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Latitud 12 de Febrero de 2017

Adriana Rosas: viajera, apasionada, escritora

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Adriana Rosas Consuegra, creadora andariega.

César Mora Moreau

La escritura como periplo vital, en una semblanza de esta autora barranquillera.

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Adriana mantiene los ojos cerrados y permanece inmóvil, casi a la expectativa, mientras la música se abre paso en esa noche de viernes y toma el control de los jóvenes que se levantan para bailar.

Julio, su acompañante, la observa unos segundos y luego dirige su vista al interior del estadero. «Nadie como Adriana Rosas ha escrito sobre el encanto de una noche de rumba en La Troja», afirma él.

Viajera, apasionada, escritora, amante del cine. Sus estudiantes la recuerdan por ser «la profesora que siempre corre», que cruza los pasillos de la universidad cuaderno y cartuchera en mano y les habla de autores, cineastas, del conflicto armado y de la vida.

Es una mujer menuda, de cabello corto que le llega a los hombros. Capaz de conmoverse hasta las lágrimas observando una ópera en algún teatro de Italia o viendo una película que le llegue al alma, como La tierra y la sombra, de César Acevedo.

Adriana Rosas Consuegra también es una rebelde. A lo mejor es algo de familia. Sí, a lo mejor. Como ser escritora. Solo eso explicaría la conexión que siente con una mujer adelantada para su tiempo, que era escritora y periodista, que murió exiliada en Nueva York y fue borrada de la historia por el gobierno de Rafael Núñez.

Inés Aminta Consuegra, que fue su antepasada, no solo sirvió como personaje protagónico de las anécdotas que le contaba su abuelo, sino que se convirtió en su heroína. Su modelo a seguir. El tipo de mujer que ella, Adriana, estaba dispuesta a ser.

«Yo debía ser pequeña, pero recuerdo que mi abuelo me contaba su historia y para mí era increíble una mujer periodista en esa época. Y yo me imaginaba su viaje, cruzando ese mar inmenso, bravo. Creo que inconscientemente fue el referente de una mujer muy valiosa que sigo investigando porque hay textos de ella que están perdidos. Sí, hay muchas referencias de que en su momento fue importante, pero luego la borraron de la historia», relata Adriana.

Y ahí reside uno de sus últimos proyectos. Sacar de las sombras a Inés Aminta y encontrar su obra literaria.

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El viaje a Barranquilla cuando era una bebé lo cambió todo.

Adriana, bogotana como su padre, llegó por primera vez a la ciudad de Marvel Moreno y Álvaro Cepeda Samudio cuando tenía unos pocos meses de vida.

La intención de ese primer viaje había sido presentarla a su familia materna, pero pasado el tiempo y por otras razones, sus padres se asentaron en la capital del Atlántico.

Adriana no recuerda en qué momento empezó su gusto por la literatura. De niña siempre disfrutó pasar el tiempo leyendo, así como hacía su madre, acostada en una cama. 

Quería ser escritora, pero no se sentía capaz de serlo si antes no estudiaba. Por eso, una vez se hubo graduado del colegio estudió… ¿literatura? No. Estudió Ingeniería de sistemas para «asegurar su futuro» porque para nadie es un secreto que los libros difícilmente dan de comer.

Sin embargo, la escritura rondaba en su cabeza siempre. Por esa razón decidió inscribirse en la maestría de Literatura de la Universidad Javeriana, en Bogotá, donde descubrió en las letras de Alba Lucía Ángel una nueva forma de escribir que le gustó mucho.

En los años siguientes recorrió sitios como Buenos Aires, Barcelona, Londres. Cada viaje era una búsqueda distinta y en cada ciudad aprendió algo nuevo sobre sus dos amantes. Y los ama a ambos, por contarle historias distintas y transportarla a otras realidades. No sabe a cuál quiere más, sin embargo, siente debilidad por Literatura, pero que Cine no se entere.

Podría decirse que las ciudades son los escenarios donde transcurren las vidas que ha vivido con sus amantes. Cada lugar le cuenta su propia historia y le transmite una sensación particular. Como Nueva York, que le pareció una ciudad distante y fría.

Quizás por tratarse del lugar donde murió Inés Aminta, su inconsciente se niega a encontrar la belleza en un sitio que asocia tanto a la soledad.

También recuerda sus sentimientos en otro de sus viajes. Recorría unos parajes montañosos en Escocia. Su grupo estaba decidido a encontrar unos lagos y ella caminaba por las altiplanicies. El verde y el marrón se extendían por todo el lugar.

No puede explicar con palabras la emoción que sintió al ver una casa con chimenea en medio de la nada.

«Este sería un sitio perfecto para escribir», pensó.

Aunque era su primera vez en ese lugar, sentía que había estado allí antes, quizás en un sueño, quizás en otra vida. Quizás, quizás.

Pero no puede evitar sentir nostalgia cuando se encuentra por fuera. Extraña a Colombia sentada en el Bar Pastís, en Barcelona. Extraña a Barranquilla mientras se sumerge en los lagos de la Patagonia. Y extraña aún más su tierra en las calles de la Gran Manzana.

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Recordar es otra de las formas en las que se puede viajar. Y es en esos viajes al pasado donde se encuentra el profesor Alberto Assa. Un verdadero sabio. Entrañable maestro de origen turco del que Adriana aprendió francés e inglés.

Siempre que habla de él es posible notar la mezcla de felicidad, pero también de tristeza, porque parte del legado de su mentor se está perdiendo.

«Si yo tuviera el dinero, compraría la casa», confiesa la escritora refiriéndose a la sede del Instituto de Lenguas Modernas, que se encuentra olvidada y a riesgo de ser demolida.

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Los libros del estante cobran vida

En el banquete hay sitio para todos. Está Virginia Woolf y su ejemplar de Orlando, Marvel Moreno y su colección de cuentos. Pedro Juan Gutiérrez también tiene su lugar en la mesa, pero debe cuidar su vocabulario. ¡Cómo iba a faltar Cortázar! El juego de rayuela no puede iniciar sin él. Se sabe que Hemingway no llegará a tiempo porque París sigue de fiesta, pero se debe tener cuidado con los insecticidas si Kafka decide asistir. El ejército de Evelio Rosero ya está formado y espera enfrentarse en La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana.

Las historias reposan en los estantes a la espera de ser leídas. Mañana podría tocarle el turno a cualquiera.

Todo esto lo observa el turpial que está posado en la ventana de la oficina y se alimenta de las frutas y las semillas que Adriana le deja.

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Es la noche del lanzamiento de su libro de crónicas Brújula de los deseos y Pechiche Naturae, de Julio Olaciregui, en La Cueva.

Una niña y un niño abrazan a la escritora. Ambos son integrantes del taller literario “Caminantes creativos” que ella dirige en el barrio Las Flores.

Faltan pocos minutos para iniciar. Todos los asientos del público están ocupados. Adriana, Julio y Numas Armando Gil, filósofo que hará de moderador, se sientan al frente a conversar.

Julio habla de leyendas indígenas, de un antropólogo, de recetas para la escritura. Adriana cuenta quién es Inés Aminta, describe uno de sus viajes a Panamá.

Alguien del público le pide que lea uno de sus escritos sobre La Troja. Ella abre el libro y narra la historia de un encuentro furtivo, apasionado, entre dos danzantes que consuman el acto del baile en el templo de la salsa.

«La Troja es lugar de sensaciones, muevo el cuerpo, los ojos, la alegría. En la esquina dentro de ‘la cerca’ hay una pareja con la que nos vamos acercando poco a poco con las miradas de complicidad…», lee la escritora.

Solo dos semanas atrás, Adriana había estado en el estadero. Aunque en esa ocasión no se había levantado a bailar, su cuerpo se mecía al ritmo de la salsa. Movía sus hombros, sus brazos y mantenía los ojos cerrados. Julio estaba a su lado viéndola entrar en ese trance mientras las gotas de lluvia empezaban a caer sobre ellos y las otras personas que estaban sentadas en las mesas del andén…

Adriana termina de leer y las risas invaden La Cueva. Los asistentes quieren escuchar otra historia y ella sonríe. 

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