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Temas del Padre 16 de Julio de 2016

Amigos para siempre

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Padre Alberto Linero
El Ben Sirá advierte: “si eres amigo, no te vuelvas enemigo. Si no, tendrás deshonra y mala fama; así es el hombre malo y falso” (Eclesiástico 6,1). Sabe el hagiógrafo que una de las tentaciones de los amigos es dejar que la envidia, el orgullo y el miedo a sentirse inferior los vuelva enemigos.
 
No son pocas las experiencias de amigos que por dinero, por pasión o por pequeñeces han decidido atacar y destruir a quienes antes les acompañaban en la vida. Creo que pocos deben llevar el rotulo de amigos y que deben ser para siempre. A los amigos se les perdona, se les ayuda, se les cuida, se les dan nuevas oportunidades y se les celebra los triunfos que tienen. No se puede permitir que la distancia y las distintas ocupaciones acaben con la relación de amistad.
 
Para sostener una buena amistad se necesita, entre otras cosas, sinceridad, solidaridad, humor y compartir los valores fundamentales. Hay que estar atento para permitir que cada día la relación de amistad pueda crecer y fortalecerse en cada una de las experiencias que se comparten.
 
No se puede ser amigo para siempre si no se puede mirar a los ojos y decir lo que se siente. La verdadera amistad no tiene caretas, ni poses, ni mentiras, ni mucho menos tretas extrañas. Los amigos tienen un implícito pacto de sinceridad que les permite confiar el uno en el otro. Las alabanzas falsas, los piropos artificiales, el miedo a criticar no son características de los buenos amigos. Si quieres tener relaciones para siempre debes mirar a los ojos y compartir las cosas tal cual son.
 
Los amigos se apoyan solidariamente. No hay avaricias, ni codicias en las verdaderas relaciones de amistad.  El amigo ayuda sin esperar nada a cambio, acompaña en los momentos más duros y pone su hombro para que el otro llore, le consuela con las palabras precisas, se unen para atrincherarse y dar batallas comunes. Comparten con la seguridad de saber que los buenos amigos son como verdaderos hermanos.
 
Las relaciones que perduran son aquellas en las que se ríe con mucha alegría y libertad. El humor es fundamental para el fortalecimiento de las relaciones humanas. Hay que saber bromear, molestar, ‘mamar gallo’ y descubrir que quien ríe le encuentra nuevas lecturas e interpretaciones a las realidades que, en principio, parecen adversas y problemáticas. Los que no ríen le dejan demasiado espacio a la amargura.
 
Tiene que haber afinidades muy claras y concretas en los amigos. Los valores fundamentales tienen que unirlos. Honestidad, honor, amor, perdón, libertad, son valores que se tienen que compartir si se quiere tener relaciones firmes que enfrenten las dificultades del tiempo, de las distancias, de los malos entendidos, de los intereses personales. La verdadera unión se da a nivel de lo más profundo, de las convicciones y de las fuerzas interiores que los define.
 
Agradezco al cielo que me ha dado buenos amigos. Trato de hacer que mi relación con ellos sea perdurable y que siempre haya espacios para volver a reafirmar la amistad. Estoy seguro que este sentimiento es muy poderoso, porque el propio Jesús, mi Señor, quiso llamarnos amigos y no siervos (Juan 15,15).
 
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Amigos para siempre

Sábado, Julio 16, 2016 - 12:00
Padre Alberto Linero
El Ben Sirá advierte: “si eres amigo, no te vuelvas enemigo. Si no, tendrás deshonra y mala fama; así es el hombre malo y falso” (Eclesiástico 6,1). Sabe el hagiógrafo que una de las tentaciones de los amigos es dejar que la envidia, el orgullo y el miedo a sentirse inferior los vuelva enemigos.
 
No son pocas las experiencias de amigos que por dinero, por pasión o por pequeñeces han decidido atacar y destruir a quienes antes les acompañaban en la vida. Creo que pocos deben llevar el rotulo de amigos y que deben ser para siempre. A los amigos se les perdona, se les ayuda, se les cuida, se les dan nuevas oportunidades y se les celebra los triunfos que tienen. No se puede permitir que la distancia y las distintas ocupaciones acaben con la relación de amistad.
 
Para sostener una buena amistad se necesita, entre otras cosas, sinceridad, solidaridad, humor y compartir los valores fundamentales. Hay que estar atento para permitir que cada día la relación de amistad pueda crecer y fortalecerse en cada una de las experiencias que se comparten.
 
No se puede ser amigo para siempre si no se puede mirar a los ojos y decir lo que se siente. La verdadera amistad no tiene caretas, ni poses, ni mentiras, ni mucho menos tretas extrañas. Los amigos tienen un implícito pacto de sinceridad que les permite confiar el uno en el otro. Las alabanzas falsas, los piropos artificiales, el miedo a criticar no son características de los buenos amigos. Si quieres tener relaciones para siempre debes mirar a los ojos y compartir las cosas tal cual son.
 
Los amigos se apoyan solidariamente. No hay avaricias, ni codicias en las verdaderas relaciones de amistad.  El amigo ayuda sin esperar nada a cambio, acompaña en los momentos más duros y pone su hombro para que el otro llore, le consuela con las palabras precisas, se unen para atrincherarse y dar batallas comunes. Comparten con la seguridad de saber que los buenos amigos son como verdaderos hermanos.
 
Las relaciones que perduran son aquellas en las que se ríe con mucha alegría y libertad. El humor es fundamental para el fortalecimiento de las relaciones humanas. Hay que saber bromear, molestar, ‘mamar gallo’ y descubrir que quien ríe le encuentra nuevas lecturas e interpretaciones a las realidades que, en principio, parecen adversas y problemáticas. Los que no ríen le dejan demasiado espacio a la amargura.
 
Tiene que haber afinidades muy claras y concretas en los amigos. Los valores fundamentales tienen que unirlos. Honestidad, honor, amor, perdón, libertad, son valores que se tienen que compartir si se quiere tener relaciones firmes que enfrenten las dificultades del tiempo, de las distancias, de los malos entendidos, de los intereses personales. La verdadera unión se da a nivel de lo más profundo, de las convicciones y de las fuerzas interiores que los define.
 
Agradezco al cielo que me ha dado buenos amigos. Trato de hacer que mi relación con ellos sea perdurable y que siempre haya espacios para volver a reafirmar la amistad. Estoy seguro que este sentimiento es muy poderoso, porque el propio Jesús, mi Señor, quiso llamarnos amigos y no siervos (Juan 15,15).
 

 

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