la emancipación, y Mompox no se escapaba de esos acontecimientos. Las murallas que miran hacia el río se convirtieron en testigo de los hechos puntuales, cuyas fechas quedaron reseñadas en forma de pergaminos para no olvidarlas jamás. En las embarcaciones que entraban al puerto en su recorrido hacia la población de Honda, donde culminaba la navegabilidad, llegaron los primeros pedidos de Martín para equipar la botica en un predio en La Concepción, la más importante plaza por su cercanía con el río y, porque a ella llegaban los mercaderes y parroquianos a proveerse de víveres, frutas y demás viandas. 
 
San José fue el nombre que ilustró la tabla de madera que le sirvió de aviso, un rótulo que se proyectaría en refugio de quienes buscaban curas para el cuerpo pues, en su rutina diaria preparando las fórmulas médicas que los galenos le enviaban, se enteró de la vida de todos aquellos que lo buscaban con la ilusión de darle remedios al mal que los aquejaba. Hablaba con sus pacientes, con esa gracia que le era característica, mientras mezclaba las fórmulas químicas, luego llevaba esos preparativos a una balanza diminuta para distribuirlas en un mismo peso y, finalmente, las envasaba en pequeños envoltorios de papel que marcaba con su puño y letra.
 
Así dejó de ser aquel hombre andariego y amigo de las noches sin fin, para convertirse en un ser de luz, que menguaba dolencias con sus fórmulas mágicas ambientadas con los inconfundibles aromas del cloroformo y el alcanfor. 
 
Tuvo muchas más ocurrencias que distrajeron su tiempo. A Pedro y Etelvina les dijo que estaba construyendo un alambique para preparar un aceite esencial que obtendría de la destilación de zumos de algunas plantas. Le daba vueltas la idea de producir sus propios medicamentos. 
 
También tuvo la ocurrencia de preparar algunos filtros para destilar alcoholes, primero para producir algunas colonias o perfumes a partir de las fragancias de algunas flores. Por esa vía, destilando y vaporizando luego algunos jugos de las especies frutales de la región llegó a obtener un licor aromatizado con el perfume que obtenía de las flores del entorno. Con la carne fresca del mamey o de la piña o de la caña de azúcar, y con sus cáscaras logró destilar sus esencias de alcohol convirtiéndolos luego de la mezcla con saborizantes en un licor que ganó la aceptación pronta entre los consumidores de esa estancia. Tominillo fue el nombre de marca que escogió, el mismo que usó su padre cuando preparó la fórmula en Toledo. 
 
Cuando el sol se dormía sobre los tejados de la ardiente población y las sombras de la noche aparecían, tomaba la guitarra para entonar canciones, cuyas notas se perdían en los rincones ausentes de esos callejones untados de historia. Nació así una tertulia interminable, donde llegaron todos aquellos que hablaban en el lenguaje de los poetas y le escribían al amor. Renuente a la pasión con obligaciones, se dedicó hasta el final de sus días, a ser un amante que aparecía un día y se perdía el otro, para dejar a su paso corazones rotos, que él mismo endulzaba con las notas mágicas de su guitarra y su melodiosa voz. Era un picaflor al que las mujeres adoraban por ese encanto natural que lo hacía ver como una criatura angelical. 

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