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Latitud 09 de Abril de 2017

Barranquilla y cheveridad

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Foto: Archivo

Por Luis Rafael Sánchez

Este narrador puertorriqueño escribió una crónica titulada “Barranquilla y nada más”, publicada por Ediciones Callejón (2004). Estas son algunas de las impresiones que la ciudad y sus gentes dejaron en él.

Barranquilla es una ciudad joven y actual, donde se da la fluida convivencia entre lo primitivo y lo moderno. Bastaría añadir que Gabriel García Márquez llama a Barranquilla, vaya usted a saber si con ironía o ternura, la Macondo urbanizada.
 
¿Será porque en Barranquilla se armonizan los poderes de la magia desfachatada y los avatares de una realidad que espanta? 
 
¿Será porque a una ciudad como Barranquilla, que prospera junto al Magdalena y el Caribe, la influyen sobrenaturalmente las dulzuras del agua del río y las sales del agua del mar? 
 
¿Será porque en cualquier bailadero o estadero –como llaman los barranquilleros a las terrazas abiertas donde se bebe y se chacharea– se abren a paso firme toda rareza y toda extraordinariez? Las preguntas sobran, las respuestas escasean.
 
No obstante, vale la pena recordar que las ciudades portuarias viven, en gran medida, bajo los efectos de la sorpresa y el asombro, siempre pendientes de los materiales insólitos y los sujetos extraordinarios que traen los barcos, siempre aldeanas y chismosillas, ellas: mirar a los turistas mirar, mirarlos embobarse ante el folklore doméstico, supone ser un espectáculo provinciano, grato y gratuito.
 
Aparte de la omnipresencia caribe, aparte el calor que se manifiesta con tan parecida fogosidad, aparte que los sanjuaneros y los barranquilleros se aplican, parecidamente, a escrutar a la gente con traza de afuerina y forastera, aparte de ese tropezón cotidiano con la extrañeza, el asombro y la sorpresa, Barranquilla se diferencia de San Juan de punta a punta.
 
Si San Juan configura un antiguo y magno escenario, donde se representa una delirante pleitesía al pasado, Barranquilla configura un novel y magno camerino donde se intenta mitigar el caos social que amenaza con arrasar el formidable país colombiano. Si a San Juan la altivece su justa leyenda de patrimonio artístico de la humanidad, a Barranquilla la desmerece la injusta leyenda de ciudad estrafalaria, la huérfana de un bien planeado y un bien llevado a cabo corazón urbano.
 
¿No serán, justamente, esos aires de un macondismo sui géneris, esos aires de cosa elemental, los sellos de una ciudadanía inconfundible y entrañable? La historia breve de la ciudad, que se asienta cuando fue el pueblo de Barrancas de San Nicolás, agrada por breve, agrada por nada aspaventosa, agrada por común y por corriente. La noticia de que aquí un apellido ilustre no supone un cheque en blanco opera como señuelo de inmigrantes.
 
Ciudad de mínimos blasones pero de máximos sudores, de esas diversas nacionalidades que le llegaron, en la demografía letrada del escritor barranquillero Ramón Illán Bacca se constata la multietnicidad sobre la que se yergue Barranquilla.
 
Ciudad al margen de los abolengos parasitarios, a Barranquilla llegan hoy, principios de este siglo veintiuno, miles de desplazados, como se llama a la población víctima de la violencia y desarraigo, integrada por quienes sueñan con una vida menos traumática, menos dura, menos ofensiva.
 
Por donde quiera se ven los miles de desplazados, doblando el lomo o empeñándose en doblarlo, dispuestos a corregir mediante el trabajo aquello que se llama, con trinos griegos, el destino. ¿Será que los miles de desplazados han sufrido el contagio de la ‘cheveridad’, esa suerte de gracia que nimba a los barranquilleros? 
 
(Tratándose de barranquilleros y cheveridad…), nos faltó comentar su rasgo temperamental más destacado, rasgo que da lugar a esta palabra que frecuentan continuamente los barranquilleros: la palabra “chévere”.
 
Más que primoroso, más que gracioso, más que bonito, más que elegantón, más que agradable, que son los significados listados por el diccionario de la palabra chévere, el término nomina la satisfacción y la plenitud, la celebración sencilla de las cosas. La cheveridad, una especie de ontología con ribetes tercermundistas, describe experiencias amables, nada problemáticas.
 
La cheveridad proporciona solaz: saborearse los momentos de solaz, persistir en enamorar la vida así mal pague, son algunas de las experiencias chéveres, todavía posibles en esta Barranquilla cordial donde hoy me encuentro. Lástima que, junto a la restante Colombia, a Barranquilla, vez tras vez, se le humille, se le encanalle, se le satanice. 

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