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Latitud 16 de Abril de 2017

Avatares de Cervantes y el Quijote

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Leo Castillo

En su momento, la publicación de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ no estuvo exenta del plagio y las bajas pasiones. Relato de un ‘match’ literario.

Solemos ver las cosas legadas del pasado sub specie aeternitatis (bajo el aspecto de la eternidad), capturadas en una inmutabilidad que están muy lejos de revestir históricamente. Es el caso de Don Quijote de la Mancha, la obra suprema de la literatura en lengua castellana y, quizá, la mayor creación del ingenio de la raza humana en el campo de la fabulación. Cervantes no escribió ‘Don Quijote’ en la Primera parte de su celebérrimo libro: el título con que lo presentó para agenciar requisitos de ley, esto es, la cédula que le confería licencia real, facultad y privilegio para que lo imprimiera fue El ingenioso hidalgo de la Mancha. Es lo que declara y firma en Valladolid Juan de Amezqueta, del Consejo del rey Felipe III, en Su nombre, el 20 de septiembre de 1604, coincidiendo puntualmente con lo expresado y firmado aquí mismo por Juan Gallo de Andrada en la tasa para que se vendiera en doscientos noventa maravedís y medio el ejemplar. Es probable que Juan de la Cuesta, su primer impresor, decidiera por su cue
nta agregar ‘Don Quijote’ al título puesto por Cervantes, figurando en la portada de la edición príncipe (Madrid, 1605) El ingenioso hidalgo Don Quixote (pronunciado “quijote”, así por México, “méjico”) de la Mancha, tal como los modernos imprimen suprimiendo ‘el ingenioso hidalgo’ de aquel.
 
Débese advertir cómo en la portada de la Segunda Parte, (Barcelona, ‘en casa de Sebastián Matevat’, 1617) escrita por Cervantes para conjurar la usurpación de su obra por el falso Alonso Fernández de Avellaneda, se lee ingenioso cavallero (con uve) Don Quijote, de modo que se trueca “hidalgo” por “caballero”, y en la del Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (el de Avellaneda, Tarragona, en casa de Felipe Roberto, 1614), que Segunda parte ha sido trocada por Segundo tomo. En la tasa del 21 de octubre de 1615 firmada por Fernando Vallejo, escribano de la Cámara del Rey, para la segunda de Cervantes, se lee Don Quijote de la Mancha, Segunda parte. Ya hemos notado cómo Matevat agregó el epíteto ‘ingenioso caballero’ a Don Quijote, difiriendo de la Aprobación de Márquez Torres: Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, y de la de Josef de Valdivieso, Segunda parte de don Quijote de la Mancha (Madrid, 17 de marzo de 1615). Como queda demostrado, el título de su libro se 
le salía de las manos a Cervantes, ya en vida del autor.
 
De no ser un brillante negocio, sorprenderían la intrepidez del impresor del plagio del Quijote y la alevosía del falso Avellaneda. La caución real advierte que imprimir ilícitamente ejemplares de una obra publicada con la venia del rey acarreará, además de la pérdida de los ejemplares impresos, moldes e instrumentos empleados en ello, una multa de cincuenta mil maravedís, lo que significaría la ruina de un impresor. Aplicado al Quijote, la sola pena en metálico equivale a unos 173 ejemplares, que no es sanción desdeñable, teniendo en cuenta el altísimo coste de la edición manual, que hacía del libro un lujo exclusivísimo. El llamado Quijote de Avellaneda fue publicado en Tarragona nueve años después de la primera parte del de Cervantes. 
 
Así que los dividendos del plagio del Quijote tenían forzosamente que ser suculentos como para correr semejante riesgo. El mismo Cervantes lo publica en su Prólogo al lector (Segunda parte): «que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros».
 
Sorprende mucho que Cervantes no emprenda acción legal contra el falso Avellaneda ni contra el impresor (en algún momento nos ha extrañado que nadie, ni a guisa de guasa, mantuviera que Felipe Roberto y Avellaneda sean la misma persona). Don Miguel de Cervantes Saavedra se dirige con magnanimidad a su lector «ilustre o quier plebeyo» con una inflexión desprendida y ejemplar que conmueve. Permítasenos citarlo textualmente: «¡Válame Dios, y con cuánta gana debes estar esperando ahora (...) este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! (...) que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya».
 
El agravio no para aquí. Avellaneda pretende ultrajarlo apostrofándolo de «viejo», a lo que Cervantes responde con discreta gallardía que se lo acusa de ello como si estuviera en sus manos impedir que el tiempo pase sobre él; a la llana calificación de «manco», dice que lo acusa como si la pérdida de su mano le hubiera ocurrido en una taberna. En fin, en cuanto a «envidioso», haciendo irresponsable, aleve referencia a la disputa casi galante entre el autor de las Novelas ejemplares y un ilustre sacerdote, escribe Cervantes lamentando que lo llame de esta manera, que él, Cervantes, en su ignorancia, de dos envidias que hay, solo conoce una, que llama «santa y bien intencionada». Creemos que lo que busca Avellaneda es malquistar al original autor del Quijote con Félix Lope de Vega, que no de otra figura se trata, y probablemente con el temible tribunal de la Inquisición. Veamos:
 
Presumimos que el sigilo de Cervantes pudiera apuntar al hecho de ser Lope ministro del Santo Oficio de la Inquisición, tribunal cuya susceptibilidad dejaba ya en la historia de España, sobrepujando a otros países, una importante estela de ‘infieles’ ejecutados: ya en el siglo XII el rey Fernando el Santo había ahorcado y cocido en caldera a muchos. Creemos que para Cervantes se trataba de salvar el pellejo ante una intriga criminal que buscaba su ejecución por el grave Tribunal. Su cautela habría, creemos, asegurado los términos de la Aprobación de Josef de Valdivieso sobre la Segunda parte: «no contiene cosa contra nuestra santa fe católica», para lo cual pudo haber influido su relación mantenida en tan magníficos términos con don Bernardo de Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo. Márquez Torres reafirma (Aprobación, Segunda parte): «no hallo en él cosa digna de un cristiano celo (léase ‘desconfianza’) ni que disuene de la decencia debida a un buen ejemplo, ni virtudes morales».
 
La «admiración y envidia» no es un mero cumplido que se le dirige a España gracias a Cervantes, como consta en la Aprobación que venimos de citar. El buen nombre de que gozaba entonces explica, también, la codicia y ojeriza mortíferas de Avellaneda. Escribe Márquez Torres que a Cervantes quieren conocerlo como se quiere ver un milagro; habla del aplauso unánime «así por su decoro y decencia como por la suavidad» de su expresión, ello en España, Alemania, Francia, Italia, Flandes… ¡Europa! Destaca de unos visitantes que sabían casi de memoria la primera parte de La Galatea. Obligado a dar noticia del reconocido autor, Márquez Torres les dice que Cervantes es ya viejo (cuenta entonces 67 años), que es soldado, hidalgo y pobre. Habiendo uno inquirido cómo España no tenía a semejante autor rico y «sustentado del erario público», otro visitante replicó que si la pobreza lo obligaba a escribir, quisiera Dios que no tuviera nunca situación holgada, para que con sus obras, siendo él pobre, enriqueciera el mundo.
 
«Enriquecernos el mundo», hermosas palabras que seguramente querían remunerar los trabajos del más grande autor de nuestra lengua desde que ella es. En cuanto al voto de quererlo pobre al escritor, comedidos nos inhibiremos de expresar nuestra opinión.
 
En lugar de demandar legalmente al insolente y avieso ‘Avellaneda’, que llega a desmandarse, ante «la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro», Cervantes con desenfado declara que le importa un comino, que le basta con el favor de su mecenas el Conde de Lemos, y con la caridad del citado arzobispo de Toledo. La honra está por encima: «la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus».
 
La sosería ha osado arriesgar que el de Avellaneda es «superior». Si por una parte el licenciado Márquez Torres pondera del Quijote su «mucha erudición y aprovechamiento», su «bien seguido asunto» y «la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos», Avellaneda intenta atacar estéticamente a Cervantes, que le agradece decir que sus novelas son más satíricas que ejemplares, aunque buenas: alega que no serían esto último si no tuvieran de todo, permitiéndose, ¡olé!, una lanzada: «quizá (…) no se atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas». 

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