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Latitud 21 de Enero de 2018

80 flores para un solo Ramón Illán Bacca

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John Better

Un repaso por los momentos de la vida del autor que marcaron su carrera como escritor, desde su infancia en Santa Marta, hasta su edad adulta en Barranquilla.

La obra de Ramon Illán Bacca está ligada directamente con sus primeros recuerdos de infancia: el ambiente familiar en el que  creció resulta clave para entender gran parte de su mundo novelístico y cuentístico. Cuando apenas tenía 10 años, la Segunda Guerra Mundial era un tema de conversación en el antiguo caserón de Santa Marta en el que transcurrió su infancia al cuidado de unas tías adineradas. El pequeño Ramón solía esconderse tras las cortinas de la sala y espiaba las conversaciones de los adultos, mientras la BBC de Londres informaba sobre los últimos bombardeos de los aliados sobre Dresde.

«Yo sabía que algo pasaba, el ambiente de tensión se podía oler, solo tuve conciencia que estamos en guerra cuando le pedí a una de mis tías una manzana, y ella fríamente me contestó que en la guerra no había manzanas. Esto debido obviamente a que nada llegaba de afuera hasta el puerto, ni manzanas ni nada», comenta Ramón, explicando la trama de uno de sus cuentos más célebres titulado ‹En la guerra no hay manzanas›, incluido en su primer libro de relatos Marihuana para Göering.

Pero mucho antes de que su letra estuviera impresa en las páginas, Ramón tuvo que atravesar un difícil camino para poder llegar al mundo de la literatura. Criado en un ambiente casi clerical, el pequeño tenía que ocultar su fascinación por la lectura, esconderse en algún rincón de la casa o el colegio para poder leer a sus autores favoritos. Un escritor era lo último que la familia hubiese deseado tener en su seno, así que nadie podía sospechar de ello. Cuando no estaba leyendo, Ramón saltaba las paredillas de su barrio hasta llegar al cine Rex donde se fascinó con el cine mexicano.

«A mis tías, unas solteronas empedernidas, les hubiese encantado que fuese cura, es más, fui monaguillo algún tiempo, pero si no era cura, lo preferible era ser doctor, ingeniero o abogado, jamás escritor, era algo intolerable. Nunca se imaginaron que el niño que rezaba antes de dormirse era el mismo que se iba a hurtadillas a ver a la Tongolele meneando ese caderaje en el cine Rex», declara Ramón desde la sala de su casa en el norte de Barranquilla.

La familia decide enviarlo entonces a Bogotá a convertirse en ‹alguien de bien›. «Si pudiera hablar de mis primeros escritos, estos serían las cartas que enviaba a mi casa pidiendo plata, eran muy buenas, según mis tías», dice como un niño recordando una vieja travesura. De la Universidad Libre de Bogotá saldría titulado como abogado. Y como abogado empezó a ganarse la vida litigando en una zona desértica de La Guajira, donde el vallenato le hacía –según él– sangrar los oídos. Ramón sabía que por mucho que intentara huir a su destino como escritor, este le perseguiría donde fuera, y sin quererlo se estaba convirtiendo en personaje de sus futuros relatos.

Angustiado, acude al psiquiatra, ya que siente que se asfixia continuamente, debido a esa encrucijada entre ser escritor o abogado. Cuando aquel psiquiatra le preguntó a Ramón qué deseaba realmente ser en la vida, este respondió que prefería dejar de ser abogado y convertirse ya fuese en escritor o catedrático. El psiquiatra le sugiere seguir su instinto, puesto que solo así la asfixia desaparecería, aunque le aseguró que si decidía ser escritor o catedrático, moriría lentamente de hambre. Ramón Bacca se desempeñó durante muchos años como profesor de literatura en la Universidad del Norte de Barranquilla, pero ante todo es, a sus 80 años, un escritor consumado.

«Marihuana para Göering fue el resultado de esa acertada decisión, un volumen de cuentos que vio la luz en 1976 bajo la edición de un conocido librero barranquillero llamado Otto Lalleman. En estos relatos se ve reflejado al autor tratando de librarse de los demonios del pasado, en el texto que da título al libro, aparece Bacca bajo el alter ego de Göering, un juez que reside en un pueblo polvoriento de La Guajira que en sus ratos libres escucha Brahms y tiene aventuras amorosas con mujeres casadas. Ambientado en el naciente mundo de la bonanza marimbera, el cuento sirve como telón de fondo para que el autor se deshaga de una vez por todas del abogado que nunca fue, dos tiros acaban con la vida del juez Göering por andar meciéndose en asuntos que no eran los suyos.

Otros relatos como En la guerra no hay manzanas, o La Apoteosis de Mary Puspán, ya esbozaban lo que en el futuro serían sus temas predilectos: la Segunda Guerra Mundial, la presencia de nazis en la Costa, el cine mexicano –mostrado sin anestesia en el cuento Y ahora con ustedes la Tongolele– y la superflua vida social de Santa Marta y Barranquilla, dos ciudades donde poco sucedía y se rumoraba demasiado como dice el autor, sentado ahora en la terraza de su casa, saboreando un helado jugo de maracuyá.

Marihuana para Göering le sirvió a Bacca como una antesala de creación de muchos de los personajes que aparecerían en su primera novela, Deborah Kruel, escrita al final de la década de los años ochenta y reconocida escuetamente con una mención de honor en el concurso de novela de la editorial Plaza y Janés en 1989. Ramón dice sin tapujos que la novela era una excusa para tomar cerveza a costa de sus amigos, en alguna tertulia les prometía la publicación de lo que sería una gran novela, pero el tiempo corría y del libro nada, hasta que en una de esas reuniones alguien le reprochó diciéndole que aquello ya no se iba a llamar Deborah Kruel, si no La improbable Deborah.

Cansado de las indirectas sobre su nuevo proyecto, Bacca se recluye en un apartamento del centro de Barranquilla, una desvencijada edificación donde a veces no había ni luz, ni agua; en ella escribe la que sería una novela de quiebre en la narrativa colombiana, una novela que si bien ha sido subestimada y olvidada por la crítica, representa la creación de un mundo propio muy lejos de la influencia de Macondo.

«Yo quería escribir una novela lejos del fantasma de Gabo, algo con un lenguaje más cosmopolita, menos del patio, es más, hablé de un Berlín en la década de los años veinte, un Berlín que ni siquiera conocía, y el personaje de Deborah me ayudó, al alejarse del estereotipo de la chica que se eleva inmaculada entre las sabanas del patio», afirma Bacca. Y en verdad consiguió su propósito. La novela, si bien toca las costumbres de un Caribe provinciano, encubierto en la falsa refinación de las clases pudientes, lo hace sin recurrir a los clichés macondianos. Ramón reemplaza la fabulación garciamarquiana, por un humor recalcitrante que no deja títere con cabeza, ni siquiera a la iglesia de la que su familia aspirara a que formara parte; siempre en sus relatos hay un cura obsceno, una religiosa libidinosa, una mano deslizándose debajo de la mesa mientras la otra reza el rosario.

Deborah Kruel, la bella espía, que con sus sofisticadas maneras y descaro desbordante, refleja la ruptura del lenguaje que hasta ese momento imperaba en las historias escritas en la literatura nacional. El escritor Cristian Valencia afirma que Ramón es uno de los escritores con el lenguaje más joven dentro de las letras actuales y no se equivoca, hace un par de años su novela Deborah Kruel fue reeditada dos veces, la más reciente se hizo hace un par de años por Ediciones B.

«Es una alegría que hayan sacado a Deborah del sarcófago en el que se hallaba, que la hayan sacado del clóset del olvido, algo debe tener esa novelita mía», expresa un Ramón nostálgico, y luego añade con sorna al preguntarle sobre el panorama de la actual literatura:

«Yo soy un autor minoritario, mientras los otros están escribiendo sobre narcos, secuestros, prepagos, yo estoy hablando de mujeres barbudas, espías, o María Felix».

Ramón Bacca es un autor que no afecta las modas, en la actualidad prepara sus memorias. El cementerio de los elefantes es un título opcional, dice que como los paquidermos, está de regreso buscando lo inevitable. Para fortuna de sus lectores, Ramón Bacca está todavía aquí y ahora. Felices ochenta, maestro.

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