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Latitud 16 de Abril de 2017

Del viacrucis feliz de Derek Walcott en el Caribe colombiano

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Ariel Castillo Mier

El Nobel antillano vino acompañado de su tercera esposa, su exalumna Sigrid Nama, galerista de arte en Nueva York, una holandesa políglota de origen alemán. En algún momento, se les acercó la responsable de las Relaciones Internacionales del Plan Caribe de la Vicepresidencia de la República, Marcela Londoño, caribeña nacida en Bogotá, encargada de recibirlo junto con Ana María Aponte, de la Vicepresidencia; Camilo, guardaespaldas, y Shirley, la motociclista cuya misión local era la de seguir al Nobel a todas partes. Walcott le indagó a Marcela, de sopetón, y de paso rompió el hielo sin más preámblos: 
 
–¿Tú cómo te llamas? 
 
–Marcela Londoño. 
 
–El mío es Derek. 
 
–¿Quiere decir que puedo llamarlo Derek? 
 
–Claro. Yo no te voy a decir Miss Londoño.
 
En el camino hacia la Feria, algo que le llamó la atención a Walcott y le produjo nuevas carcajadas fueron los edificios cuyos nombres estaban precedidos por la palabra “edificio” –Edificio Josefa, Edificio Miss Universo–: «Esto es realismo mágico. A los edificios y las casas los marcan como en Cien años de soledad. ¿Así es con todos los objetos?». 
 
(Gustavo Bell) El Vice, al ver venir a Ana María (Aponte, una de las chaperonas de Walcott), le preguntó entre risas: «¿Si ves cómo soy de generoso que mando a dos bellas cachacas a recibir al Nobel?». Y Walcott respondió: «Esto es Caribe como (mi) Santa Lucía: ha sido aquí como regresar a casa, para nosotros que ahora venimos de New York». 
 
(Cuando le entregaron las llaves de la ciudad, en la gran mesa de los dignatarios, frente al nutrido público), al dirigirse al público, el poeta de Santa Lucía confesó su perplejidad: «¿Qué hago yo aquí entre tanta gente importante?». Asimismo olvidó todas las recomendaciones preliminares: «De lo primero que me hablaron cuando me bajé del avión fue del protocolo, una retahíla de nombres que me hizo entrar en pánico y solo me acuerdo de Mr. Vicepresident y de Mme. Ministro de la Cultura y no más.… Ya ustedes saben lo que les quiero decir». 
 
***
 
Al Vice Gustavo Bell, Walcott le comentó que con las de esa noche eran cuatro las llaves que atesoraba: Texas, Barranquilla y dos más, y que estaba muy contento porque «ya puedo entrar cuando quiera a Barranquilla». Luego, durante la cena, los temas de conversación recurrentes fueron la historia de Cartagena y la obra de García Márquez. 
 
*** 
 
El almuerzo fue en La Estación, un restaurante en el restaurado edificio de La Aduana. Walcott tenía mucha hambre y así lo dijo a la dueña; y mientras los demás invitados se acomodaban, fue y se metió en el corazón de la cocina, cielo cálido de fragancias criollas en sazón, donde le dieron a probar de todo lo que iban a servir: sopa de auyama, patacón, ensalada de aguacate, carne en posta, plátano pícaro y limonada. En vez de arroz con coco pidió le sirvieran arroz blanco: este le pareció «el más delicioso arroz que he comido en mi vida». En general, había quedado encantado de todo. Para el hombre de Las Antillas no hubo felicidad mayor que constatar la identidad entre el Caribe continental y el de las islas. Cada vez que conocía algo nuevo, aumentaba en él la sensación de estar regresando a casa. 
 
(De regreso desde Combarranquilla Boston hasta el hotel, a Meira Delmar, que lo acompañaba y quien fue su ‘anfitriona poética’ en Barranquilla), la interrumpió la risa rabelesiana de Walcott, al ver en plena calle una carrera de carros de mula: «A donkey car’s race» –exclamó en medio de la carcajada.  
 
(Caminando por el centro de Cartagena, en paseo de un día), Derek se detuvo frente a un libro cuyo título mencionaba a Barranquilla y en la portada traía una gran foto de La Aduana, y dijo: «Esto es en Barranquilla, yo quiero ir allá, a este sitio». Cuando le replicaron que allí habían estado, entonces comentó: «Pero es que yo quería ver esto desde ese mismo ángulo». Poco después preguntó en el sector amurallado por la Casa de García Márquez, y quiso saber de Aracataca, reiterando su admiración casi devota e inmenso aprecio por Gabo y la grandeza de su obra. 

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