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Temas del Padre 14 de Enero de 2017

Ser hospitalarios

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Padre Alberto Linero

Me gusta caminar las calles del Caribe colombiano y encontrar la hospitalidad de sus habitantes. Es como si el corazón de los caribes fuera del grande del corazón del mar que a diario ven. Me emociona sentir que abren las puertas de su casa y las puertas del corazón para recibirlo a uno y hacerle sentir el cariño que sana y libera de todo miedo y de toda timidez. No hay reparos en las diferencias que nos caracterizan sino que se enfocan en todo lo que nos hace iguales y nos hace tener las mismas debilidades y necesidades.

No podemos dejar que la dinámica de las nuevas prácticas sociales se lleven la hospitalidad y nos hagan sentir extraños. No tenemos que ceder a la invitación de declarar peligroso a aquel que no podamos identificar en los primeros tres segundos de haberlo visto. Ni debemos dejar que la indiferencia sea la manera de relacionarnos con los que llegan a nuestra casa buscando tratar un diálogo con nosotros. Sabemos saludar a todos, hacerles sentir bien y compartir con los que llegan lo que tenemos sin miedo a quedarnos sin nada. El otro no es un enemigo, no es un competidor sino uno que nos acompaña por el camino de la vida y con quien, solidariamente, vamos entretejiendo complicidades, ayudas, sinergias.

Por mi ministerio presbiteral son muchas las veces a las que tengo que llegar a un pueblo que no conozco, hospedarme en una casa de personas con las que no he compartido nunca antes, sentarme a la mesa con los que amablemente me acogen y siempre experimento la hospitalidad tierna y la calidad de todos los que me reciben. Son muchas las anécdotas que he recopilado en estas experiencias de visitar a los hermanos, realizando la misión de evangelizar, y en todas ellas he podido sentir el corazón hospitalario de los que abren su casa a nuestro trabajo.

Lamento que ahora esté de moda no saludar, no entablar conversaciones con quien no es nuestro viejo amigo, no responderle la pregunta a quien está perdido y necesita una pista para orientarse porque esto lo único que demuestra es que estamos perdiendo nuestra humanidad y nos estamos volviendo cifras que se agrupan en una fría estadística. Entiendo que en muchos casos estas actitudes son consecuencias de la inseguridad en la que vivimos y que los otros se pueden aprovechar de nuestra hospitalidad pero me niego a creer que tendremos que vivir como enemigos para poder estar bien. Sigo pensando que sólo se puede ser feliz si nos tratamos como hermanos y nos recibimos hospitalariamente.

Por naturaleza soy tímido y sufro mucho para tomar la iniciativa de entablar un diálogo con quien no conozco, por eso valoro mucho cuando esa persona es la que rompe todos los esquemas y me hace sentir amigo, compañero, hermano. Creo que la hospitalidad es una de las características más fuertes del cristianismo. No se puede ser cristiano si no se es hospitalario. Negarse a acoger al otro es una manera de decir que no creemos que Dios es nuestro Padre y que no aceptamos la propuesta existencial de Jesús.

Mi invitación es a que sigamos siendo hospitalarios, a que corramos el riesgo del desprecio y de la indiferencia pero sigamos saludando y mostrándonos amigables con aquellos que apenas conocemos pero que muestran la necesidad de ser reconocidos como hermanos.

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Ser hospitalarios

Sábado, Enero 14, 2017 - 00:00
Padre Alberto Linero

Me gusta caminar las calles del Caribe colombiano y encontrar la hospitalidad de sus habitantes. Es como si el corazón de los caribes fuera del grande del corazón del mar que a diario ven. Me emociona sentir que abren las puertas de su casa y las puertas del corazón para recibirlo a uno y hacerle sentir el cariño que sana y libera de todo miedo y de toda timidez. No hay reparos en las diferencias que nos caracterizan sino que se enfocan en todo lo que nos hace iguales y nos hace tener las mismas debilidades y necesidades.

No podemos dejar que la dinámica de las nuevas prácticas sociales se lleven la hospitalidad y nos hagan sentir extraños. No tenemos que ceder a la invitación de declarar peligroso a aquel que no podamos identificar en los primeros tres segundos de haberlo visto. Ni debemos dejar que la indiferencia sea la manera de relacionarnos con los que llegan a nuestra casa buscando tratar un diálogo con nosotros. Sabemos saludar a todos, hacerles sentir bien y compartir con los que llegan lo que tenemos sin miedo a quedarnos sin nada. El otro no es un enemigo, no es un competidor sino uno que nos acompaña por el camino de la vida y con quien, solidariamente, vamos entretejiendo complicidades, ayudas, sinergias.

Por mi ministerio presbiteral son muchas las veces a las que tengo que llegar a un pueblo que no conozco, hospedarme en una casa de personas con las que no he compartido nunca antes, sentarme a la mesa con los que amablemente me acogen y siempre experimento la hospitalidad tierna y la calidad de todos los que me reciben. Son muchas las anécdotas que he recopilado en estas experiencias de visitar a los hermanos, realizando la misión de evangelizar, y en todas ellas he podido sentir el corazón hospitalario de los que abren su casa a nuestro trabajo.

Lamento que ahora esté de moda no saludar, no entablar conversaciones con quien no es nuestro viejo amigo, no responderle la pregunta a quien está perdido y necesita una pista para orientarse porque esto lo único que demuestra es que estamos perdiendo nuestra humanidad y nos estamos volviendo cifras que se agrupan en una fría estadística. Entiendo que en muchos casos estas actitudes son consecuencias de la inseguridad en la que vivimos y que los otros se pueden aprovechar de nuestra hospitalidad pero me niego a creer que tendremos que vivir como enemigos para poder estar bien. Sigo pensando que sólo se puede ser feliz si nos tratamos como hermanos y nos recibimos hospitalariamente.

Por naturaleza soy tímido y sufro mucho para tomar la iniciativa de entablar un diálogo con quien no conozco, por eso valoro mucho cuando esa persona es la que rompe todos los esquemas y me hace sentir amigo, compañero, hermano. Creo que la hospitalidad es una de las características más fuertes del cristianismo. No se puede ser cristiano si no se es hospitalario. Negarse a acoger al otro es una manera de decir que no creemos que Dios es nuestro Padre y que no aceptamos la propuesta existencial de Jesús.

Mi invitación es a que sigamos siendo hospitalarios, a que corramos el riesgo del desprecio y de la indiferencia pero sigamos saludando y mostrándonos amigables con aquellos que apenas conocemos pero que muestran la necesidad de ser reconocidos como hermanos.

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