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Temas del Padre 29 de Diciembre de 2016

Soledad, no solitariedad

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Padre Alberto Linero

No le podemos tener miedo a la Soledad. Esa es una experiencia que si la sabemos vivir nos hará crecer. Cuando estamos solos nos podemos dedicar más tiempo y analizar lo que estamos viviendo y cómo nos está afectando; también podemos dedicarnos a los hobbies que nos emocionan y que al compartir la vida con otros no podemos tener en primer plano. Es un espacio existencial para querernos, para consentirnos y para respaldarnos de la mejor manera. Quien sabe disfrutar el estar solo consigo mismo puede tener relaciones sanas constructivas con los demás.

Lo importante es que la soledad no sea consecuencia de ser alguien conflictivo que no puede compartir con nadie. Que no sea la solitariedad propia de quien es insoportable por su envidia, egoísmo, irrespeto, irresponsabilidad y mal manejo de las emociones y de los conflictos. Si la soledad que padeces es esa, entonces siempre estarás solo porque es muy probable que aunque haya a tu lado mucha gente siempre sientas que no hay ningún vínculo fuerte con nadie. Nada más doloroso que estar rodeado de gente pero sentirse solo.

Jesús, el de Nazaret, mi Señor, disfrutó por momentos de la soledad. Los evangelios dejan constancia de cómo se retiraba al desierto para estar solo y así poder entender, cada vez mejor, su relación con su “Abba”. Todos necesitamos esos momentos para entrar en nosotros mismos y tratar de comprender cómo estamos y cómo nos estamos relacionando con los que están cerca.

Es el momento para entendernos en nuestras opciones fundamentales y decidir actuar en coherencia con nuestros valores. Después de una derrota hay que estar solos para entender bien qué pasó. Después de la victoria hay que estar solos para captar los errores que tenemos que mejorar para seguir ganando. Antes de una gran decisión tenemos que estar solos para analizarlo todo y sabernos comprometer en la opción que tomamos.

Lo que tenemos que evitar es buscar la soledad como un estado permanente. Para ello tenemos que esforzarnos por tener relaciones sanas, constructivas, satisfactorias con las personas que están a nuestro lado. No podemos pretender que los demás se queden a nuestro lado si lo que les damos les hace sufrir. El amor es el antídoto contra la soledad. Hay que saber amar, sin querer poseer, sin dominar, sin despreciar, tratando de vivir en la comunión de los diferentes (1Corintios 13,1-12).

Las nuevas tecnologías son una herramienta para mitigar la soledad porque nos permiten estar en contacto permanente con las personas que son importantes para nuestra vida pero no remplazan el encuentro personal que es el que genera verdaderos vínculos. Quien se esconde en el Facebook, en el Twitter, en el Whatsapp, termina viendo cómo sus habilidades sociales se van atrofiando, no sabiendo compartir con los otros cuando los tiene al frente. Estoy seguro que un beso es mucho más humano que un emoticón de corazón que nos mandan por el teléfono. El uso exagerado de las nuevas tecnologías que nos enconcha en nuestra propia timidez termina siendo fuente de soledad permanente, porque el estar en contacto con los otros no llena el vacío que llena el encuentro con los que son valiosos en nuestro proyecto de vida.

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