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Latitud 03 de Diciembre de 2017

Atlántico visual

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Francisco Manrique, ‘RealiTV’. Fotografía impresa sobre papel.

Susana Quintero Borowiak

Texto curatorial de las obras que integraron la Exposición Bienal de Artes Visuales del Atlántico, EBA2017, que se realizó en el Museo Bolivariano.

Hablar del arte de una región es problemático, definir si realmente hay un modo específico de hacer entre los artistas de un territorio es aún más problemático. Pero entonces, ¿por qué y para qué se convoca a una exposición bienal de carácter departamental como EBA? Más allá de la obvia responsabilidad institucional, ¿existe tal cosa como el Arte del Atlántico? Estas fueron las preguntas que aparecieron como curadora al iniciar este proyecto, preguntas que fueron respondidas por los artistas con sus trabajos y que guiaron la selección en el universo amplio de casi doscientas propuestas revisadas.

Examinando obras y portafolios inscritos empezaron a aparecer pistas, que si bien no bastan para delimitar una categoría tan pretenciosa como el ‹Arte del Atlántico›, indicaron intereses y miradas particulares que permitieron reconocer varios asuntos comunes entre las propuestas. Primero, los artistas miran el territorio que habitan, lo escudriñan, lo contemplan y lo retan. El lugar de origen en muchos casos se vuelve el tema de las obras o el definitivo lugar de enunciación. Segundo, ese lugar de origen pasa por una relación también problemática con el cuerpo, el cuerpo propio como vehículo de existencia en el mundo o el cuerpo ajeno visto como objeto sufriente o deseable. Tercero, la relación con los imaginarios de la cultura popular, la vida cotidiana y las imágenes del arte como archivos a los que echar mano para asumir posturas críticas o hacer guiños irónicos a la realidad.

Reconocer esos tres aspectos macro entre las preocupaciones de los artistas participantes, me dotó de unos criterios curatoriales –más o menos claros– que guiaron la selección de las veintiséis obras reunidas en la muestra: la preocupación por el territorio como soporte del devenir, la consciencia del cuerpo como vehículo de la existencia y las referencias a imágenes provenientes del universo cotidiano como estrategia de localización y crítica.

RealiTV de Francisco Manrique construye una imagen agregando el resto de un televisor viejo a una escena precaria de la cotidianidad para mostrar la dureza de la realidad y la violencia mediática. Mientras que en El jardín de la fortaleza, María Consuelo Rodríguez (Chelo), usa una sutil metáfora para hablar de la violencia de género. Y Colisión de Alexis Antonio Villanueva Niebles crea una perturbadora tensión entre el objeto representado y el medio de representación, al entregarnos juguetes que son armas y nos recuerda armas que a veces parecen juguetes.

Ignotos Entretiras de Gladys Molina de Arteta recupera desechos textiles para hablarnos de la sobreproducción y la contaminación que genera una industria aparentemente inocua y colorida. Los Gallos y Las avispas de Angolito de Alejandro Noriega Fontalvo son piezas artesanales que tienen la virtud de representar la naturaleza con elementos tomados de ella misma, generando una tensión entre la imagen y la presencia. Una estrategia similar, pero con un sentido completamente distinto sucede con los discos de oro de Caribe Alegre y Tropical, del Colectivo Puro Caribe, los objetos están allí presentados como ellos mismos pero para referir a valores e imágenes identitarias que los desbordan. Y en El bloque de Vidal Monroy la tensión aparece en lo aparentemente imposible, ¿cómo algo tan frágil puede sostener algo tan pesado? La precariedad de la obra pareciera reproducir la precariedad de la vida diaria de las comunidades más vulnerables, esas que se sostienen aunque no sepamos cómo.

Una referencia a esa precariedad de la vida diaria también está presente en Arroyo Peligroso de Federico Lobo Hernández quien nos recuerda que los problemas urbanos pueden volverse una referencia de la identidad local, pero usa un guiño muy inteligente a la historia del arte que le da una cierta condición épica a los arroyos en cuestión. Agua dulce de Julián Martínez tiene la intención de representar la crisis ambiental global con una imagen de claras referencias al arte pop y los inflables de Jeff Koons. Mientras que en Salida de Tomás Martínez la pintura también dialoga con lo popular y ofrece lecturas infinitas. ¿Va la familia de paseo realmente? ¿Está huyendo de algo? ¿Ese nido que se vuelve vehículo es símbolo del desplazamiento? Arte que se alimenta del arte sin abandonar el contacto con la realidad como sucede de manera mucho más indirecta en la obra Sin título (Alicia observando el arcoiris) del colectivo Las Moscas, quienes proponen una relación entre arte y ciencia.

La vida cotidiana sucede en el mundo, pero desde el cuerpo y los artistas del Atlántico lo tienen muy claro. En Miss Mundo de Andrés Suárez Rojas nos encontramos con una serie de autorretratos que desde un formato muy pequeño elevan su voz fuertemente para señalar la crisis del canon de belleza y la crisis de la noción binaria de género. Mientras que #Sendnudes2.0 de Yahirton Betin replica imágenes de redes sociales que ponen al cuerpo femenino en condición de mero objeto, mujeres que usan la aparente seguridad del anonimato y la impermanencia para presentarse como entes deseables sin identidad individual, meros desnudos que desaparecerán en minutos, objetos entre objetos. Otra relación con los rostros se propone en Sin título, Caníbal de Hernan Taibel; allí el arte es puesto al servicio de la belleza en retratos de personas que no conocemos y por tanto no podemos reconocer. Esos individuos que desaparecen y sufren bajo la presión del entorno, están representados en la obra Tautología de Hugo Satizabal directamente como víctimas anónimas, constreñidas en pequeñas cajas de contadores eléctricos que vuelven martirio el acceso a servicios público. En la serie de grabados Canon de contacto: Ego, de Queenie Terán, el cuerpo individual se pone en relación con el cuerpo familiar, la imagen explora códigos genéticos y relaciones parentales en un esfuerzo por construir la identidad desde la relación con los otros. Y finalmente los cuerpos están indivisiblemente ligados al territorio que ocupan como propone la Diáspora de Ulises, de José Flores, cuerpos que habitan, cuerpos que se mueven, cuerpos que migran, para mostrar que el mundo es uno solo atravesado por innumerables individuos que conforman esa masa amorfa nombrada humanidad.

El territorio habitado puede ser la imagen de las obras civiles como en Kasillas de Jorge Eliécer Cinteras. Puede ser el espacio idílico de la vida cotidiana representado en El legado guajiro de Bayron Mejía Rodríguez. Puede ser el mundo espiritual al que se refiere Shi’irain (Rituales Cantados) de Davier Pérez Reynoso. También puede una excusa de diálogo con el paisaje como en Presencia de José Álvarez. O ser el lugar devastado donde el agua sólo existe contenida en un recipiente artificial e invasivo como en Extintos de Stefany Castillo Vargas. Además, para perturbarnos, puede ser esa urbe que conocemos y transitamos a diario sin percatarnos del
Asedio que propone Adalberto Calvo González.

La realidad asume forma de problemas vitales en las obras Camellando del colectivo conformado por Gustavo Carrillo y Steefany González y Pa’ Poder Vivir (Ramón, Ingrid, Carlos, Pedro y Miguel) de Cindy Caffroni. La primera usa una operación simple para referir un tema complejo: el valor monetario de la fuerza laboral, fragmentos de billetes representan horas de trabajo invertidas en ganarlos, camellar para obtener pedazos de papel, la contundente imagen de la precariedad del empleado en un sistema capitalista. En la segunda, los objetos fotografiados reúnen los elementos mínimos que cinco individuos usan para subsistir, precariedad en el acceso a los bienes de consumo, imagen de lo complejo que es vivir en esa precariedad. Finalmente en Acciones para no mojarse en la playa, de Cinthya Escorcia, se cuestiona la relación de un individuo con su entorno natural, aquello que podría ser tenido por evidente se revierte, el mar no es aquí el lugar para sumergirse sino una fuerza que no podemos enfrentar sin protección.

Atlántico visual no define el arte de una región, pero muestra que el arte necesita conectar con su contexto para desplegar su potencia. 

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