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Latitud 25 de Mayo de 2013

Cien años de una ‘catedral gótica’

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A Diego Andrés, mi hijo

París, 1871. Desde el mes de enero, los alemanes estrenan un mortero casi a diario, precursores todos ellos de la Gran Bertha, un poderoso cañón que debía su nombre a la hija de Friedrich Krupp, magnate del acero, quien literalmente armó las dos guerras mundiales. La ciudad padece un cruento bombardeo. El Segundo Imperio de Napoleón III toca a su fin. Entre marzo y mayo tiene lugar La Comuna, gobierno temporal del pueblo, y muestra que ni el odio social ni la lucha de clases se terminaron con la Revolución de 1789. Según la célebre frase de Lafitte: “gobiernan los banqueros”. La aristocracia, como una gloriosa actriz en decadencia, se retira discretamente a sus salones donde brillan la frivolidad, el arte y el ingenio, perfecto escenario para alguien que está a punto de nacer.

Por miedo a los constantes bombardeos, la bella joven judía Jeanne Weill, que estaba embarazada, fue conducida a Auteuil por su amante esposo, el doctor Adrien Proust, conocido en los anales de la medicina como el creador del ‘cordón sanitario’, que permitía aislar a las ciudades durante las pestes. La joven pareja se traslada pues a la cercana población, donde viene al mundo, como un rey, entre ecos de retumbantes cañonazos, el 10 de julio de 1871, bajo el signo de Cáncer, un bebé destinado a ser genio de las letras universales, “le petit Marcel”.

Consentido hasta lo enfermizo, brillante, hipersensible, asmático, lleno de rizos y ternura, heredó los rasgos hebraicos de su madre, quien le leía en voz alta las obras de George Sand, seudónimo de la escritora Aurora Dupin, desde que el niño gateaba por la cuna. Marcel siempre vio a su padre como una especie de Júpiter Tonante, pero esa mirada no era justa, como tampoco lo fue con su hermano Robert, quien revisó, corrigió y publicó, muchos años después, la totalidad de la obra de su amado hermano mayor. El doctor Proust, por su parte, solía vaticinar con orgullo: “Marcel será miembro de la Academia Francesa”. Años más tarde, en efecto, se lo propusieron, pero el escritor contestó que sí, siempre y cuando la Academia modificara sus horarios, pues él trabajaba toda la noche y dormía todo el día. Era un insomne impenitente.

Pero volvamos a la infancia. En el primer capítulo de su obra, titulada Du cote de chez Swann, Por el camino de Swann, 1913, que da inicio a la monumental summa novelística, A la recherche du tempsperdu, En busca del tiempo perdido –publicada, en siete volúmenes, hasta 1927, por Robert Proust, pues Marcel muere en 1922, a la edad de 51 años, víctima de una bronconeumonía–. En el episodio titulado “Combray”, reitero, el narrador nos cuenta cómo, en una ocasión, cuando acaso contaba siete u ocho años, su venerada madre no pudo ir a darle el acostumbrado beso de las buenas noches debido a que monsieur Charles Swann se hallaba de visita. Entonces el protagonista, quien solo es nombrado como Marcel una vez en toda la obra de más de tres millones de palabras, oh cósmica riqueza, oh asmático pánico de morir si se pone punto final. El narrador-niño, digo, decide aventurarse escaleras abajo, como un pequeño Edipo en busca de su Yocasta. Temblando, en el borde mismo de la asfixia, ve proyectarse contra la pared la sombra de su Júpiter Tonante, el doctor Adrien Proust. Sin embargo, contrariando sus funestos vaticinios, el comprensivo padre le dice a su mujer: “El niño está nervioso, quédate a dormir con él esta noche”. Dicen que Sófocles sonreía tras bambalinas.

Pero, en 1905, cuando sus padres ya se han ido de este mundo hacia el limbo del tiempo y la memoria donde todos, hasta tú, amada mía, habitaremos inexorablemente, Marcel, sentado a la orilla del río del tiempo, decide rescatar todo aquello que alguna vez, sin avisarnos, se convirtió en el pasado. Ya pasó la fiebre del impresionismo –entre otras cosas, Proust escribe como un pintor impresionista. Ya los hermanos Lumiere han dado al mundo su cinematógrafo. Ya tuvo lugar la Exposición Universal de París, donde el mundo conoció las maravillas del arte japonés. Ya Cézanne había pintado los objetos como si fueran seres humanos. Ya Van Gogh había huido a la locura y Gauguin a Tahití, Vahine no te vi. Ya había salido a las calles el Ford modelo T, ya el teléfono, ya el aeroplano, ya el gramófono. Ya las mujeres fumaban con boquilla y se desnudaban con premeditación y alevosía, como Isadora Duncan y Mata Hari. Ya Rutherford y J.J. Thompson habían descubierto el electrón. Ya París estaba rediseñada según el gusto urbanístico de Barón Haussmann. Fue en esos tiempos cuando Proust, mirando la Torre Eiffel recién inaugurada, y para su gusto horrible, la comparó con un dedo de hierro que señalaba al cielo como una vulgaridad. Sí, cuando Sigmund Freud ya había publicado La interpretación de los sueños, Albert Einstein su Teoría Especial de la Relatividad y Pablo Picasso, descaradamente, se copiaba el cubismo del arte africano visto también en la Exposición de París. Cuando Giusseppe Verdi ya había muerto, y Friedrich Nietzche perfeccionaba su locura en el manicomio. Cuando Claude Debussy ya había compuesto su Catedral sumergida y Marcel Proust, meditando en la playa del tiempo perdido, esperaba que emergiera la suya de las profundas aguas de los siete mares del inconsciente. Entonces algo sucedió en las letras universales.

Aterido de frío, como un vampiro pálido envuelto en bufandas y abrigo, el hombre regresa a su apartamento en los primeros días de enero de 1905. Solo sale de noche, como el húngaro Bela Lugossi, actor de Drácula, quien dormía en un ataúd. Como es habitual noctámbulo de ese hotel se le conoce como “Proust, el del Ritz”. Son más de las doce cuando arriba a su apartamento. El ama de llaves le trae unas magdalenas y una taza de té caliente, aunque su bebida habitual era el café. Algo distraído, mientras lee un libro, abullonado en su sillón favorito, cubierto de mantas hasta el pálido rostro de hindú, humedece uno de los bocadillos en la humeante bebida, y de súbito lo invade una plena sensación de felicidad. Intrigado, como quien repite un mágico ritual, prueba otro bocado. Y el ilusionista del inconsciente, el maestro de la memoria involuntaria basada en un proceso de asociación de sensaciones, hace surgir, en el estanque de los recuerdos perdidos, como las flores de un jardín japonés, el fresco completo de la infancia del narrador, cuando los domingos, antes de ir a misa, entraba a la habitación de su tía Leonie, y ella le brindaba magdalenas mojadas de té. Todo ello en Illiers –Combray en la novela–, en la misma casa donde tuvo lugar el episodio del beso robado a la madre.

Y Proust se lanza en el mar del tiempo, donde reina siempre la noche de la memoria. Entonces decide que va a escribir una obra más extensa que Las Mil y Una Noches. Y cuenta George D. Painter, en cuyos dos tomos de la biografía de Proust (Lumen, Barcelona, 1978) se ha fundamentado, en parte, este texto memorioso, que por otro lado es el fruto de treinta años de lecturas, reflexiones y experiencias vitales imposibles de resumir aquí. Cuenta Painter que las primeras setenta páginas de la obra de Proust, las que narran los episodios de Combray en Por el camino de Swann, obra que concluye con la aparición de la duquesa de Guermantes, fueron escritas, de corrido, sin comer, sin dormir, en un estado febril de iluminaciones consecutivas, en una mística jornada de 72 horas continuas que cambió el curso de las letras del siglo XX.

Así serían los próximos 17 años de la existencia de Marcel Proust, que pasó encerrado en su habitación forrada con láminas de corcho, escribiendo, ataque de asma, escribiendo, viendo emerger de las aguas azules de su memoria una majestuosa catedral gótica que el mundo conoce como En busca del tiempo perdido, una obra maestra del arte de escribir; Marcel Proust, una iglesia de las letras que me cuenta entre su feligresía, porque yo no soy católico ni protestante, ni hinduista, ni budista, sino proustiano, y eso no significa que te siga a ti, o no, no sigo a nadie, me busco afanosamente a mí mismo, al ser de mi ser. Y en ese sendero ahora camino por la nave central de tu templo y coloco una ofrenda de orquídeas en el altar de tu memoria, que se agrega sin par a los memoriales sánscritos de la humanidad de todos los tiempos, el tiempo. Porque tu obra es la escritura sagrada del dios desconocido que me ha buscado toda mi vida, más allá de la vana memoria de las rutinas, las costumbres y los años, en el ser de mi ser que aquí he colocado con mística reverencia, oh, amado maestro de mi alma y de mi calma, amigo de mis entrañas.

Por Diego Marín Contreras
diegojosemarin@hotmail.com

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