EL HERALDO
Facebook Twitter Instagram You Tube Google+
SUSCRÍBETE
El id es:node/147792
Temas del Padre 24 de Febrero de 2018

Bajémosle al fanatismo

El usuario es:
Padre Alberto Linero

Tenemos la tentación a cerrarnos sobre nosotros mismos, y creer que lo que pensamos, sentimos y hacemos es lo mejor y lo único verdadero en la vida. Nos erguimos como los referentes de lo bueno, lo bello y/o verdadero, juzgando todo lo demás desde nosotros. Esto hace complicada la convivencia con los demás, ya que genera una cierta tendencia a creer que los otros deben hacer lo que a nosotros nos parece, y se expresa en conflictos cuando los otros, desde su singularidad, buscan sus propias respuestas y sus criterios de vida. En la vida diaria esto se expresa en dos actitudes muy concretas:

1. Fanatismo, cuando esa comprensión de la vida proviene de una experiencia que nos ha impactado profundamente y nos ha dado nuevas formas de comprender la existencia, se corre el riesgo de fanatizarse, esto es, de perder el sentido de la realidad y creer que solo es auténtica verdad lo que nosotros hemos vivido en esa experiencia, y discriminar, rechazar, señalar y hasta querer eliminar al que no esté de acuerdo con ella. Esta es una actitud dañina, que no permite la coexistencia y niega la diferencia. La política, la religión y el deporte son caldos de cultivo para este tipo de manifestaciones. No nos extrañe encontrar actores políticos que estén creyendo que la única verdad posible es la de su partido y quieran eliminar a cualquiera que piense diferente; pareciendo que en estos momentos entre más fanático me muestro al exponer mis ideas más adeptos puedo ganar. Ojo, el fanatismo no tiene lateralidad, puede ser de derecha y de izquierda. Lo triste es cuando algunos defienden posiciones de respeto a la diferencia con acciones fanáticas de insultos, de ataques y de negación del otro. En el espacio religioso se hace bastante complicado cuando desde la doctrina del amor se busca excluir y discriminar a todo aquel que no es igual a nosotros; como si Dios fuera enemigo de la diferencia y nos quisiera a todos uniformados. En el deporte la cuestión se hace caótica cuando trasciende el espacio de la cancha de juego o de las bromas y se transforma en una auténtica guerra donde se quiere “matar” al que no es hincha por el mismo equipo que yo. No hay felicidad, ni convivencia posible si no aprendemos a valorar al otro y a entender que la verdad que vivo es parcial, y aunque es válida para mí, no tengo que imponérsela a nadie más.

2. Terquedad, en las relaciones cotidianas se expresa en un cerrarse a lo que los otros, los que viven conmigo, me muestran a diario. Son esa manifestaciones que nos llevan a no aceptar la posibilidad de que el otro tenga razón en lo que está diciendo o haciendo. No es tan grave como el fanatismo, pero igual genera unos conflictos innecesarios con las personas con las que nos relacionamos. Relaciones de pareja en conflictos por terquedades, por negarse a entender el mundo del otro, a ponerse en los zapatos del ser amado y ver que su perspectiva puede ser verdadera. Peleas en el trabajo por no aceptar que pueden haber maneras correctas de hacer las cosas distintas a como yo lo creo y lo pienso. No vale la pena ser terco, es necesario aprender a escuchar al otro, a abrir la mente a su forma de actuar y entender que sólo cuando nos relacionamos desde la comprensión nos podemos enriquecer y crecer mutuamente.

Es el momento de decidir vivir en apertura a los demás, respetando la diferencia y construyendo juntos una mejor sociedad.  

@Plinero 
www.elmanestavivo.com
www.yoestoycontigo.com
 

Etiquetas

Más de revistas

Bajémosle al fanatismo

Sábado, Febrero 24, 2018 - 00:00
Padre Alberto Linero

Tenemos la tentación a cerrarnos sobre nosotros mismos, y creer que lo que pensamos, sentimos y hacemos es lo mejor y lo único verdadero en la vida. Nos erguimos como los referentes de lo bueno, lo bello y/o verdadero, juzgando todo lo demás desde nosotros. Esto hace complicada la convivencia con los demás, ya que genera una cierta tendencia a creer que los otros deben hacer lo que a nosotros nos parece, y se expresa en conflictos cuando los otros, desde su singularidad, buscan sus propias respuestas y sus criterios de vida. En la vida diaria esto se expresa en dos actitudes muy concretas:

1. Fanatismo, cuando esa comprensión de la vida proviene de una experiencia que nos ha impactado profundamente y nos ha dado nuevas formas de comprender la existencia, se corre el riesgo de fanatizarse, esto es, de perder el sentido de la realidad y creer que solo es auténtica verdad lo que nosotros hemos vivido en esa experiencia, y discriminar, rechazar, señalar y hasta querer eliminar al que no esté de acuerdo con ella. Esta es una actitud dañina, que no permite la coexistencia y niega la diferencia. La política, la religión y el deporte son caldos de cultivo para este tipo de manifestaciones. No nos extrañe encontrar actores políticos que estén creyendo que la única verdad posible es la de su partido y quieran eliminar a cualquiera que piense diferente; pareciendo que en estos momentos entre más fanático me muestro al exponer mis ideas más adeptos puedo ganar. Ojo, el fanatismo no tiene lateralidad, puede ser de derecha y de izquierda. Lo triste es cuando algunos defienden posiciones de respeto a la diferencia con acciones fanáticas de insultos, de ataques y de negación del otro. En el espacio religioso se hace bastante complicado cuando desde la doctrina del amor se busca excluir y discriminar a todo aquel que no es igual a nosotros; como si Dios fuera enemigo de la diferencia y nos quisiera a todos uniformados. En el deporte la cuestión se hace caótica cuando trasciende el espacio de la cancha de juego o de las bromas y se transforma en una auténtica guerra donde se quiere “matar” al que no es hincha por el mismo equipo que yo. No hay felicidad, ni convivencia posible si no aprendemos a valorar al otro y a entender que la verdad que vivo es parcial, y aunque es válida para mí, no tengo que imponérsela a nadie más.

2. Terquedad, en las relaciones cotidianas se expresa en un cerrarse a lo que los otros, los que viven conmigo, me muestran a diario. Son esa manifestaciones que nos llevan a no aceptar la posibilidad de que el otro tenga razón en lo que está diciendo o haciendo. No es tan grave como el fanatismo, pero igual genera unos conflictos innecesarios con las personas con las que nos relacionamos. Relaciones de pareja en conflictos por terquedades, por negarse a entender el mundo del otro, a ponerse en los zapatos del ser amado y ver que su perspectiva puede ser verdadera. Peleas en el trabajo por no aceptar que pueden haber maneras correctas de hacer las cosas distintas a como yo lo creo y lo pienso. No vale la pena ser terco, es necesario aprender a escuchar al otro, a abrir la mente a su forma de actuar y entender que sólo cuando nos relacionamos desde la comprensión nos podemos enriquecer y crecer mutuamente.

Es el momento de decidir vivir en apertura a los demás, respetando la diferencia y construyendo juntos una mejor sociedad.  

@Plinero 
 
Imagen: