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Latitud 26 de Noviembre de 2017

Carolina Orozco  Triana:  bailes de un renacer en el país natal

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La danza es para Carolina Orozco Triana su propia religión y el encuentro entre el alma y el cuerpo.

Julio Olaciregui

Entrevista con la bailarina cartagenera que ha recorrido el mundo practicando distintos tipos de danzas

«¿La danza? La danza es mi propia religión, es el encuentro del alma y del cuerpo. Es vivir el presente como ninguno. 
La danza nos permite eso, el encuentro con nosotros mismos, como una meditación, nos permite confrontarnos, desafiarnos, renacer o simplemente socializar. Es una manera de hablar sin decir una palabra … Es una pasión, un encuentro con tu corazón, tu ritmo por naturaleza, los latidos del corazón»

Energía en flor, mística costeña, la cartagenera Carolina Orozco Triana ha viajado por medio mundo bailando. Y prosigue sus itinerarios, como ahora, que está aprendiendo bullerengue con la maestra Maribel Egea.

Carolina se define como ‹una nómada›, anda en pos de las danzas, motivada por el deseo de investigar, de aprender a bailar como lo hacen en Benín, en Haití, en el Congo, en Siria, en la India.

Ahora ha regresado a Colombia por un tiempo; vive muy cerca de la Plaza de la Paz, en el corazón de Barranquilla, viajando con frecuencia a Cartagena. Hace poco debutó en nuestra ciudad, la vimos bailar en el Teatro La Sala, deslumbrando al público con sus contorsiones y su presencia alada.

Esa noche danzó música haitiana y egipcia.

Se le nota orgullosa de su ser mestizo, ‹chabine›, dirían en las Antillas.

Es de cabello rizado, negro y oro quemado; piernas de atleta. Una apasionada del movimiento rítmico. Le interesan todas las formas de danza, de la tradicional a la contemporánea, de la árabe a la hindú, y también la africana, el bullerengue, la champeta.

Antes de verla bailar supimos de ella por amigos comunes, bailarines de danza africana en París.

Su larga estadía en Francia le permitió conocer a muchos grandes artistas de distintos países. Y esta francofilia sigue, las Alianzas Francesas de la costa le abren sus puertas, allí organiza talleres de «danzas del mundo».

Hablamos varias veces en el Portal del Prado, a comienzos de este noviembre con sus días de soles picantes, nubes densas  y fuertes aguaceros. Para entrevistarla me preparé leyendo el Elogio de la danza, de Luciano de Samosata.

P  ¿Quién es la bailarina Carolina Orozco Triana?  ¿Cómo se inició en la danza? 

R Soy una nómada, me defino así. Vale la pena llevar consigo recuerdos de viajes, danzas y conversaciones. La danza ya era un viaje para mí, empecé con el ballet, una costeña, una cartagenera quería ser ‹étoile de ballet›… hice 17 años de danza clásica en los Cisnes. Luego mis padres soñaban con que fuera a Francia. Me fui a los 17 años y me quedé viviendo allá, en Bordeaux. Conocí y vi la multiculturalidad que tenía Francia, de barrio en barrio podías sentirte en Marruecos o en Congo, luego estuve viajando en aquella época a México, trabajando y llevando la danza árabe que había conocido en Burdeos, con esa danza viajé también a Ecuador, donde hice giras en la región del Tungurahua, llevando las danzas del mundo a lugares recónditos, bailaba un solo de 45 minutos.

De allí viajé a Siria, Damasco, una experiencia fuerte en emociones, conocí mucho la cultura siria, la lengua árabe –para impregnarme más en la danza–, estuve en festivales en El Cairo, en el mundial de la danza árabe, todos éramos extranjeros, claro está, porque la danza en estos países es considerada un  pecado. Somos vistas como prostitutas las que hacemos danza árabe. Siempre nos miraban mal si uno decía: soy bailarina, ‹Ana Rakkassa›.

Es lo que llaman ‹danza del vientre› acá, a pesar de que no solo es el vientre lo que movemos; es una danza rica técnicamente y de diferentes estilos.

También estuve en India, siempre me llamó la atención la India, y creo que tengo una conexión muy grande con esta danza y esta cultura. Fui a Puna, y decidí conectarme y empezar de lleno con la danza clásica de la India y las danzas folclóricas. 

Luego tuve el encuentro con París, ‹La capital de la luz›, pero también de los encuentros, de las emociones, de la danzas. Allá encontré todo lo que necesitaba, el amor, la danza, los amigos, la vida, y los viajes. 

Estudie Mediación Coreográfica en París, en la Escuela Free Dance Song, donde se utiliza la danza como medio de transformación social y se lleva la danza a lugares no convencionales : escuelas y plazas públicas, hospitales, ancianatos. 

Hice parte de varias compañías de danza por ejemplo, de Brasil, del Estado de Pernambuco, conocí el Maracatú y toda esa cultura afro y sus tambores donde me inicié como parte de una batucada que mezclaba  danza y percusión. 

Conocí Haití, conocí sus danzas y la música haitiana. Bailé en la Expo Milano 2014 representando a Haití, con una compañía de danza haitiana. 

Hice parte de una compañía de danza contemporánea, vino a mi vida la compañía La Mangrove, que tiene un concepto interesante con las danzas tradicionales como el gwoka, de la Guadalupe, el jazz y la danza contemporánea, allá estuve conociendo la isla de la Guadalupe con esta gran compañía creada por Delphine Cammal  y Hubert Petit Phar.

Trabajé durante dos años estructurando coreografías efímeras, de las que solo se bailan en el instante presente, era un grupo de personas mayores entre 60 y 99 años. La de más edad era de origen panameño y tenía 60 años viviendo en Francia, ya se le había olvidado el francés, a causa del Alzheimer, entonces en el taller me tocaba hablar español con ella y con los demás en francés. 

P ¿Qué te atrae de lo afrosimbólico?    

Es una pregunta muy difícil porque cuando viajé a Benín, me di cuenta de que el cuerpo habla por sí solo. En África el cuerpo humano y la naturaleza hablan por sí solos. La persona misma lleva un mensaje consigo. Sobre un cuerpo desnudo  las escarificaciones tienen un valor estético, pero también según la forma de la escarificación  te dice de que etnia vienes. El cuerpo cuando ya está vestido con sus telas dice algo, expresa algo, con el color del pagne –pañolón, vestido tradicional africano–, si estás casada, si tienes hijos o familia, si quieres hablar de tu marido para sentirte orgullosa. 

Me atrae el pelo, el afro. 

Antes, en el pasado, tener un afro era simbólicamente político, como militantes. De orgullo y un sentimiento de empoderamiento. Representa la diversidad. Como la palabra nappy que significa: natural and happy. 

P Cartagena, Barranquilla, ¿cómo anda la onda del baile en estas plazas para usted? 

R En Cartagena la danza contemporánea y la danza en general tienen una plaza muy importante; me llena de regocijo saber que existen grupos y compañías profesionales, con personas preparadas y de renombre. Actualmente formo parte de la compañía del bailarín y pedagogo Nemecio Berrío, Permanencias, donde se le hace un elogio a la belleza de ser negro. También hay un trabajo de investigación de este coreógrafo con su técnica que le llama ‹swahili›.

P El Colegio del  Cuerpo. ¿Cómo le parece? 

R El maestro Álvaro Restrepo ha hecho un trabajo maravilloso, muchos sueñan con ser profesionales y hacer parte de esta compañía, el hecho de ser bailarines en Cartagena se toma muy en serio, él ha hecho cambiar la sociedad cartagenera llevando el nombre de Colombia muy en alto en muchos países de mundo. 

P En su Elogio de la danza, Luciano de Samosata  menciona a Sócrates, ‹el más sabio de los hombres›, quien no contento con encomiar la danza quiso aprender a bailar. ¿Qué baila usted? ¿Enseña danza?

R Soy una eterna aprendiz de la danza, nunca me canso de aprender y me encanta estudiarlas lo más minuciosamente posible. Todos los estilos me gustan, ojalá pudiera dedicarme a una sola, pero mi cuerpo quiere más.

Enseño las danzas del mundo, específicamente cinco ritmos y cinco danzas. Es un viaje, un recorrido por el mundo danzando. 

Las danzas que vemos son las de Haití, de Brasil, de Egipto, del Congo y de la India. 

Así como la música o una copa de vino nos transportan a lugares, así es la danza, no es solo corporal, sino terapéutica y cultural.

¿Dónde enseño? Tengo la oportunidad de dar talleres puntuales en Cartagena, en el maravilloso espacio de la Alianza Francesa; su director y su coordinador me abrieron las puertas para iniciar un viaje hacia las culturas del mundo.

También bailo aquí, en la Alianza Francesa de Barranquilla.

P «Bailen, que los quiero ver sudar», canta Joe Arroyo. «Solo trabajamos para poder bailar», dicen los Huitotos. ¿Para qué nos sirve la danza?  

R ¿La danza? La danza es mi propia religión, es el encuentro del alma y del cuerpo. Es vivir el presente como ninguno. 

La danza nos permite eso, el encuentro con nosotros mismos, como una meditación, nos permite confrontarnos, desafiarnos, renacer o simplemente socializar. 

P Luciano agrega que en la India antigua está el ‹Saludo al Sol›, un paso de danza yogui. ¿Investiga usted sobre danzas arcaicas colombianas? 

R Apenas me estoy sumergiendo en mi país, viví la mitad de mi vida en Colombia y la otra en Francia y otros países del mundo. Volver aquí es volver a nacer, porque incluso la gente cree que soy de otra parte, no camino igual, no hablo igual que ellos, entonces tengo que volver a esa parte arcaica que desconozco. 

Empecé a bailar las danzas colombianas hace poco, el bullerengue es el estilo que más me gusta, esa armonía y la belleza de ser mujer se representa en la danza. 

P Sócrates presta mucha atención al ritmo, la armonía, la precisión de los movimientos y la buena onda del bailarín. Su actitud hacia los espectadores. Para Luciano el principal objetivo de la danza es imitar la naturaleza, enunciar, exteriorizar pensamientos y aclarar lo oscuro; hacer gestos apropiados a cada intención. ¿Y para usted, Carolina? 

R Para mí un bailarín, ante todo, debe ser un ser humano verdadero. Se necesita sinceridad, bondad, un artista es eso: llenar cualidades no solo artísticas, sino personales. 

A veces tenemos el concepto de que ser bailarín es una persona con grandes dotes técnicos, tiene que ser delgado, pero eso no basta, ahora todo es permitido. Puede que la persona no posea un gran nivel técnico, pero si baila con emociones, con el alma, puede ser algo maravilloso. 

Por ejemplo, existe la danza voluminosa de Cuba, donde los bailarines no tienen los estándares de un bailarín de danza clásica, todos son tallas XL y son maravillosos, son reales. 

Yo amo la danza teatro, por ejemplo el Buto japonés es una de mis pasiones, las expresiones de emociones y sufrimientos representados es más que una danza codificada, es un concepto, una manera de percibir el mundo, el cuerpo mismo es una obra de arte, una attitude, un rélévé, se transforman, se tuercen. El artista vive su propia obra en vivo, es imposible ser indiferente a esto, uno puede sentir irritación, sentirse extraño o fascinado por el gesto mismo, el artista lo vive y el espectador también.

P Según Luciano el bailarín debe conocer todas las metamorfosis míticas, las transformaciones en árboles, en bestias, en pájaros, los cambios de sexo. El danzante no hace otra cosa que probar la afirmación de Aristóteles: la danza es hermosa de ver, también escuchar los cantos de bailadores y músicos. Danzar es parte del bien soberano. En las danzas cada quien ve la imagen de su alma y reconoce su retrato, así se cumple mediante este espectáculo el precepto de Delfos: «Conócete a ti misma». ¿Cómo vive el baile, Carolina ? 

R Lo vivo, entonces bailo mi vida, la vida es una danza. Tengo mi proyecto de danzar por el mundo y abrir mi propia sala de danza.  Estoy yendo y viniendo de Francia, sigo impartiendo talleres allá, en París, como lo he estado haciendo aquí en Colombia. 

Me gustaría abrir una compañía de danzas pero solo con personas mayores de 60 años, la madurez y lo real me toca en lo más profundo de mi ser, pude vivirlo con mis alumnos que padecían Alzheimer.   

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