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Latitud 16 de Mayo de 2017

Aquiles y Toño

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Ramón Illán Bacca

Con motivo del mes del idioma y de la Feria del Libro de Bogotá han surgido cantidades de preguntas alrededor del mundo literario. Una columnista preguntó cuál fue el libro que más le había disgustado leer cuando estaba en bachillerato. En mi caso, no me acuerdo. Pero en vista de que en esta época, en la educación, el mundo clásico está casi olvidado, y en la mía, por contraste, estuvo tan presente, recordé que el libro que más me impresionó a mis 14 años fue La Ilíada.

En este libro, uno de los últimos capítulos trata del encuentro de Príamo con Aquiles. Entonces tal vez no me llamó tanto la atención. Pero ahora que he vuelto a leer ese canto (el canto es lo heroico de la palabra) encuentro que tal vez allí es la primera vez que, en la literatura universal, hay un texto donde dos enemigos irreconciliables dialogan y logran un acuerdo.

El rey Príamo deseaba solicitar a Aquiles la devolución del cadáver de su hijo Héctor para hacerle los rituales funerarios. Aquiles es un hombre cruel, valiente, pero impredecible, por lo menos así lo pinta Homero. A pesar de que los dioses dejaban que los humanos actuaran con libertad, si no se cumplía su voluntad los castigaban severamente. En esta ocasión hay una intercesión de los dioses, y Zeus ayuda a Príamo, porque su hijo Héctor había sido un héroe. Hace llamar a la semidiosa Tetis, la madre de Aquiles, para que influya en su hijo. Un dios menor, Hermes, ayuda a Príamo, el rey en su carroza, a pasar a inadvertido por el campo de batalla.

Príamo llega hasta donde Aquiles, le abraza las rodillas y le besa las manos al hombre que ha matado a su hijo. Aquiles lo recibe. Podría haberle hecho prisionero y hacerlo esclavo, porque el rey estaba a su merced. Sin embargo, Aquiles accede a lo que le pide Príamo porque le recuerda a su padre, y le devuelve el cadáver de Héctor, no sin antes bañarlo y perfumarlo.

Este es uno de los primeros tratados de paz. Es un entenderse entre enemigos en un libro de batalla. Ahora estoy absolutamente admirado de que en la epopeya se nos diera esta lección. Uno casi siempre recuerda La Ilíada por las batallas, los muertos y la intervención de los dioses al lado de los héroes. Este punto que señalo suele pasarse de largo.

Volvamos a leer a los clásicos. Hay lecciones permanentes que están allí, listas a ser descubiertas.

En el sepelio de mi amigo Toño Nieto los asistentes recordaban al penalista lúcido e inteligente. No obstante, yo recordaba otra faceta de mi amigo. Cuando éramos universitarios entrábamos en discusiones semi-culturales.

En uno de esos encuentros políticos, Toño dio un discurso en donde habló de «la espada de Alarico y el caballo de Genserico». No entendí exactamente por qué venía al caso y después le pregunté de dónde lo había tomado. Entonces me explicó que lo había sacado de unas epopeyas, de esas que ya no leemos.

Hay referencias culturales que entonces teníamos siempre a la mano. Nombres, libros clásicos y citas se tenían siempre presentes, inclusive para hacer chistes. Así, por ejemplo, Beethoven –sostuvo alguna vez el poeta Leo Mass– era más famoso que Goethe, porque había más perros con ese nombre.

En este momento, en que uno habla de los clásicos y todos lo miran a uno como un marciano, debemos recordar lo que nos dice Italo Calvino: «Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual». 

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