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Que Ha Pasado Con 13 de Mayo de 2017

“Comer es para disfrutar, no para saciar el hambre”: Michel Henríquez

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Foto: Orlando Amador Rosales

Michel en la entrada de su restaurante, junto a San Anonio de Padua, al que es devoto desde niño.

Daniela Fernández Comas @danielaferco

Este bolivarense dejó a un lado la arquitectura para dedicarse a la culinaria. Hoy, su calidez al atender en su restaurante lo hace uno de los cocineros más queridos de la ciudad.

La pasión de Michel Henríquez por la comida comenzó desde casa, con los platos árabes, caseros, que probaba desde pequeño. De ascendencia libanesa, siempre tuvo contacto con estos sabores, enamorándose de la gastronomía sin darse cuenta.
 
Él nació en Calamar, Bolívar; pero a los 11 años llegó a Barranquilla a estudiar bachillerato. Aquí terminó sus estudios de secundaria y comenzó los de Arquitectura, en la Universidad Autónoma del Caribe. Estudiando su carrera profesional conoció a su hoy esposa. Se graduaron juntos del alma máter y a los siete años de amores se casaron. Fue conociendo los manjares italianos de su suegra lo que lo impulsó a decirle: “montemos un restaurante de comida italiana”.
 
“A mí no me gustaba la comida italiana, porque solo pensaba que eran pizzas y lasañas, ¡y a mí no me gusta el queso!” confesó un risueño Michel. 
 
Pero esto no impidió que aprendiera más de este tipo de cocina. Tanto así que hoy tiene su propio restaurante. Uno al que él mismo atiende, y de la mejor manera, haciendo sentir a sus clientes como en casa. 
Su suegra le enseñó truquitos, y le confesó “que no toda la comida italiana tiene que llevar queso”. Así, de la mano de ella, comenzó a realizar pastas. Muchas de ellas no llevan queso.
 
En 1989 nació La Piazzetta, da Flavia y Michel, sumándose a sus tres hijos Antonio, David y Alberto, después de haber contraído nupcias. Abrió el 10 de diciembre, un domingo, pensando que nadie le compraría, pero el primer día “fue una locura”.
 
Este cocinero empírico disfruta atender a sus clientes de lunes a sábados.
 
Su idea inicial era ofrecer al público creativas y deliciosas pizzas para llevar, no para comer en el mismo lugar. Pero contó con personas que no les incomodaba el hecho de no tener una mesa con cuatro sillas. Tampoco hizo mella la falta de aire acondicionado. Los que iban, terminaban comiendo en una mesa improvisada, en frente de la puerta donde se despachaban los pedidos, y así fue creciendo, poco a poco. 
 
“Mi suegra me prestó sus platos, sus vasos, y así la gente comenzó a comerse las pizzas aquí mismo”, dice Henríquez, sentado en una de las tantas sillas que hoy hacen parte de su negocio.
 
Pero, ¿por qué hacer pizzas si el ingrediente principal de estas es el queso, sabor que no le gusta a Miguel? Fue una recomendación de la madre de su esposa, solo para tantear el terreno.
 
“Comenzamos por pizzas, para ver cómo nos iba, y de acuerdo a eso poder hacer pastas. Lo haríamos por seis meses, solo de prueba. Pero a los dos meses tuvimos que usar el garaje de al lado”, recuerda.
 
Al año agrandaron el espacio. Abrieron el segundo piso, a finales de los 90. Y con el tiempo aprendió a adecuarlo de la mejor manera. Eso era lo que él quería. Que sus clientes tuvieran la mejor experiencia. 
 
“Soy feliz atendiendo. Y sé que hay personas que dicen que aquí se demora mucho la comida, pero es porque no tenemos nada pre hecho, lo hacemos todo en el momento. Eso ha ido calando”, asegura, mientras sigue atendiendo a todo el que va llegando.
 
No tiene pensado abrir un punto en otra ciudad. A él lo motiva trabajar de 11 a.m. a 12 de la medianoche, de lunes a sábados (los domingos los dedica a su familia) conforme a lo que le piden sus clientes, que hoy han creado platos. 
 
“Tú puedes crear tu propio plato. Aquí hay un plato que se llama Rey David porque es hecho con la salsa que le gusta a mi hijo David. Esa es la esencia de nosotros, hacer feliz al cliente”.
 
El estilo informal y casero que guarda el lugar, diseñado en su totalidad por el arquitecto de profesión, lo hace acogedor. Por eso si va a La Piazzetta no espere ver a un Michel formal. Él estará esperándolo, relajado, como si estuviera en su propia casa. 

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