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Latitud 04 de Febrero de 2012

Cuentos de Carnaval

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Mi sobrina nieta me pregunta ¿cuáles son los mejores cuentos que has leído sobre el Carnaval? Pienso que la pregunta no es gratuita y que es una tarea, pero al formularme mentalmente la pregunta, me intranquilizo. ¿Cuáles son en verdad?

Recurro a los libros de los nuevos escritores que están sobre el tapete, Better, Polo, Vitola, Rosas, Buelvas, etc., y ¡oh sorpresa! no encuentro cuentos de Carnaval, aunque algunos sí son carnavalescos. Leo los de una generación anterior y hay algunos como los de Guillermo Tedio y Antonio del Valle, que figuran en antologías.

La novela Esa gordita sí baila, de Lía Sierra, tiene como subtítulo “Sancocho de capuchón y arroz de monocuco”, y confirma mi visión de los carnavales, que en cualquier parte del mundo como Venecia, Alejandría, Barranquilla, Río de Janeiro o Santa Marta, lo fundamental es la presencia de los capuchones. Las capuchas y las máscaras son símbolos exteriores del secreto de nuestros espíritus. Lo que imprime al Carnaval su espíritu de aventura es el capuchón. Alcanzar ser anónimo, sin revelar sexo, ni expresión de rostro, con los pliegues que esconden el cuerpo y con algo grandioso: un espíritu de libertad anidando debajo del disfraz.

El capuchón ahora es solo una comparsa, pero era antes el símbolo absoluto del espíritu del Carnaval. Lo otro que se da en estos cuentos es la presencia de la muerte, la relación vida y muerte es el componente esencial de este género narrativo. ¡Cómo no recordar un capítulo en El cuarteto de Alejandría! El conde Negro Ponte va a un puente en Venecia a una cita con una misteriosa encapuchada, esta lo muerde y en cada mordisco lo vuelve más feliz. Es una vampira.

Al final, el Conde muere de amor y desangrado.
Aquí no sería tan fácil, se acabaron los capuchones y los puentes posibles –el del Country y el de al lado de Pomona– no tienen esa aura romántica.

Germán Vargas Cantillo me contó una crónica sucedida en el Carnaval y que se las doy a ustedes. Un exgobernador de un departamento del interior, un hombre de armas tomar, se encontró todas las noches en un carnaval de los años 50 con una encapuchada de altos tacones y guantes blancos, tenía una fragancia ‘No ames a otra’. En las tres noches, en el Salón Carioca y donde su mejor momento era cuando bailaban el bolero Quizás, quizás, quizás, ella se retiraba cuando el se adormecía por los tragos.

Pero ese martes de Carnaval él la agarró y le quitó la capucha, de inmediato una frondosa cabellera blanca se desató sobre el disfraz. Era una bruja con una expresión maliciosa, con mejillas y boquita intensamente rojas . El hombre sacó su revólver y lo vació al aire. No hubo heridos, todo el mundo se tiró al piso, el hombre fue arrestado y ella cogió su escoba y se fue volando.

Por Ramón Illán Bacca

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