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Latitud 19 de Marzo de 2017

Cine bajo las estrellas en la vieja ‘Calle de los italianos’

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Sigifredo Eusse Marino

Floro Manco y Rafael Campanella, apuntes para una historia caribeña de los pioneros del cine en Colombia.

En terrenos del cine, de la música y la arquitectura parecen estar las improntas culturales más determinantes de la presencia italiana en la historia republicana de nuestro país. Y ello se dio, antes que en ninguna otra región, en puertos, pueblos y ciudades del Caribe colombiano. 
 
Desde mediados del siglo XIX se registra la presencia de italianos en Barranquilla, en otros puertos de la Costa y en las sabanas del Bolívar grande. Antonio Paternostro se instaló en Barranquilla en 1870 y creó una empresa de vapores que contribuyó al auge comercial de la navegación por el río Magdalena. 
 
Los Volpe se radicaron también, y crearon industrias y una exportadora de café, tabaco y cueros. Ya para 1908 hay en Barranquilla cerca de 400 italianos dedicados en su mayoría al comercio, y a los oficios de la industria y artesanales. Estas familias –residenciadas casi todas, por entonces, en barrios como Abajo y Rosario– fundaron después el Club Italiano y auspiciaron la creación del Colegio María Auxiliadora, bajo la docencia de monjas italianas.
 
Italianos y el cine en el Caribe nuestro
 
Floro Manco –fotógrafo y viajante– se erige en autor del primer documental de cine realizado en Colombia, al filmar el Carnaval de Barranquilla de 1914. Y es en este año, precisamente, cuando arriba al muelle de Puerto Colombia otro inmigrante italiano, Benedetto Campanella, aficionado al cine y, también, a la fotografía. 
 
Benedetto, un anarco-socialista de aquellos años efervescentes de la revolución bolchevique y la Primera Gran Guerra en Europa, terminaría radicándose en la región de Montes de María, en San Juan Nepomuceno, donde luego nacieron hijos y nietos. 
 
A uno de estos últimos, ya de adolescente, el abuelo le regaló una cámara Kodak de 1920. Este nieto se llamó Rafael Campanella Rodríguez, nacido en 1923, a quien aquella cámara-reliquia le marcó los rumbos de una vocación (larvada por lo pronto y diferida dos décadas) por la cultura de la imagen.
 
Parte de la descendencia del abuelo Campanella vino a radicarse en Barranquilla al filo de los años 50, mientras el joven Rafael andaba enganchado con la transnacional de infraestructura petrolera Andian Corporation; la que, entonces, respondía por el mantenimiento y la logística del oleoducto que esa misma compañía había instalado antes entre Barrancabermeja y Cartagena. 
 
Una misma cuadra de cárcel, escuela y cine
 
En una franja histórica entre dos barrios tradicionales de Barranquilla –Rosario y Barrio Abajo– se localizó el Teatro Obando (calle 42, Obando, entre carreras 46, Olaya Herrera, y 50, Aduana), un cine a cielo abierto inaugurado en 1952, casi al mismo tiempo que otros tres cines populares muy cercanos: el Ayacucho, el Ástor y el Paraíso. 
 
Obando era conocida como la ‘Calle de los Italianos’ porque a lo largo de esa cuadra estaban residenciadas varias familias venidas de la península mediterránea: los Nucci y los Lamboglia Mazzilli eran quizá las más conocidas; los primeros tenían allí mismo su Metalmecánica Nucci Hermanos, y los segundos, al lado de la casona familiar, la Fábrica de Mosaicos Lamboglia. 
 
La calle Obando, en el tramo de la exacta cuadra que nos ocupa hoy, pertenece al inmediato entorno del antiguo Callejón Aduana o ‘Par Vial de la 50’, como se ha rebautizado este revalorado, remozado y ensanchado espacio múltiple de nuestra fisonomía e identidad barranquilleras, trasmutado ahora en una verdadera autopista por donde circulan el encuentro festivo comunitario, la cultura popular, el goce de lo público y hasta el más fluido tráfico automotor. 
 
Pues bien, el Teatro Obando fue abierto al lado de una escuela pública de niñas (la Anexa Número 2), cuyas instalaciones habían sido antes una cárcel famosa en Barranquilla: la llamada ‘Cárcel de la 80’, donde estuvo confinado por los años 30 el aventurero internacional ‘Papillón’, luego de ser recapturado cuando naufragó frente a La Guajira tras su fuga de la tan famosa y temible prisión francesa de ultramar: la de Cayena o la ‘Isla del Diablo’, fronteriza a la distancia con los bordes costeros de Surinam y del nordeste de Brasil, patrullada a discreción por un cerco de tiburones. 
 
Sobre el ancho muro externo de nuestra cárcel de Obando –una sólida cuña atravesada de calle a calle en esta manzana urbana residencial, la más larga quizá de la vieja Barranquilla– Campanella dijo haber proyectado bajo «el techo de estrellas» sus tomas documentales del carnaval popular barranquillero, pero también, en buena parte, sus particulares registros de río Magdalena arriba. 
 
El siguiente es un párrafo testimonial que dejó escrito Rafael Campanella Rodríguez: 
 
«En las noches de fin de semana, con mi hermano Alberto, proyectábamos aquello que yo grababa a color, en una sábana blanca que templábamos sobre la pared de esa vieja cárcel municipal (…) El acompañamiento sonoro lo hacía mi hermano Alberto con una vitrola RCA Víctor a manivela, con valses y pasillos para enamorados. Era un gran entretenimiento en el barrio, pues niños y adultos disfrutaban esa instancia después que las campanas de la iglesia del Rosario anunciaran la misa de la tarde y la premiere de mi película nocturna. Por el otro lado las mujeres ‘toreaban’ los acosos y atrevidos piropos de sus vecinos en la Calle de los Italianos: los Civetta, los Ferrigno, los Savignano, los Lamboglia Mazzilli y los Campanella, entre otros… Esa cuadra se volvía un gran teatro callejero, bajo las luces de plata de las estrellas». 
 
Según estos apuntes memoriosos que Campanella dejó, pudiéramos pensar que esas exhibiciones callejeras de sus documentales debieron ser anteriores a 1952, y que su convocatoria y audiencias de cada fin de semana habrían motivado la iniciativa de, allí mismo, montar aquel otro cine de su barrio: el Teatro Obando, desaparecido antes de la década del 80 cuando Cine Colombia arrasó en el país con su monopolio de circuitos de distribución y encerradas salas de exhibición. 
 
Su recuperación, premio del Mincultura
 
El ‘Proyecto de rescate y divulgación de la obra cinematográfica de Rafael Campanella Rodríguez’ fue una iniciativa del Centro de Documentación Audiovisual del Caribe –Cedac– (ente aliado de la Cinemateca del Caribe) que obtuvo la beca nacional de gestión de archivos y centros de documentación audiovisual ‘Imágenes en movimiento 2016’, que otorga cada año el Ministerio de Cultura. 
 
Para Alfredo Sabagh, director del Cedac, el proyecto «continúa un trabajo similar adelantado por la Cinemateca del Caribe en el año 2006, cuando se trabajó sobre una veintena de películas de 8 mm entregadas por su familia a la custodia del Cedac. Esta continuidad se da ahora gracias a la beca del Ministerio, como también al apoyo de la Secretaría de Cultura del Atlántico. Con este y otros proyectos similares queremos contribuir a la salvaguarda de archivos audiovisuales que serán referentes de época e historia para nuestra región, colocar a disposición del público este patrimonio fílmico, divulgarlo y propiciar su consulta entre estudiantes y profesionales, no solo de disciplinas audiovisuales sino también de las historiográficas y las de ciencias sociales y humanísticas».
 
‘Flashback’: del Floro manco a la Campanella
 
El inmigrante italiano Floro Manco, con una de aquellas primeras e históricas cámaras de cine que también funcionaban como proyectores, realizó en Barranquilla el primer documental colombiano filmando el carnaval de 1914.  
 
Y luego, por la misma década, filmó otros dos testimonios que inauguraron los road movies a lo criollo, en sendos viajes que literalmente abrieron trocha hasta Cartagena el uno, y hasta Santa Marta el otro. Viajes de riesgo y aventura, tan inéditos como las cámaras y autos en rodamiento y rodaje, todo recién importado. 
 
Durante las siguientes tres décadas reposaría dormida aquella semilla del pionero y emprendedor Floro Manco en nuestro Caribe colombiano, originada en su visionaria valoración del carnaval como una cantera inigualable y reconcentrada de colorido febril y pulsiones vitales para el cine. Será precisamente el Carnaval de Barranquilla –un hito festivo e inmancable ritual de la ciudad entera– el puntual suceso público que permitirá dimensionar con precisión esa brecha histórica en el hacer del cine costeño. 
 
Historiadores y académicos del patio –como José Nieto Ibáñez, Gonzalo Restrepo, Martha Lizcano y Danny González– coinciden en apartes como este: «Entre 1914 y 1951 el Carnaval de Barranquilla no fue tenido en cuenta en ninguna producción cinematográfica (…) El centro de esa producción se desplazó desde la región Costa hacia el interior del país, y estas comarcas del Caribe devinieron receptoras de un cine comercial, dentro de un circuito de teatros que se desperdigaba por barrios y pueblos». 
 
A comienzos de los 50, la Kodak –que en los años 30 había lanzado un formato ‘doméstico’ de 8 milímetros– puso a circular cámaras más livianas, tanto en 8 como 16 milímetros (a mediados de los 60 aparecerá un formato aún más práctico y mejorado: el Súper 8). Desde Europa llegaban otras marcas, compitiendo en innovaciones tecnológicas de su época. A propósito de ello, un ensayo de Martha Lizcano dice:
 
«Como consecuencia de esto, en la costa abundaron los cineastas amateurs, que bien trabajaban para grandes compañías o simplemente por el deleite de filmar con sus equipos personales. Uno de estos realizadores amateurs fue Rafael Campanella Rodríguez, quien en 1940, con 23 años de edad, entró a trabajar como empleado viajero por los gasoductos del país…» 
 
Y de nuevo, aquí coinciden Restrepo y Lizcano cuando afirman, palabras más palabras menos: 
 
«Con una cámara de cine alemana, Campanella filmó en colores los carnavales de Barranquilla de los años 50 al 60 (…) mirada apasionada de una herencia tomada de sus orígenes, pues era hijo y nieto de inmigrantes italianos y, como su antecesor Manco, se dejó seducir por los cuadros de las fiestas populares del Caribe…» 
 
‘Filmar es fácil’ –tal era el eslogan de batalla de la Kodak, del cual Campanella sería incondicional seguidor y ejecutor.
 
A partir de la introducción de la televisión en Colombia (1954) se propician y afianzan en el país muchas iniciativas culturales, como la puesta en circulación de revistas especializadas en crítica y análisis de cine, y la creación de cineclubes. Y es solo entonces –de acuerdo con la Fundación Patrimonio Fílmico en sus memorias sobre la historia del cine colombiano– cuando «nuestro cine empieza a ser considerado también como una manifestación cultural». 

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