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Latitud 06 de Agosto de 2017

Alta literatura

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Houellebecq, explorador de las miserias del hombre contemporáneo.

Josef Amón-Mitrani

Una invitación a la lectura del poeta y novelista francés Michel Houellebecq.

Desde hace algunos años, unos diez, he cultivado una adicción estúpida: leer literatura contemporánea. Intentar descubrir qué es lo que está pasando en el mundillo de las letras después de Dostoievski. Después de Pessoa, digamos.

Es una adicción estúpida porque es dolorosa, y, parafraseando a Epicuro, no hay nada más estúpido que hacer cosas que nos causan dolor. Leer literatura contemporánea implica el tedio enorme de pasar los ojos por los libros de Santiago Gamboa, de Juan Manuel Roca, de Mario Benedetti, de José Saramago, de Jorge Franco… Aunque de repente, como por hechicería, uno se encuentra con la hermosa literatura de Herta Müller, o con los poemas de Malú Urriola, o con cositas japonesas que uno dice: “Sí, sí, por ahí es que va la cosa”. De todas formas, hasta hace algunos meses, nada se parecía a eso que los académicos llaman “gran literatura”, o “alta literatura”.

Fernando Vallejo, por ejemplo, es un maravilloso novelista (hablo de su obra anterior a los últimos descaches, por supuesto), pero uno termina una novela de Vallejo y sabe que Shakespeare o Tolstói o Dickens están bastante lejos, a años luz de distancia. Uno termina El desbarrancadero, o El mensajero,  y sabe que ha leído algo bueno, algo excelente, pero que cualquier persona, con suficiente disciplina y algo de sinceridad y de ritmo lingüístico, puede aproximarse a escribir algo así de decente. En cambio, cuando leemos “alta literatura” (detesto eso de “alta”, pero uso el concepto a falta de otro) sabemos que los astros le han dado un poder especial al escritor, que nadie, por más que se esfuerce, podría construir una novela como Guerra y paz, o un poema como Tabaquería, o un drama como Edipo Rey.

Pues bien, pasando por la Feria Internacional del Libro de Bogotá, realmente agotado espiritualmente de ver tantas publicaciones mediocres, descubrí (gracias a una promoción de Anagrama y a una recomendación de mi amigo Néstor) que Michel Houellebecq, un escritor francés bastante famoso (yo había leído solo un ensayo suyo, una magistral disertación sobre arquitectura contemporánea), también escribía poemas y novelas. Me acordé del ensayo que había leído con gran alegría (hacía cinco o seis años) y le di un chance: abrí un libro de poemas, leí tres, y lo compré. Terminé el libro ahí en la feria, en el stand de la cerveza, y decidí comprar otro libro de Houellebecq, una novela, Las partículas elementales. Cuando terminé la novela, o cuando estaba a punto de terminarla, me quedó claro: “Esto está cerca de ser altísima literatura”. Esta novela, pensé, no tiene nada que envidiarle a la obra de los más grandes autores de la historia, a Shakespeare, a Tolstói, a Chesterton. Compré otra novela, la leí; compré otra, la leí; compré los ensayos, los leí; compré la poesía completa (la que hay traducida al español), la leí; compré otra novela, la leí; etc. Me faltan dos libros de Houellebecq para terminar todo lo que hay traducido y creo que puedo decir que no hay, vivo, un mejor escritor.

Entiendo que es tonto decir eso de “no hay un mejor escritor (vivo) que Michel Houellebecq”. Es tonto por tres razones fundamentales: la primera es que yo no he leído a todos los escritores vivos; la segunda es que, así los haya leído, yo no tendría las herramientas para decir que este es mejor que el otro; y la tercera, siguiendo un poco la teoría literaria de Sartre, es que el arte, en este caso “las letras”, no se puede jerarquizar como un deporte, como una competencia. Se puede decir que Michael Phelps es el mejor nadador de la historia, pero no que Van Gogh es el mejor pintor (aunque, en mi opinión, Van Gogh sí es el más grande pintor de todos los tiempos). Es obvio que es tonto hacer ese tipo de comparaciones, pero no hay nada que hacer: esa es mi forma de acercarme a la literatura: yo jerarquizo, yo peleo en Facebook por quién es el mejor escritor de todos los tiempos, yo me apasiono estúpidamente por mis escritores. Compro posters de Walt Whitman y los pego en mi cuarto, le doy besos a los libros de Verlaine, compro camisetas estampadas con la cara de Rilke. Me salieron lágrimas de felicidad (es patético, pero es verdad) cuando le dieron el Nobel a Bob Dylan. Para mí no hay nada más feliz que leer a alguien y encontrar a un ídolo, a un campeón, a un vencedor. Para mí, la literatura es una hermosa pelea de box.

Bueno, no más cursilería. Voy a intentar decir, en pocas palabras, por qué recomiendo leer a Houellebecq. Voy a decir, en pocas palabras, por qué creo que es el escritor contemporáneo que más vale la pena; el Mike Tyson de la literatura, el Leo Messi de “lo poético”.

En primer lugar, por su control lingüístico y argumental. Houellebeq, tanto en su poesía como en su narrativa, hace lo que le da la gana con su escritura. Me explico: si yo quisiera, ya mismo, escribir una novela sobre la historia de la guerra en Colombia, o sobre el concepto del “tiempo” según los avances de la genética, no podría hacerlo. Podría tener una gran idea y un gran sentido de la investigación, pero no podría controlar mi escritura. Se me saldría de las manos el manejo de los personajes, las maniobras retóricas que habría que hacer para mantener la verosimilitud. Es decir: no tendría el talento para hacer eso que algunos académicos llaman la “escritura total”. Houellebecq, como pocos en la historia de las letras, sí podría hacerlo, y lo haría justo, bello. Conoce muy bien la herramienta de escribir. La sabe usar a la perfección.

Pongo un ejemplo de los cientos que hay en sus libros: en El mapa y el territorio, una de sus obras maestras, Houellebecq se narra a sí mismo como un personaje secundario de la historia. Se narra en tercera persona, como si fuera otro, y describe un asesinato brutal donde él es la víctima. Se describe a sí mismo decapitado, con todos los órganos regados por el cuarto, y logra, magistralmente, unir una novela policíaca, que se desata por su propia muerte, con una novela de formación que habla sobre un artista multimillonario dedicado a plasmar, en fotos y pinturas, los trabajos cotidianos de la gente. La historia del artista no podría estar más alejada del ambiente policíaco, de la novela negra, pero, poco a poco, entendemos que cualquier vida real, por azar, puede estar vinculada con los asesinos en serie y con el universo de Allan Poe o de Conan Doyle. El punto, aquí, no está en qué nos cuenta el escritor francés, sino, más bien, en cómo nos lo cuenta; en la limpieza de su escritura, en el control total de su prosa. ¿Otro escritor contemporáneo podría contarnos un argumento similar? Claro, pero sería equivalente a la diferencia entre un gol cualquiera al gol de Maradona en el mundial del 86. Los dos son goles, los dos valen lo mismo, pero “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, como dice el sabio refrán. Se me ocurre un adjetivo para diferenciar una cosa de la otra: elegancia.

En segundo lugar, podría decir que el esplendor de Houellebecq radica en su visión poética de la realidad. Hace algún tiempo decidí leer solamente novelas que me lleven al mundo de la poesía. Que me generen ese efecto, tan adictivo, de ver la realidad desde los ojos de un poeta. Leer a Houellebecq es encontrar la poesía del mundo, entender que “lo poético” no está solo en las flores y en el amor incondicional, sino, sobre todo, en el sufrimiento.

Para Houellebecq, y para cualquier persona contemplativa, la vida es un sufrimiento constante, un sufrimiento irracional, absurdo. Su literatura (narrativa y poesía) nos invita a amar ese sufrimiento, a entender que, por ejemplo, la adicción a la prostitución, o el consumo indiscriminado de almuerzos envasados, puede ser una bella forma de existencia. La poesía del escritor francés sale, como un proyectil, de la putrefacción del mundo, de las cavernas que hemos creado en Occidente para aguantar el dolor. Ese dolor infinito que heredamos de la “la libertad” europea.

En tercer lugar, y creo que este sería el punto más importante, creo que la sinceridad de Houellebecq, la naturalidad de su pensamiento, de su filosofía, es algo extrañísimo en la literatura contemporánea. Y esa sinceridad es, por supuesto, el factor decisivo para crear buena literatura. Al escritor francés no le da miedo decir lo que todos sabemos pero no somos capaces de afrontar. Todos sabemos, en el fondo, que la cultura occidental se ha convertido en una inmundicia; en un tumulto de frases bonitas que no ayudan a fomentar una vida mejor. Todos sabemos que la revolución sexual, que el uso de palabras incluyentes, que el “libre pensamiento”, etc. han causado un malestar tremendo. Sabemos, en el fondo, que, por ejemplo, el hippismo creó un montón de monstruos que se hacen llamar “liberales” pero que excluyen a todos aquellos que no le hacen culto a su cuerpo; que excluyen a todos aquellos que, por pensar bien las cosas, deciden tomar partido en contra de alguna religión o de algún estándar de vida. Esta problemática, parece decir Houellebecq, es una consecuencia de mayo del 68. Todo eso duele.

Entender que hay cosas que están mal gracias a la bandera de la libertad duele, duele mucho. Desequilibra nuestro sistema de creencias. Esas verdades las sabemos, pero no somos capaces de articularlas porque no sería políticamente correcto escribir en contra de la libertad. Pero esa “libertad”, en el fondo, no es más que un embeleco burgués que nos tiene hundidos en una decadencia brutal. Piénsenlo: ¿qué más excluyente que un hippie?, ¿qué más horroroso que ir de vacaciones a Costeño Beach y sentirse como mosca en leche por no hacer abdominales y barras, o por creer que el Corán es un libro claramente machista?

Eso es la literatura de Houellebecq. Letras rabiosas, escritas con la sangre, que nos cantan la tabla: “estamos mal, estamos muy mal” −pensamos cada vez que terminamos una página de cualquiera de sus libros−. Para lograr ese malestar espiritual, esa belleza que pasa por nuestras almas cuando leemos al escritor francés, hay que tener mucho talento. Al igual que me pasa cuando leo a Joyce, o a Faulkner, cada vez que termino un libro de Houellebecq me pregunto: ¿cómo hace este señor para tener todo el mundo en la cabeza? El sexo, la ciencia, las matemáticas, la filosofía, el tiempo, la muerte, el amor, la política, la comida, el arte, el deporte, la academia, la naturaleza, el dinero, el entretenimiento, la astrología, la psicología,  la vida, la vida…

Michel Houellebecq es un maestro de maestros. Ya mandé a hacer un afiche con su cara, con su pelito extraño y su cigarrillo, para colgarlo en mi apartamento. Por fin, después de años de búsqueda, encontré a nuestro Dostoievski. 

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